Quid pro quo en FalloujaDavid Baran*Al circular por Irak no puede dejar de verse el sorprendente contraste entre la diversidad de formas de autogestión aparecidas en el seno de la población y la actitud estereotipada de las fuerzas de ocupación. Éstas despliegan en cada localidad un dispositivo idéntico, que combina bases militares y patrullas fuertemente armadas. Su único objetivo parece ser el de su propia seguridad. Poco les importan las formas emergentes de administración local mientras contribuyan a mantener el orden, a la espera de que se constituya un gobierno central. Pero cada ciudad tiene una situación y necesidades particulares, que merecerían un tratamiento mejor adaptado por parte de los ocupantes. La ciudad de Fallouja es un buen ejemplo. Situada sobre el Éufrates, al noroeste de Bagdad, es una ciudad exclusivamente sunita, reputada por su conservadurismo y sus muy numerosas mezquitas. Las principales tribus que la pueblan (al-Mohameda, al-Jemeila, Albou ‘Issa, al-Zawda, etc.) mantenían relaciones notoriamente estrechas con el antiguo régimen. Sin embargo, después de la caída de Bagdad, los dirigentes religiosos y tribales de la ciudad, considerando que toda resistencia era absurda e inútil, enviaron emisarios ante las fuerzas estadounidenses. El mensaje era claro: “Fallouja desea la paz antes que nada”. Las tropas estadounidenses entraron, entonces, en una ciudad pacificada y bajo control de este consejo espontáneo de dignatarios. Pero detrás venía una cascada de malentendidos. Los habitantes de Fallouja no comprendieron por qué esas tropas abrieron a los saqueadores las puertas de depósitos y hangares. Nadie imaginaba que las fuerzas de “liberación” se instalarían en el centro de la ciudad, ocuparían los ejes estratégicos, patrullarían los barrios residenciales y sobrevolarían la ciudad en helicóptero, a la altura de las viviendas. Esta intrusión parecía fuera de lugar en esta ciudad, que había expresado explícitamente sus deseos de paz, y donde prevalecían la seguridad y la calma. La instalación de una base estadounidense en una escuela, cuyos techos servían como puestos de observación, terminó por enardecer los espíritus. Las fuerzas de ocupación reproducían, en efecto, una práctica que se había reprochado a los combatientes iraquíes, acusados de actuar desde edificios civiles. Pero, sobre todo, la vigilancia de esta zona residencial por soldados equipados con prismáticos constituía una afrenta muy grave a la intimidad de este vecindario conservador, donde las mujeres deben estar protegidas de las miradas del exterior. Como reacción, se organizó una manifestación delante de la escuela. Según varios testigos, los Hermanos musulmanes y algunos nostálgicos de Saddam Hussein se habían mezclado entre la multitud. Incluso se vieron retratos del presidente depuesto. Según fuentes estadounidenses, habrían sonado tiros, a los que los soldados respondieron con el pretexto de la legítima defensa. Qué importan las buenas razones esgrimidas por cada parte, cuando la historia de la masacre resultante está grabada en las paredes. Las casas situadas enfrente de la escuela están acribilladas por balas de ametralladoras pesadas. Entre las víctimas figuran habitantes del vecindario, muertos o heridos en sus domicilios por tiros que no servían, evidentemente, para despejar un espacio de seguridad. Como lo confirma la naturaleza de las heridas, el armamento utilizado incluía municiones explosivas y granadas (propulsadas por fusiles M16). Un automóvil que estaba en un garaje fue perforado por decenas de balas. ¿Se trataba verdaderamente de autodefensa o de un movimiento de pánico en esta unidad aislada? Las paredes de la escuela, libres de todo impacto, parecen responder y condenar silenciosamente... En vez de reconocer el atropello, las fuerzas de ocupación se fortificaron todavía más, multiplicando también los puestos de control, los registros y las patrullas. Nuevas manifestaciones terminaron con más muertos. Un ataque con granadas al cuartel general estadounidense produjo algunas víctimas. Para prever una explosión de violencia al término de la plegaria de los viernes, los comandantes estadounidenses creyeron apropiado apostar un blindado ante cada mezquita. Estas medidas no eran, ciertamente, del tipo que podía apaciguar los ánimos. Paradójicamente, fueron los dignatarios locales quienes, con su pragmatismo y moderación, salvaron a la ciudad de un verdadero baño de sangre. Por un lado, se dirigieron a las fuerzas estadounidenses para lograr la evacuación de la escuela. Por otro, convocaron a la calma por medio de los imanes. Éstos llegaron incluso a prohibir cualquier manifestación, lo que hizo decir a uno de ellos que “la actitud de los estadounidenses ha destruido el huevo de la democracia naciente”. En favor del comandante responsable de la ciudad, las autoridades locales llegaron incluso a agradecerle el haber intercedido. En esta ciudad como en otras, se puede constatar que el mínimo de orden existente se debe, en general, poco a las fuerzas de ocupación, cuya presencia es potencialmente generadora de disturbios. Estas fuerzas, a pesar de su poderío, debieron retirarse de Fallouja e instalar su base a una distancia razonable. ¿Puede Fallouja anunciar una irritación más vasta, en otros términos? Todo dependerá de los beneficios reales que traiga la ocupación. Como observaba un iraquí pragmático, haciendo alusión tanto a los seis meses de raciones de alimentos distribuidas antes de la guerra como a la ausencia actual de cualquier sistema serio de abastecimiento: “Por el momento, comemos lo que nos dio Saddam. Y esperamos a ver que nos darán los estadounidenses...”. ____________________ *Periodista, París
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