LE MONDE diplomatique - edición española



  • El novelista perplejo

  • Rafael Chirbes. Ed. Anagrama 2002

por Alfons Cervera

Lo que escribimos apenas nos pertenece. Aquellos libros que llegaron un día lejano a nuestras manos se quedaron ahí, ejerciendo de vigilantes perpetuos, espiando otras lecturas, las páginas que al hilo de lo que aprendemos de los otros vamos completando ya con la tinta atrevida de nuestras intenciones literarias. Luego, cuando andamos con esa carga a cuestas, con el peso agradecido de lo que debemos a quienes nos enseñaron a mirar de otra manera lo que nos rodea, sabremos, si no somos unos canallas, que nuestros libros no son tan nuestros como de aquellos espías implacables que nos indicaron en todo instante el camino a seguir. Esto que hasta aquí escribo lo digo yo, antes lo dijo algún clásico y hace cuatro días lo decía mucho mejor que nadie Rafael Chirbes en “El novelista perplejo”.

Escribir es un acto de voluntad que encierra no sé cuánta dosis de misterio. Escribir en una época aciaga como la que nos pasa por la cara y la revienta de estupor es necesario, más necesario que nunca. Y ahí es cuando Rafael Chirbes recorre, y hará más en otros capítulos del libro, la mejor literatura para decirnos que siempre hay una u otra hecatombe sobre nuestras cabezas y que quien escribe no se arredra ante el horror sino todo lo contrario. Y además de a mucha otra gente cuenta a Rilke: He hecho algo contra el miedo. He permanecido sentado durante toda la noche, y he escrito. Y ahora sí, ahora ya añade más cosas el escritor magnífico que es el autor de “La buena letra” y “Mimoun”: la escritura como consuelo, como defensa contra las ofensas de la vida. Entre aquellos misterios que encierra la escritura no es menor aquél que decide el destino de los libros. Alguien habla del mercado, de los tejemanejes de los grandes grupos editoriales, de la suerte que a veces tiene alguien de llegar a un sitio recién ocupado por la desmemoria. También aquí recurre el autor a otros, a quienes saben desde mucho antes: quien escribe ha de conocer que el destino de los libros se esconde, agazapado como un asaltante sigiloso, en las sombras quietas de las bibliotecas, unas sombras que un buen día desvelará el ojo atento de alguien que lee, que lee de verdad, que se sumerge como un buzo enamorado en los abismos literarios y descubrirá allí, entre un polvo de siglos, el libro más hermoso que nunca fue escrito hasta ese instante de la sorpresa y el deslumbramiento.

¿Y si todo es de otros, qué pertenece en este libro a Rafael Chirbes?: pues nada más y nada menos que todo. Porque el escritor sabe que todo lo que lee es suyo de repente si la lectura no es el ejercicio inútil de un idiota. Y en “El novelista perplejo” hay uno de los ejercicios más lúcidos sobre el oficio de escribir que a lo mejor antes que ahí sólo había encontrado, y desde otras circunstancias, en Pavese y Joseph Conrad. Se acerca Rafael Chirbes a su literatura más admirada y cuenta esa literatura y a sus autores con la enorme fijeza y lealtad de quien sabe encontrar las claves del conocimiento sin que le nuble la pasión que siente por sus libros preferidos. Y lo cuenta sin que se le note un ápice de cinismo ni de pedantería: cuando Rafael Chirbes habla de Musil, Aub o Juan Marsé, se le nota que sabe y que eso que sabe le sale tanto de su condición de lector espabilado como de su entusiasmo a la hora de acercarse a sus escritores más irrenunciables. Al cabo, y lo decía George Steiner con una autoridad aún adolescente: todo es cuestión de opción personal, de gusto, de remota afinidad o de sordera. Y añadía: cualquier teoría es una intuición llena de impaciencia. Cito más o menos de memoria para decir que esa impaciencia y el gusto por la literatura imprescindible andan a la par en la selección que Rafael Chirbes nos ofrece en este texto que no me canso de reclamar como excelente. Se le nota esa necesidad de contar lo que le gusta, sus pasiones lectoras, la obstinada invocación agradecida a quienes le enseñaron un día que la literatura puede ser grande si sabemos leerla como toca. La nómina sería interminable y puestos a destacar nombraría tres magistrales acercamientos a Max Aub (sobre todo, uno en que se plantea su identidad lingüística a la hora de ser y además ser escritor), la constante presencia de Walter Benjamín saliendo al paso de cualquier duda, la mejor comprensión de Juan Marsé en “Si te dicen que caí”, seguramente una de las más certeras reflexiones sobre historia, lenguaje y novela realista que se han escrito nunca en un capítulo descomunal que se titula “Psicofonías”. Y rondando todo el libro, esa memoria que en Rafael Chirbes siempre fue el material con que construyó sus novelas más extraordinarias. Hay en el capítulo que dedica a Marsé la definición más ajustada sobre eso: la memoria no es jamás un espejo, ni una guarida en que agazaparse, ni complacencia de una legitimidad, sino una forma de intemperie. Lo escribe Rafael Chirbes en “El novelista perplejo”. Y escribe más cosas que, antes, como lector atento, supo arrancarle al misterio inescrutable de la mejor literatura.

____________________

 

Volver a sumario Junio 2003