LE MONDE diplomatique - edición española



Mentiras de Estado

Ignacio Ramonet

“Antes que proferir una inexactitud, prefiero morir”
GEORGE WASHINGTON

Es la vieja historia del ladrón que grita: “¡Atrapen al ladrón!”. ¿Cómo había titulado George W. Bush el célebre informe de acusación contra Saddam Hussein que presentó el 12 de septiembre de 2002 ante el Consejo de Seguridad de la ONU?: “Una década de mentiras y desafíos”. Sin embargo, era esa lista de “pruebas” presentadas por Bush la que formaba un rosario de mentiras. Irak -decía Bush en síntesis- mantiene estrechas relaciones con la red terrorista de Al Qaeda y amenaza la seguridad de Estados Unidos pues posee “armas de destrucción masiva” (ADM), expresión terrorífica fabricada por sus consejeros en comunicación.

Tres meses después de la victoria de las fuerzas estadounidenses (y de sus colaboradores británicos) en la Mesopotamia asiática, sabemos que esas afirmaciones, cuya veracidad habíamos puesto en duda oportunamente (1), eran falsas. Resulta cada vez más evidente que Washington manipuló las informaciones sobre las ADM. El equipo de 1.400 inspectores del Iraq Survey Group que dirige el general Dayton, sigue sin hallar la más mínima prueba. Y actualmente comienza a verse que, en el instante mismo en que Bush profería tales acusaciones, ya había recibido informes de los servicios de inteligencia probando que todo eso era falso (2). Según Jane Harman, representante demócrata por California, estaríamos en presencia de “la mayor maniobra de tergiversación de todos los tiempos” (3). Por primera vez en su historia, Estados Unidos se interroga sobre las verdaderas razones de una guerra, una vez terminado el conflicto.

En esa gigantesca manipulación tuvo un papel central una dependencia secreta del Pentágono llamada Oficina de Planes Especiales (Office of Special Plans, OSP). Según reveló Seymour M. Hersh en un artículo publicado por la revista The New Yorker el 6-5 2003 (4), la OSP fue creada después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 por Paul Wolfowitz, número dos del Departamento de Defensa. Dirigida por un halcón convencido, Abram Shulsky, esa oficina tiene por misión analizar los datos recogidos por las diferentes agencias de informaciones (CIA, DIA, NSA) para sintetizarlos y proponerlos al gobierno. Dando crédito a testimonios de exiliados cercanos al Congreso Nacional Iraquí (organización financiada por el Pentágono) y de su presidente, el muy cuestionable Ahmed Chalabi, la OSP habría exagerado en gran medida la amenaza de armas de destrucción masiva y también las vinculaciones de Saddam Hussein con Al Qaida.

Escandalizado por las manipulaciones, un grupo anónimo de ex especialistas de la CIA y del Departamento de Estado -que se expresaba bajo el nombre de Veteran Intelligence Professionals for Sanity- afirmó el 29 de mayo, en un memorándum dirigido al presidente Bush, que en el pasado ciertas informaciones habían “sido falsificadas por motivos políticos, pero nunca de una forma tan sistemática para engañar a nuestros representantes elegidos, con el fin de autorizar una guerra” (5).

El propio Colin Powell ha sido manipulado, y se juega su futuro político. Powell habría resistido las presiones de la Casa Blanca y del Pentágono para difundir informaciones muy cuestionables. Antes de pronunciar su famoso discurso del 5 de febrero de 2003 en el Consejo de Seguridad, había leído un borrador preparado por Lewis Libby, director de gabinete del vicepresidente, Richard Cheney. Ese documento contenía informaciones tan dudosas que Powell se habría enfurecido, lanzado las hojas al aire y exclamado: “Yo no voy a leer esto. Es una m...” (6). Finalmente, el Secretario de Estado exigió que George Tenet, director de la CIA estuviera sentado detrás de él en aquella ocasión, de manera bien visible, y compartiera la responsabilidad de lo que decía.

En una entrevista a la revista Vanity Fair, publicada el 30 de mayo, Wolfowitz reconoció la mentira de Estado, al confesar que la decisión de agitar la amenaza de las ADM para justificar una guerra preventiva contra Irak había sido adoptada por motivos burocráticos”. Y precisó: “Coincidimos en un punto, el de las armas de destrucción masiva, porque era el único sobre el que todos estaban de acuerdo” (7).

Es decir, que el presidente de Estados Unidos mintió. Buscando desesperadamente un casus belli para sortear el obstáculo que representaba la ONU y unir algunos cómplices a su proyecto de conquista de Irak (el Reino Unido, España) Bush no dudó en fabricar una de las mayores mentiras de Estado.

Y no fue el único. Ante la Cámara de los Comunes de Londres, el 24 de septiembre de 2002, su aliado Anthony Blair, Primer Ministro británico, declaró: “Irak posee armas químicas y biológicas (...) Sus misiles pueden ser desplegados en 45 minutos”. En su intervención ante el Consejo de Seguridad de la ONU, el 5 de febrero pasado, Powell declaró: “Saddam Hussein inició investigaciones sobre docenas de agentes biológicos, para provocar enfermedades como la gangrena gaseosa, la peste, el tifus, el cólera, la viruela y la fiebre hemorrágica”. Por su parte, el vicepresidente Cheney afirmaba en marzo de 2003, en vísperas de la guerra: “Creemos que Saddam Hussein logró reconstruir armas nucleares” (8).

En innumerables declaraciones el presidente Bush insistió en las mismas acusaciones. En un discurso difundido por radio a toda la nación, el 8 de febrero de 2003, llegó a dar los siguientes detalles: “Irak envió a trabajar con Al Qaeda a expertos en explosivos y en falsificación de documentos. Y además brindó a Al Qaeda entrenamiento en el manejo de armas biológicas y químicas. Un agente de Al Qaeda fue enviado a Irak en varias ocasiones a finales de la década de 1990 para ayudar a Bagdad a dotarse de venenos y de gases”.

Reiteradas y amplificadas por los grandes medios belicistas, convertidos en órganos de propaganda, todas esas denuncias fueron repetidas ad nauseam por los canales de televisión Fox News, CNN y MSNC, por la cadena radial Clear Channel (1.225 estaciones en Estados Unidos) y hasta por diarios prestigiosos como el Washington Post o el Wall Street Journal. Esas acusaciones falsas fueron el argumento principal de todos los belicistas del mundo. En Francia, por ejemplo, fueron retomadas sin vergüenza por personalidades como Pierre Lelouche, Bernard Kouchner, Yves Roucaute, Pascal Bruckner, Guy Millière, André Glucksmann, Alain Finkelkraut, Pierre Rigoulot, etc. (9).

Las acusaciones fueron igualmente repetidas por todos los aliados de Bush, empezando por el más fiel de todos, José María Aznar, presidente del gobierno español, quien afirmó en las Cortes de Madrid el 5 de febrero de 2003: “Todos sabemos que Saddam Hussein tiene armas de destrucción masiva (...) Todos sabemos que tiene armas químicas” (10). Pocos días antes, el 30 de enero, ejecutando un pedido formulado por Bush, Aznar había redactado una declaración de apoyo a Estados Unidos, la llamada “Carta de los ocho”, firmada entre otros por Blair, Silvio Berlusconi y Vaclav Havel. Allí sostenían que “el régimen iraquí y sus armas de destrucción masiva representan una amenaza para la seguridad mundial”.

Así, durante más de seis meses, una verdadera máquina de propaganda y de tergiversación manejada por la secta doctrinaria que rodea a Bush, difundió mentiras de Estado con una desfachatez digna de los regímenes más detestables del Siglo XX, para tratar de justificar una guerra preventiva a la que se oponía tanto las Naciones Unidas como la opinión pública mundial.

Esas falsedades se inscriben en la larga tradición de mentiras de Estado que jalona la historia de Estados Unidos. Una de las más siniestras concierne a la destrucción del acorazado estadounidense Maine en la bahía de La Habana en 1898, utilizada como pretexto para iniciar la guerra contra España y justificar la anexión de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y la isla de Guam.

El 15 de febrero de 1898, a las 21.40hs, el Maine fue víctima de una violenta explosión, y se hundió en la ensenada de La Habana causando la muerte inmediata de 260 hombres. La prensa popular estadounidense acusó a los españoles de haber colocado una mina bajo el navío, de cometer actos bestiales, de poseer “campos de la muerte” y hasta de tener costumbres antropófagas...

Dos empresarios periodísticos rivalizaban en la carrera sensacionalista: Joseph Pulitzer, del World, y sobre todo William Randolph Hearst, del New York Journal. Esa campaña contó con el apoyo interesado de empresarios estadounidenses que habían invertido grandes sumas en Cuba y soñaban con desalojar a España. Pero el público no mostraba mucho interés, ni tampoco los periodistas. En marzo de 1898 el dibujante del New York Journal, Frederick Remington, escribió a su jefe unas líneas desde La Habana: “Aquí no hay ninguna guerra. Pido que se me haga regresar”. Hearst le telegrafió la siguiente respuesta: “Quédese allí. Suminístrenos dibujos, yo le suministraré la guerra”. En efecto, la explosión del Maine permitió a Hearst montar una violenta campaña, como se ve en la película de Orson Welles, Ciudadano Kane (1941).

Durante semanas, día tras día Hearst dedica varias páginas de sus diarios al caso del Maine, reclamando venganza y repitiendo sin cesar: “ Remember the Maine ! In Hell with Spain “ (¡Acuérdense del Maine! Al diablo España). Todos los demás diarios siguieron el ejemplo. El New York Journal pasó de 30.000 ejemplares diarios a 400.000, y posteriormentes superó regularmente el millón de ejemplares! La opinión pública estaba al rojo vivo. El clima era alucinante. Presionado por todos lados, el presidente William McKinley declaró la guerra a España el 25 de abril de 1898. Trece años después, en 1911, una comisión investigadora sobre la destrucción del Maine concluyó en que el barco se había hundido a causa de una explosión accidental en la sala de máquinas... (11).

En 1960, en plena guerra fría, la Central Intelligence Agency (CIA) distribuyó a algunos periodistas “documentos confidenciales” según los cuales los soviéticos estaban ganando la carrera armamentística. Inmediatamente, los grandes medios comenzaron a hacer presión sobre los candidatos a la presidencia y a reclamar enérgicamente un aumento importante del presupuesto de defensa. Asediado, John F. Kennedy prometió destinar miles de millones de dólares a la reactivación del programa de misiles balísticos de crucero (the missile gap). Eso era lo que buscaba no sólo la CIA, sino todo el complejo militar industrial. Una vez elegido presidente y después de que se votara ese programa, Kennedy descubrió que la superioridad militar de Estados Unidos sobre la Unión Soviética era en realidad impresionante...

En 1964, dos destructores informan haber sido atacados en el golfo de Tonkin por torpederas norvietnamitas. Inmediatamente, la televisión y la prensa estadounidenses convierten el caso en una cuestión nacional. Afirman que es una humillación reclaman represalias. El presidente Lyndon B. Johnson utiliza esos ataques como pretexto para lanzar bombardeos punitivos contra Vietnam del Norte. Exige al Congreso una resolución que, en la práctica, le permite hacer intervenir al ejército estadounidense. Así comienza la guerra de Vietnam, que concluirácon una derrota para Estados Unidos- en 1975. Posteriormente se supo, por boca de la propia tripulación de los destructores, que el ataque en el golfo de Tonkin era un puro invento...

Lo mismo se vio con el presidente Ronald Reagan. En 1985 Reagan decreta repentinamente el estado de “urgencia nacional” a causa de la “amenaza nicaragüense”, encarnada en los sandinistas que habían llegado al gobierno en Managua. Estos habían sido sin embargo elegidos democráticamente en noviembre de 1984 y respetaban tanto las libertades políticas como la libertad de expresión. Pero Reagan afirma: “Nicaragua está a dos días de ruta de Harlingen, Texas. ¡Estamos en peligro!”. El Secretario de Estado, George Schultz, sostiene ante el Congreso: “Nicaragua es un cáncer que se insinúa en nuestro territorio, aplica las doctrinas de Mein Kampf y amenaza con tomar el control de todo el hemisferio...” (12). Esas mentiras servirán para justificar la ayuda masiva dada a la guerrilla anti-sandinista, la llamada Contra, que desembocará en el escándalo del Irangate.

No vale la pena insistir sobre las mentiras utilizadas para desatar la Guerra del Golfo en 1991, ampliamente analizadas (13) y que quedaron en la memoria como paradigma de las impostura modernas. Afirmaciones constantemente repetidas -como “Irak posee el cuarto ejército del mundo”, “los iraquíes robaron las incubadoras de la maternidad de Kuwait”, “la línea defensiva inexpugnable”, “los ataques quirúrgicos”, “la eficacia de los Patriot”, etc.- se revelaron totalmente falsas.

Desde la controvertida victoria de Bush en la elección presidencial de noviembre de 2000, la manipulación de la opinión pública se convirtió en una de las preocupaciones centrales de la nueva administración. Luego de los odiosos atentados del 11 de septiembre de 2001, el tema pasó a ser una obsesión. Michael K. Deaver, amigo de Donald Rumsfeld y especialista de la psy-war o “guerra psicológica”, resumió así el nuevo objetivo: “Actualmente, la estrategia militar debe ser concebida en función de la cobertura televisiva, ya que si uno logra tener la opinión pública de su lado, nada es imposible. Sin ella, el gobierno no puede hacer nada”.

Desde el inicio de la guerra contra Afganistán, en coordinación con el gobierno británico, se crearon en Islamabad, Londres y Washington Centros de Información sobre la Coalición. Verdaderas oficinas de propaganda, esos centros habían sido concebidos por Karen Hugues -consejera de Bush en medios de comunicación- y principalmente por Alistair Campbell, el poderoso gurú de Blair en todo lo que concierne a la imagen política. Un portavoz de la Casa Blanca explicaba así la función de esas dependencias: “Las cadenas televisivas transmiten información las 24 horas del día. Así que esos Centros les suministrarán informaciones 24 horas por día, todos los días...” (14).

El 20 de febrero de 2002 el New York Times reveló el más impresionante proyecto destinado a manipular las mentes. Para llevar adelante la “guerra de la información”, y siguiendo consignas de Rumsfeld y del sub-secretario de Estado a la Defensa, Douglas Feith, el Pentágono había creado secretamente una misteriosa Oficina de Influencia Estratégica (OIE). Puesta bajo la dirección del general de la aviación militar Simon Worden, la OIE tenía por misión difundir informaciones falsas para servir la causa de Estados Unidos. Estaba autorizada a utilizar la desinformación, en particular hacia los medios de comunicación extranjeros. El diario neoyorquino precisaba que la OIE había firmado un contrato de 100.000 dólares mensuales con la agencia de comunicación Rendon Group, ya utilizada en 1990 en la preparación de la guerra del Golfo. Por entonces, la agencia había fabricado la falsa declaración de la “enfermera” kuwaití que afirmaba haber visto a los soldados iraquíes saquear la maternidad del hospital de Kuwait, “extraer los bebés de las incubadoras, y matarlos sin piedad tirándolos al piso” (15). Ese testimonio había sido decisivo para convencer a los miembros del Congreso de que votaran a favor de la guerra...

Oficialmente disuelta luego de las revelaciones de la prensa, la OIE sin dudas se mantuvo en actividad. ¿Cómo explicar de otra manera algunas de las más groseras manipulaciones de la reciente guerra contra Irak? En particular la enorme mentira sobre la espectacular liberación de la soldado Jessica Lynch.

A comienzos de 2003 los principales medios estadounidenses difundieron esa historia con impresionante lujo de detalles. La versión indicaba que Jessica Lynch formaba parte de un grupo de 10 soldados estadounidenses capturados por las fuerzas iraquíes. Luego de caer en una emboscada el 23 de marzo, la muchacha había resistido hasta último momento disparando contra sus atacantes hasta agotar sus municiones. Finalmente fue apuñalada, atada y llevada a un hospital en territorio enemigo, en Nassiriya. Allí había sido golpeada y maltratada por un oficial iraquí. Una semana después, fuerzas especiales estadounidenses transportadas por helicóptero lograron liberarla en un operativo sorpresa, en medio de una lluvia de disparos y de explosiones. A pesar de la resistencia de los guardias iraquíes, los comandos lograron llegar al hospital, rescatar a Jessica y llevarla en helicóptero hasta Kuwait.

La misma tarde, el presidente Bush anunció a la nación desde la Casa Blanca la liberación de Jessica Lynch. Ocho días después, el Pentágono entregó a los medios un video filmado durante esa hazaña, con escenas dignas de las mejores películas de guerra.

Pero el conflicto con Irak terminó el 9 de abril, y algunos periodistas - en particular del Los Angeles Times, del Toronto Star, de El País y del canal BBC World- fueron a Nassiriya para verificar la versión del Pentágono sobre la liberación de Jessica. Y se llevaron una buena sorpresa: según lo que pudieron averiguar con los médicos que habían atendido a la joven soldado -datos confirmados por los médicos estadounidenses que la auscultaron luego de que fuera liberada- las heridas de Jessica (una pierna y un brazo fracturados, además de un tobillo dislocado) no provenían de disparos sino simplemente del accidente que había sufrido el camión en que viajaba... Tampoco había sido maltratada. Al contrario, los médicos habían hecho todo lo posible para curarla. El doctor Saad Abdul Razak explica que la joven había perdido mucha sangre y tuvimos que hacerle una transfusión. Felizmente, algunos miembros de mi familia tenían el mismo grupo sanguíneo que ella, cero positivo, lo que nos permitió obtener suficiente cantidad de sangre. Cuando llegó tenía 140 pulsaciones por minuto. Creo que le salvamos la vida” (16).

Corriendo riesgos enormes, esos médicos trataron de tomar contacto con el ejército estadounidense para devolverle a Jessica. Dos días antes de la intervención de los comandos especiales, esos doctores habían incluso llevado a la paciente en ambulancia hasta cerca de las líneas estadounidenses. Pero los soldados abrieron el fuego sobre ellos y casi matan a su propia heroína...

Al amanecer del 2 de abril, la irrupción de los comandos especiales equipados con una impresionante panoplia de armas sofisticadas sorprendió al personal del hospital. Dos días antes los médicos habían informado a los militares estadounidenses que el ejército iraquí se había retirado y que Jessica los esperaba...

El doctor Anmar Uday relató la escena a John Kampfner de la BBC: “Era como en una película de Hollywood. No había ni un solo soldado iraquí, pero las fuerzas especiales estadounidenses utilizaron sus armas. Disparaban balas de fogueo y se oían explosiones. Gritaban: 'Go! Go! Go!' El ataque contra el hospital era una especie de show o de película con Sylvester Stallone” (17).

Las escenas fueron filmadas con una cámara de visión nocturna por un ex asistente de Ridley Scott en la película “La caída del halcón negro” (2001). Según Robert Scheerm del Los Angeles Times, esas imágenes fueron enviadas luego al Comando central del ejército estadounidense que se hallaba en Qatar, para el montaje. Una vez supervisadas por el Pentágono fueron difundidas a todo el mundo (18).

La historia de la liberación de Jessica Lynch quedará en los anales de la propaganda de guerra. En Estados Unidos quizás sea considerada como el momento más heroico del conflicto. Y ello a pesar de que está probado que se trata de algo tan falso como las “armas de destrucción masiva” en poder de Saddam Hussein, o como las vinculaciones entre el antiguo régimen iraquí y Al Qaida.

Ebrios de poder, Bush y su entorno engañaron a los ciudadanos estadounidenses y a la opinión pública mundial. Según el profesor Paul Krugman, esas mentiras constituyen “el peor escándalo en la historia política de Estados Unidos, peor que el Watergate y que el Irangate” (19)./I.R

NOTAS:

(1) Ver: “La era de la guerra perpetua”, Le Monde diplomatique, edición española, marzo de 2003.
(2) Cf. International Herald Tribune, 14-6-2003 y El País, Madrid, 1° y 10-6-2003.
(3) Libération, París, 28-5-2003.
(4) www.commondreams.org/views03/0506-06.htm
(5) www.counterpunch.org/vips02082003.html
(6) Cf. International Herald Tribune, 5-6-2003.
(7) www.scoop.co.nz/mason/stories/WO0305/S00308.htm
(8) Time, op. cit.
(9) Cf. Le Monde, 10 y 20-3-2003 ; Le Figaro, 15- 2-2003. Ver además, Anna Bitton, “Ils avaient soutenu la guerre de Bush”, Marianne, 9-6-2003. Ahora que la guerra ha terminado es sorprendente el silencio de esas personalidades.
(10) El País, Madrid, 4-6-2003.
(11) http://www.herodote.net/histoire02151.htm.
(12) Ver “Entretien avec Noam Chomsky”, Télérama, París, 7-5-2003.
(13) Ver en particular La Tyrannie de la communication, Gallimard, col. “Folio actuel”, n° 92, París, 2001.
(14) The Washington Post, 1-11-2001.
(15) Esa falsa enfermera era en realidad la hija del embajador de Kuwait en Washington, y su falso testimonio había sido concebido y redactado -por cuenta de la agencia Rendon Group- por Michael K. Deaver, ex consejero en comunicación del presidente Reagan.
(16) El País, 7-5-2003.
(17) BBC, Londres, 18-5-2003: http://news.bbc.co.uk/2/hi/programmes/correspondent/ 028585.stm
(18) Los Angeles Times, 20-5-2003. Ver también: http://www.robertscheer.com/
(19) The New York Times, 4-6-2003.

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