LE MONDE diplomatique - edición española



Los juegos del exilio y del azar

Guy Scarpetta*

Dos personajes, Irena y Josef, habían huido de Checoslovaquia tras la intervención rusa de 1968 : ella se había instalado en París, y él en Dinamarca. Vuelven a Praga, hoy ciudad abierta. Es extraño: en la época de su partida, Kafka estaba en la lista negra. Hoy su retrato es omnipresente, hasta en las camisetas para los turistas, que vienen con esa estúpida leyenda, en inglés: Kafka was born in Prague... (Kafka nació en Praga). En otros tiempos, la ciudad estaba tapizada de carteles con manos que se estrechaban, en celebración de la supuesta amistad checo-rusa. La misma imagen sigue allí, simplemente reciclada: ahora ilustra la fraternidad democrática y antirracista (la nueva doxa). ¿Había desaparecido la burguesía en cuarenta años de socialismo? Cabe dudarlo: su regreso fue inmediato, y su triunfo completo, como si nada hubiera pasado.

Josef medita: “El Imperio soviético se derrumbó porque ya no podía someter a las naciones que querían ser soberanas. Pero ahora esas naciones son menos soberanas que nunca. No pueden decidir ni su economía ni su política exterior, ni siquiera las consignas de su propaganda.” Dice esto a uno de sus viejos amigos, que fue comunista, y a quien acaba de reencontrar. El amigo se asombra por tan “patriótica” actitud: aquí ya nadie piensa de ese modo -afirma. Una nueva normalización está en curso, y los amigos de ayer, que en un tiempo fueron adversarios, parecen haberse vuelto igualmente ajenos al mundo que los rodea.

¿ Este libro de Kundera es un libro político (1)? No exactamente: más bien una novela en la que, como siempre en Kundera, el contexto histórico sirve sólo para aclarar (o revelar) algunos grandes temas existenciales, ligados al periplo de los personajes. Temas como por ejemplo el exilio, el olvido, la nostalgia. O nuestros errores de diagnóstico en cuanto al futuro, que nos hacen incapaces de evaluar el presente. ¿Con qué sueñan los exiliados, los emigrados? ¿Por qué es una ilusión creer que el regreso al país natal sea una experiencia del tiempo recobrado? ¿Es incluso deseable ese regreso?

Para Josef, la cosa se impone poco a poco: no encuentra en Bohemia sino malentendidos, resentimientos, ajustes de cuentas con retraso, colosal indiferencia por su vida fuera de su patria –y si gracias a un viejo diario íntimo recupera algunas huellas de su pasado, es para sentir que ya no tiene nada en común con el “imberbe” lírico y bastante odioso que lo escribió. Se quedará pues en Dinamarca, por fidelidad a los pocos signos frágiles, residuales, de un amor que vivió en esa ciudad.

Irena, por su parte, siente por un momento la tentación del “Gran Retorno”. Pero al reencontrarse con ellas, sus viejas amigas checas tampoco manifiestan el menor interés por los veinte años que pasó en París, y prefieren incluso (blasfemia suprema) beber cerveza para festejar su reunión antes que degustar el burdeos añejo que ella les trajo. Volver definitivamente, sería no sólo someterse de nuevo, de un modo regresivo, a la agobiante presencia de su madre, de quien pudo escapar gracias al exilio, sino además aceptar ser amputada de una parte fundamental de su vida. Es ésta la novela del regreso imposible.

No hay aquí una única historia que progresa linealmente, sino todo un juego de encastres narrativos, donde se insertan temas secundarios, retrocesos en el tiempo, digresiones, momentos de interrogación sobre las experiencias vividas. Donde vuelve a encontrarse, también, esa mirada irónica sobre la sexualidad, desprovista de toda idealización, propia de Kundera. Irena se encuentra por casualidad con Josef, y recuerda que hace tiempo, en Praga, él había intentado seducirla. Acaba por entregarse a él, fervorosamente, como para recuperar una oportunidad perdida, pero descubre entonces que en realidad Josef ni siquiera la había reconocido. Entretanto Gustav, su compañero oficial, es inducido a sucumbir a los encantos de la madre de Irena, esa madre cuya vulgaridad ella evita, pero que lo seduce a él, por una vitalidad que tal vez no sea sino su contracara, y que consigue brindarle (en una magnífica escena de obscenidad) un momento de placer a la vez discretamente perverso y completamente gratuito. También en este terreno, el malentendido es la regla.

Kundera descuella, una vez más, por explorar en la experiencia humana zonas de ambigüedades, paradojas, equívocos, incertidumbres, indecisiones. De ahí la importancia, en su misma práctica de la composición novelística, de un arte de la variación (los motivos aparecen, se desvanecen, resurgen, se ramifican, modulados cada vez de modo distinto) y del contrapunto (los hechos, y las reflexiones ligadas a ellos, no dejan de confrontarse, de relativizarse), que hacen de esta novela, también, una pequeña obra maestra de musicalidad.

Por ejemplo, si Kundera solicita a veces ciertas referencias artísticas del pasado, no es por mero afán de inscribir dentro de una tradición lo que escribe, sino sobre todo para establecer un juego de “contrapuntos culturales” que contribuyan al esclarecimiento de la ficción que despliega. ¿En el fondo, no habría hecho mejor Ulises en quedarse junto a Calypso, en lugar de volver a Itaca, donde nadie lo reconoce? ¿Por qué se equivocó Schönberg cuando pretendió, en el exilio, fundar el porvenir de la música? ¿Sobreestimó acaso su obra, o sobreestimó la posteridad? Se trata de distintas formas de volver a formular las preguntas que, dentro del relato, se plantean acerca de Irena y Josef – cargándolas por otra parte de un plus de complejidad.

Pero lo más atrapante tal vez sea la forma en que ese sutil tejido temático de contrastes y ecos a distancia funciona no sólo dentro de la novela, sino también en conexión implícita con el conjunto de la obra que la ha precedido.

El “imberbe lírico” es el hermano del Jaromil de La vida está en otra parte –o más bien, Jaromil es aquello en que él habría podido convertirse, en otras circunstancias. Nilada, la amiga de Irena, se une al cortejo kunderiano de heroínas que son suicidas fracasadas (en La Broma, El libro de los amores ridículos, La inmortalidad, La lentitud), de modo a la vez trágico y burlesco. El “diario recobrado” de Josef aparece como una extensión del tema de las “cartas perdidas” de El libro de la risa y el olvido– con una significación ligeramente diferente. La huida de Irena fuera de la órbita materna evoca aquella otra, similar, de Sabina en La insoportable levedad del ser – que sin embargo no se le parece en nada. La madre de Irena se emparenta con esas madres faltas de delicadeza, impúdicas, inhibidoras, presentes en varios libros anteriores –la paradoja, en este caso, es que es ella quien más se acerca a ese ideal libertino cuyos peores adversarios eran sus avatares ancestrales...

Todo sucede, en suma, como si Kundera escribiera, desde el principio, una misma y larga novela –cuya unidad no estaría garantizada, como en el ciclo balzaquiano, por el retorno de los personajes, sino por el de un mismo arsenal temático, interminablemente variado, reactivado, prolongado, desarrollado, corregido (2).

El logro es, evidentemente, haber condensado toda esa riqueza temática en menos de doscientas páginas, que se leen de un tirón. Pocas veces el arte de la novela ha alcanzado semejante densidad.

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*Ensayista y novelista, autor, entre otros, de Kantor au présent, Actes Sud, Arles, 2000.

NOTAS:

(1) La Ignorancia, Barcelona, Tusquets, 2002.
(2) Esto es lo que se desprende de la lectura del muy pertinente ensayo que François Ricard acaba de consagrar a Kundera (Le Dernier après-midi d’Agnès, Gallimard, 2003, colección “Arcades”).

 

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