Una gramática de la democracia contra el gobierno de los peoresMichelangelo Bovero. Editorial Trotta por Javier de Lucas “El juego democrático no consiste sólo en la simple designación de un “vencedor” y en la atribución a éste de todo el poder de decisión colectiva. La democracia exige que todo parecer y toda orientación política, al haber superado un cierto mínimo de consensos, pueda contar, hacer escuchar su propia voz, tener peso en el proceso decisional. Disminuir la importancia de la deliberación parlamentaria no es una manera de hacer más eficiente la democracia, sino de hacerla menos democrática. En el caso extremo, de reducirla a la mera posibilidad de alternancia electoral entre dictaduras de partidos en competición”. Con esta apuesta por la democraticidad sobre la eficiencia de un sistema político, que parecerían escritas en relación con el debate sobre la legitimidad de la decisión adoptada por gobiernos como el de Aznar a propósito de la guerra de Irak, frente a la abrumadora oposición de la opinión pública, Michelangelo Bovero, ordinario de Filosofía Política de la Universidad de Turín, resume buena parte de los argumentos de su apasionante gramática de la democracia, una tarea particularmente necesaria en momentos como el presente, en los que la diferencia entre el modelo ideal y la realidad se hacen más patentes, también por la proliferación de usos lingüísticos anormales (pro domo belli, por ejemplo, o, más a la larga, pro domo Imperii, por no hablar de la necesidad de justificar la desregulación de los mercados imperante) de conceptos y categorías como libertad, liberalismo, ciudadanía, o democracia con y sin adjetivos. Este alegato de Bovero a favor de la democracia parlamentaria como vehículo de la democracia participativa, que es también una lúcida crítica de las tendencias degenerativas y potencialmente autocratizantes de la democracia contemporánea, está marcado por la teoría del Derecho y de la democracia (el modelo de estado de Derecho) de Kelsen, por la teoría pluralista de la democracia de Dahl y sobre todo revela la huella de su maestro Bobbio. Pero hay también otras presencias y coincidencias. Me parecen particularmente destacables dos de ellas: el esfuerzo por renovar la teoría de la ciudadanía (para responder a las cuestiones ¿qué es ser ciudadano? ¿quién tiene derecho a ser considerado como tal y por qué?) y la teoría de los derechos humanos fundamentales en el que está empeñado su colega y amigo Ferrajoli y en particular su definición como derechos contra el mercado y contra las mayorías. La segunda es probablemente la que sorprenderá más gratamente al lector no familiarizado con la obra de Bovero. Me refiero a su fascinante presentación de los textos clásicos de Polibio, Herodoto y, sobre todo, de Teofastro y Aristófanes, en particular de la comedia de éste, Los caballeros, en la que comparece ese modelo tan actual del político triunfante, mezcla de los caracteres del hombre vulgar, el oligarca y el pretoriano, que a veces coinciden en una persona y a veces se encarnan en el grupo dirigente, como puede comprobarse fácilmente sustituyendo los personajes de Aristófanes por los de la administración Bush II, la de Berlusconi o la de Aznar. Frente al modelo de lo que Bovero califica como democracia invertida, fruto degenerado del patrimonialismo, el populismo y el personalismo, en la que el ciudadano ya no es el inicio y fundamento del proceso decisional, sino su consumidor, Bovero propone la necesidad de reforzar la isegoría, entendida no tanto como libertad de expresión y crítica –que también- sino sobre todo como igualdad en el uso de la palabra donde más importa, en la asamblea, en el espacio público. Esa es la única forma en que podemos evitar la aparente inevitabilidad de ese mal denunciado por Rousseau como el final de la democracia, el que se produce cuando el ciudadano responde “a mí, qué?”. Hoy la respuesta de la opinión pública internacional frente a la guerra es un desmentido a ese desentendimiento de la política. A todos nos importa. ____________________
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