por Mariano Aguirre Hay dos tradiciones en la izquierda y el pensamiento progresista. Una es rechazar, a la vez, al Estado y a la Ley por su carácter opresivo. La otra es aceptar las reglas del Estado moderno sin una perspectiva crítica. Por extensión, el Derecho Internacional se suele ver como un instrumento formal y vacío de contenido a la vez que manipulado, junto con Naciones Unidas, por las potecias mundiales. O se le acepta como un marco de referencia casi inmutable. En los años 90 las cosas cambiaron. El caso Pinochet, la creación de la Corte Penal Internacional, o el debate sobre el intervencionismo humanitario obligaron a discutir en términos legales. El libro del jurista portugués José M. Pureza aborda el Estado y el Derecho Internacional, ofrece una profunda visión de sus desafíos, y desde una posición crítica de la globalización desigual e injusta presenta un cuerpo conceptual para la construcción de un nuevo marco postestatal que se rija por principios de solidaridaridad y justicia. Pureza explica la forma en que el modelo del sistema internacional basado en el Estado moderno se encuentra en un momento de cambio de paradigma. La transnacionalización económica, el crecimiento de la economía financiera no productiva, la deslocalización de la producción y de la ruptura de la nacionalidad de los mercados, entre otros factores, indican que el Estado es uno entre múltiples actores. El autor dice que en el contexto de la globalización neoliberal es obvia “la fragilización” -diferente “según la posición ocupada por por cada Estado concreto en la jerarquía del sistema mundial”- de los Estados “en su función reguladora, de garantía del contrato social y de las inherentes políticas de inclusión”. De esta manera, “al Estado garantista le sustituye su miniatura desvirtuada, resultante de la primacía de la desregulación, de la delegalización y de la desconstitucionalización”. Así, el Estado asiste “al vacíamiento de sus poderes de control “ y pasa a ocuparse de dar garantías para el máximo de derechos para el capital global”. En otras palabras, se convierte en un agente de un nuevo constitucionalismo al servicio del neoliberalismo. La lectura del libro de Pureza y las circunstancias planteadas en los últimos dos años -desde que George Bush Jr. llegó a la Casa Blanca- inducen a plantear en qué medida la política de EEUU en este período está orientada a debilitar el sistema multilateral y en ocasiones a invalidar acuerdos jurídicos concretos -como el Tratado de Kyoto, la Corte Penal Internacional o el Tratado de Misiles Antibalísicos- no es una forma de respuesta ideológica y militar a “la pérdida de autonomía constitutiva del Estado”. O sea, en qué medida el gobierno de EEUU no estaría respondiendo ante el peso de algunos actores, inclusive nacionales (como las empresas multinacionales que pueden tener intereses contradictorios con el Esado de origen) y de algunas características estructurales, como son los movimientos de capital privado y público (por ejemplo, los fondos de Estados asiáticos que pueden invertir en euros en vez de dólares o descapitalizar la economía estadounidense en un tiempo muy breve). El interrogante es si por razones internas y externas EEUU no estaría contraatacando ante la pérdida de cohesión y valores conservadores internos y por el papel disminuído que tendría el Estado en el sistema internacional. Immanuel Wallerstein plantea que EEUU es una superpotencia hegemónica en crisis, que puede ejercer su poder pero lo tiene que confrontar con otros Estados y otros actores (y podría añadirse, dinámicas internacionales) responde con el uso de la violencia y la coerción. El segundo interrogante que surge se basa en la afirmación de Pureza cuando dice que hay una política global que tiene una compleja red de actores gubernamentales, intergubernamentales, no gubernamentales, económicos, financieros, y que frente a parte de esta realidad que denomina siguiendo a Richard Falk “globalización depredadora” surgen formas de resistencia global. Esas resistencias son pos-estatales y sus espacios son el medio ambiente, los derechos humanos, los víctimas de crisis humanitarias, los emigrantes, las guerras, las víctimas de los modelos desequilibrados de desarrollo, entre otros. La acción cívica y política pasa a ser acción global basada en la solidaridad y no en espacios privados de mercado y consumo. ¿ Estará respondiendo el gobierno de EEUU y sus aliados en la crisis de Irak a este movimiento crítico de la globalización “depredadora”? Washington y sus amigos están exigiendo alienamientos, adhesiones ciegas que no se basan en el Derecho ni en la moral sino en creencias, en venganzas, en irracionalidades que se pretenden razonables. No siempre hay lógica económica en sus políticas. A la vez, hay modificaciones e intentos de cambios de leyes sobre derechos civiles, ataques al sistema multilateral, y una aparente despreocupación autoritaria por la brecha que se abre entre gobernantes aparentemente responsables y gobernados que salen a la calle, construyen redes y dicen que no están de acuerdo. O sea, ¿no asistimos a una guerra contra las libertades que hasta ahora se preconizaban como esenciales, y contra los sistema jurídicos que se presentaban como necesarios? Es interesante ver en qué medida la crisis de Irak ha puesto en marcha diferentes formas de resistencia a la vez que de competitividad. En la calle están personas que no quieren la guerra, otras que no quieren a EEUU, muchas que se oponen a lanzar un ataque encubierto contra el mundo árabe, algunos que ven la guerra como la continuación del capitalismo y la globalización depredadora. Por otro lado, hay Estados que no quieren aceptar los argumentos de esta guerra porque implica aceptar la hegemonía de EEUU en Europa, como es el caso de Francia; y que, a la vez, deben responder a su sociedad que tiene un rechazo sociológico-histórico reciente a la guerra (Alemania, Japón). También se encuentran los que aceptan el liderazgo de EEUU en sus regiones pero no quieren renunciar a mantener una relación de equilibrio con otros Estados poderosos (Chile y México frente a la Unión Europea). Pureza explica en su libro las características económicas de la globalización analiza la forma en que determinados Estados y modelos productivos y de mercado hegemónicos imponen sus criterios. Pero el modelo no es cerrado. Por el contrario, en una predicción incisiva Pureza dice que “(l)a globalización comporta también una dimensión subversiva, que se concibe como una instancia crítica radical del paradigma basado en el Estado y del papel de este en la distribución del poder. La crisis actual indicaría que hay diferentes niveles de contradicciones. Unas entre los Estados y otros actores de la globalización injusta y desigual; otra entre el modelo y las formas de resistencia. Tomando como ejemplo los bienes comunales de la humanidad, Pureza plantea que el nuevo paradigma del Derecho Internacional se basa en ser un Derecho transespacial como derecho de la comunidad universal; un Derecho materialmente justo que tenga la solidaridad como valor guía; y un Derecho revalorizador de la soberanía que haga una relectura constituyente de esta última. ____________________
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