Cuba, el síndrome de la isla asediadaGianni Minà*En La Habana, del 3 al 7 de abril de 2003, varias decenas de opositores fueron condenados, tras procesos judiciales expeditivos, “por haber violado la ley de protección de la independencia nacional y la economía de Cuba”. El 11 de abril, tres hombres que habían secuestrado un ferry, amenazando con asesinar a los pasajeros, fueron rápidamente juzgados y ejecutados. Este endurecimiento del régimen se inscribe en una escalada de la tensión entre Cuba y Estados Unidos, signada por la creciente agresividad de los halcones de la administración estadounidense. En un artículo publicado en South Florida Sun Sentinel, Wayne Smith, ex responsable de la oficina de intereses de Estados Unidos en Cuba (1), denunció la reciente decisión de Washington de ubicar a la isla caribeña entre “los países que apoyan el terrorismo”. Profesor universitario, Smith había sido diplomático en La Habana, en 1962, cuando John F. Kennedy decretó el embargo, nunca levantado desde entonces. A fines de los años ’70, por encargo del presidente James Carter, había conducido el único verdadero intento de acercamiento entre Washington y La Habana: “Estábamos cerca de un acuerdo histórico -señaló Smith- cuando Ronald Reagan, con la ayuda de George Bush padre, derrotó a Carter en las elecciones. Todo se derrumbó. Fue una lástima, habrían podido evitarse veinticinco años de nuevas tensiones”. Smith no anda con rodeos cuando denuncia la política implementada por George Bush con el fin de preparar a la opinión pública para una invasión a la isla: “Uno de los pilares de la política de la administración Bush con respecto a Cuba -explica Smith- consiste en afirmar que el país de Fidel Castro es un ‘Estado terrorista’ con intenciones hostiles para con nosotros”. Pero, ¿por qué no mantener con Cuba relaciones similares a las que tenemos con China, Vietnam u otros países no democráticos? (...) Bush no quiere dialogar con Cuba, un país que, sin embargo, siempre ha luchado, indiscutiblemente, contra el terrorismo. Este diálogo podría disgustar a los exiliados de Florida que mantienen una línea dura contra La Habana, y hacer que el hermano del presidente pierda votos en las elecciones para la renovación de su cargo de gobernador del Estado (...) Afirmar que Cuba es un ‘Estado terrorista’ afecta nuestra credibilidad, donde más la necesitamos, en este caso, en la lucha contra los verdaderos terroristas”. En materia de terrorismo, en tiempos de esta nueva guerra fría contra Cuba, hay una historia que no despertó el interés de los medios de comunicación europeos. A comienzos del mes de abril de 2003, mientras el mundo se enteraba de las penas inaceptables impuestas en La Habana contra opositores no violentos, se confirmaban en Estados Unidos, en medio de la indiferencia general, condenas mucho más graves infligidas a cinco cubanos acusados de “conspiración”. Uno de ellos, Gerardo Hernández, diseñador gráfico, fue condenado a cumplir en la prisión de Lompok, en California, una pena de dos cadenas perpetuas, más 15 años de prisión... Luego de esperar la sentencia durante treinta y tres meses, diecisiete de los cuales estuvieron aislados completamente y un mes en el “hueco”, los cinco cubanos pudieron acceder a una celda común gracias a una campaña llevada a cabo por liberales estadounidenses, varios diputados laboristas ingleses, y por Nadine Gordimer, premio Nobel de literatura, entre otros. El “hueco” es un calabozo con paredes sin ninguna abertura, de dos metros cuadrados, donde el detenido está descalzo, en calzoncillo y camiseta. Una luz enceguecedora lo encandila las veinticuatro horas. Tiene prohibido todo contacto humano, incluso con los carceleros. En esta celda, el detenido debe soportar los gritos permanentes de los demás reclusos, enloquecidos por el encierro. ¿ Qué crimen cometieron, pues, Gerardo Hernández y sus compañeros para merecer un castigo tan cruel? Durante el proceso judicial, llevado a cabo en Miami a fines de 2001, se habían negado simplemente a “colaborar” con el Tribunal. Todos habían reconocido, el día anterior al juicio, ser agentes de información cubanos, instalados desde hace años en Florida, para descubrir a los autores de cientos de actos terroristas contra su país. Pero el FBI quería obligarlos a declarar contra Cuba. Debían afirmar que su país representa un “peligro para Estados Unidos” y que se habían infiltrado para “obtener información sobre la seguridad nacional estadounidense”. Gerardo Hernández, Antonio Guerrero, René Gonzales, Fernando Gonzales y Joaquín Méndez se infiltraron, en los años ’90, en organizaciones paramilitares anticastristas de Miami, que organizan desde la Florida atentados contra Cuba para ahuyentar el turismo, motor de la reactivación económica de la isla. Siempre listo para justificar cualquier acción en nombre de la “lucha contra el terrorismo”, Estados Unidos tolera en cambio, en su propio territorio, a criminales que planean atentados contra Cuba, considerada por los halcones de Washington “Estado canalla” e incluso ¡“cómplice del terrorismo”! Uno de estos atentados (2) causó, el 4 de septiembre de 1997, en el Hotel Copacabana de La Habana, la muerte de Fabio Di Celmo, un joven italiano. La carga explosiva había sido colocada por un salvadoreño contratado por Luis Posada Carriles (3) (viejo lobo de la “guerra sucia” contra Cuba), al servicio, al igual que su amigo Orlando Bosch, de la Fundación cubano-estadounidense de Miami. Los dos compinches ya habían participado en los preparativos de la explosión en vuelo de un avión de línea cubano, a la altura de Barbados, en 1976 (73 muertos), y en el atentado contra el ministro de relaciones exteriores chileno, Orlando Letelier, en Washington, sin que ningún juez estadounidense jamás los molestara. ¿Se imaginan la magnitud de la protesta si en Cuba se hubieran organizado este tipo de acciones contra Estados Unidos? Desde hace cuarenta años, la isla está asediada no sólo por el embargo económico (4), sino también por estas constantes agresiones que los medios de comunicación internacionales ocultan. Uno de los cinco cubanos condenados, René Gonzales, tiene pasaporte estadounidense. Hijo de un obrero metalúrgico que emigró a Chicago y de madre cubana cuya familia vivía en Virginia del Norte, nació en Estados Unidos. En 1961, René regresó con sus padres a Cuba, donde se convirtió en piloto, mientras que su hermano Roberto estudiaba abogacía. Un día, para sorpresa de todos, René abandona a su esposa y a su hija, secuestra un avión y se escapa a Estados Unidos, donde es recibido como un héroe... En Miami, comienza para él una nueva vida, al igual que para los otros cuatro cubanos que llegaron a Florida por caminos diferentes. Se infiltran en organizaciones anticastristas, especialmente Hermanos al rescate, organización oficialmente dedicada al rescate de los balseros (5). El jefe de esta organización, José Basurto, se jacta en público de sus provocaciones, como la de violar regularmente el espacio aéreo cubano con pequeños aviones de turismo, desde los que se arrojan, a baja altura, panfletos que incitan a la disidencia. Alertados por las informaciones de Gonzáles y de su grupo, las autoridades cubanas envían veintitrés notas diplomáticas al gobierno de Estados Unidos, enfatizando el carácter peligroso de estos vuelos de provocación. Washington no reacciona. Hasta que el 24 de febrero de 1996, dos aviones de Hermanos al rescate son derribados por la DCA cubana. Los aviones de Hermanos al rescate no sólo violaban el espacio aéreo: habían comenzado a interferir las frecuencias de radio de las torres de control de los aeropuertos de La Habana y de Varadero, poniendo en peligro la seguridad de los aviones de línea durante las maniobras de despegue y aterrizaje. Durante el proceso judicial de los “Cinco de Miami”, militares estadounidenses, como el coronel Eugene Carol, y funcionarios de la administración Clinton -Richard Nunzio, entre otros- citados por la defensa, declararon haberle advertido a Basurto: “Los cubanos terminaron perdiendo la paciencia”. Luego de pasar seis años en Miami, Gonzales había logrado traer a su familia. En esa época, Castro y Clinton habían entablado un diálogo diplomático para librar una lucha común contra el terrorismo. Y en junio de 1998 el gobierno de Cuba había transmitido incluso al FBI las informaciones recibidas del grupo infiltrado en Florida. ¡Fueron precisamente estos documentos los que sirvieron para detener a los cinco agentes antiterroristas cubanos! El primer juicio se llevó a cabo en Miami, a fines de 2001. Diecisiete abogados designados por el Tribunal desistieron por temor a represalias en un Estado, la Florida, donde la comunidad anticastrista es la más numerosa y agresiva. “Sólo por esta razón -señala Paul McKenna, abogado de oficio de Gerardo Hernández- el proceso, según nuestras leyes, no debería haberse llevado a cabo en Miami”. Durante los debates, el fiscal reconoció que los cinco cubanos no habían tenido acceso a ninguna información relacionada con la seguridad nacional estadounidense. Por otra parte, no los acusó de espionaje, sino de “conspiración con el propósito de dedicarse al espionaje”, y fueron acusados ¡“por haber tenido la intención de cometer un crimen”! A pesar de esta curiosidad jurídica, el jurado los condenó a penas muy graves, como “comanditarios” del disparo contra los dos aviones de Hermanos al rescate, acción decidida por el gobierno cubano en respuesta a las provocaciones... Prestigioso defensor de los derechos civiles, Leonard Weinglass, quien ejerce la defensa de uno de los Cinco, afirmó: “El gobierno de Estados Unidos los incriminó porque estaban acercándose demasiado a sus propias redes terroristas”. Es esta política, y el síndrome de la “isla asediada”, lo que hizo reaccionar brutalmente, de manera más que cuestionable, al gobierno cubano en marzo de 2003, y condujo a los procesos de abril de los opositores no violentos, a las penas excesivas a las que fueron condenados, y a las ejecuciones de tres secuestradores. Medidas tan detestables como la estrategia de la tensión buscada por Bush. Esta estrategia se materializó recientemente mediante el envío a La Habana, como jefe de la oficina de intereses estadounidenses, de James Cason, un “halcón” vinculado al grupo de extrema derecha que, en el seno de la administración, maneja las relaciones de Washington con América Latina, y donde también se encuentran Otto Reich (6), Elliot Abrams, John Negroponte, etc. Cason llegó a Cuba con un presupuesto de aproximadamente 2 millones de dólares y la intención declarada (en conferencias de prensa) de “derrocar al régimen” y crear una situación de confrontación. Según Wayne Smith, el diplomático estadounidense citado precedentemente: “La actitud de James Cason y sus reuniones con los opositores responden a la intención de la administración Bush de provocar al gobierno cubano”. Y agregó: “Cuba no puede tolerar reuniones semejantes en el contexto actual de la política de Estados Unidos. Es una trampa tendida a su gobierno (7)”. Desde su despacho y su residencia, Cason se había propuesto hacerse amigos a bajo precio: una computadora, algunos dólares en efectivo, transmisores... Una operación que generó desconcierto entre los opositores sinceros (Oswaldo Payá, Elisardo Sánchez) que no necesitan dólares para tomar sus decisiones. La democracia no se afirma comprando conciencias. Elegido en circunstancias muy controvertidas y gracias a los votos de los electores de Florida (después de haber hecho anular el voto de decenas de miles de afroestadounidenses), George W. Bush debe su presidencia al apoyo masivo de la comunidad cubano-estadounidense, ferozmente anticastrista, de Florida, Estado gobernado por su hermano. A modo de reconocimiento, Bush prometió hostigar a Cuba, sabotear el turismo, reforzar el embargo y derrocar al régimen. Cierta izquierda europea no deja de estigmatizar los comportamientos del régimen cubano, pero guarda silencio ante las constantes agresiones sufridas por La Habana. Se calla, con demasiada frecuencia, respecto de los hostigamientos de la administración Bush contra Cuba, como recientemente lo señalaron: Howard Zinn, Edward Said y Noam Chomsky (8), entre otros. Quienquiera que pida al gobierno cubano más democracia, no debería olvidar que los derechos humanos comprenden también los derechos económicos, sociales y culturales, mejor defendidos en Cuba que en muchos países. Por otra parte, en materia de libertades, no habría que olvidar que el caso de Cuba oculta otras crueles realidades: el escándalo de la prisión estadounidense de Guantánamo, y las violaciones sistemáticas a los derechos humanos que generan cada año cientos de muertos en Colombia, Guatemala, Perú, Bolivia, México (9) y otros países donde algunos fingen creer que la democracia ha retornado simplemente porque se vota cada cuatro o cinco años... ____________________ *Periodista y escritor italiano, director de la revista Latinoamérica, Roma, y autor de Un Mondo miglore è possibile, Sperling & Kupfer, Milán, 2002.
NOTAS: (1) Representación oficial de Estados Unidos, que
funciona como embajada.
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