LE MONDE diplomatique - edición española



Cómo se repartió Oriente Medio (1916-1920)

Henry Laurens *

Por sus yacimientos petroleros y su condición de nudo para el paso a India y China, no es de ahora la disputa de las principales potencias capitalistas por el control de esta región. El supuesto predominio moral de Occidente y la aplicación hipócrita del liberalismo político aparecen entonces una y otra vez como instrumentos de una siniestra.

En 1914, las provincias árabes del Imperio Otomano se encontraban bajo la influencia colectiva y multiforme de las potencias europeas, a las cuales se sumaba Estados Unidos. Los “Jóvenes Turcos”, en el poder desde 1908, intentaban deshacerse de estas ingerencias permanentes, pero a costa de un centralismo autoritario que suscitaba el surgimiento de un movimiento autonomista árabe dispuesto a buscar el apoyo de Europa.

Francia era la potencia dominante en “Siria natural”, gracias a sus inversiones económicas y a su influencia educativa y cultural. Se llegó a hablar de una “Francia del Levante”. Los británicos, que ocupaban Egipto desde 1882, reconocieron finalmente -de mala gana- esta supremacía.

Al entrar en guerra en noviembre de 1914, los otomanos pretendían librarse de las dominaciones extranjeras y eliminar los autonomismos locales. A partir de 1915, la represión golpea a las elites políticas árabes (ahorcamientos, exilios en Anatolia). Poblaciones enteras serán martirizadas (cristianos de los Montes del Líbano diezmados por el hambre, trágico destino de los armenios y otros cristianos de Anatolia deportados y masacrados). Buscando desestabilizar a las dos grandes “potencias musulmanas” que constituyen los imperios coloniales francés y británico, los otomanos llaman a la guerra santa, a la jihad. Inicialmente, los británicos se limitan a un combate defensivo en las cercanías del Canal de Suez, mientras que el ejército angloindio comienza la difícil conquista de Irak a partir de Basora (1).

Los primeros proyectos de reparto

Pero la jihad amenaza al África del Norte francesa (y una parte del África negra) y a la India británica. Franceses y británicos se encuentran así en posición defensiva, y buscan una nueva fórmula jurídica capaz de restablecer su antigua dominación. Se proponen, primero, mantener un Imperio Otomano descentralizado que sería un protectorado de hecho. Atacando los Dardanelos (1915) para amenazar a la capital del Imperio Otomano, se ven obligados a aceptar la reivindicación rusa sobre Constantinopla y a considerar un reparto de la región.

El fracaso sangriento de los Dardanelos no pone en tela de juicio su principio. Suscitando un levantamiento del jerife Hussein, emir de La Meca, esperan poner fin a la amenaza de la jihad y crear un nuevo frente contra los otomanos. El alto comisario en Egipto, Mac Mahon, mantiene pues un difícil intercambio epistolar con el jerife Hussein para incitarlo a sublevarse. Errores de traducción y malentendidos sobre el sentido de las palabras utilizadas complican aun más el contenido –de por sí ambiguo- de la correspondencia, creando así un embrollo cuya solución se posterga.

Algunos espíritus románticos de El Cairo, de los cuales el más célebre será T. E. Lawrence, el futuro Lawrence de Arabia, apuestan por un renacimiento árabe que, basado en la autenticidad beduina, reemplazaría la corrupción otomana y el levantinismo francófono. Estos beduinos, comandados por los hijos de Hussein, los príncipes de la dinastía hachemita, aceptarán naturalmente una tutela británica “benévola”. Londres les promete una “Arabia” independiente, pero respecto de los otomanos. Por su parte, los franceses quieren extender su “Francia del Levante” al interior del territorio y construir así una “Gran Siria” francófona, francófila y bajo su tutela.

¿ Cómo fijar los límites entre la Arabia británica y la Siria francesa? Se confía al francés François Georges-Picot y al inglés Mark Sykes la negociación, la cual se extiende varios meses, reflejando la evolución de las relaciones de fuerza, y concluye en mayo de 1916 mediante un intercambio epistolar entre el embajador de Francia en Londres, Paul Cambon, y el secretario del Foreign Office, Edward Grey (2). Los franceses administrarán directamente una zona que se extiende desde el litoral sirio hasta Anatolia; Palestina será internacionalizada (condominio francobritánico de hecho); la provincia iraquí de Basora y un enclave palestino alrededor de Haifa estarán bajo la administración directa de los británicos; los Estados árabes independientes confiados a los hachemitas serán divididos en dos zonas de influencia y de tutela: una al Norte, confiada a los franceses; otra al sur, confiada a los británicos. La línea denominada Sykes-Picot, que divide el Medio Oriente, debe permitir también la construcción de un ferrocarril británico de Bagdad a Haifa. Rusos e italianos aprueban este acuerdo, del que los hachemitas sólo reciben información velada y confusa.

Petróleo y derecho de los pueblos

A comienzos de 1917, los británicos comienzan la difícil conquista de Palestina. En abril, Estados Unidos entra en guerra como “socio” -no “aliado”- de Francia y Gran Bretaña contra Alemania. La creciente mecanización de la guerra lleva finalmente a la toma de conciencia francobritánica de su dependencia respecto del petróleo (en 1918, los Aliados ganarán la guerra gracias a un “chorro de petróleo”).

El presidente Woodrow Wilson no se siente de ninguna manera vinculado por un acuerdo “secreto” celebrado por sus socios. Se erige en defensor del derecho de autodeterminación de los pueblos, aunque no esté muy claro en su espíritu si esto es válido también para los pueblos no-blancos, como los “morenos” (los árabes) y los “amarillos”. Para los “negros”, ni hablar (3)

Los ingleses de El Cairo quieren poner en tela de juicio el acuerdo celebrado con los franceses, si no respecto del resto de Siria, al menos de Palestina. Y disponen ahora de un sólido apoyo en Londres. Saben utilizar con sinceridad la retórica wilsoniana: sobre las ruinas del Imperio Otomano, árabes, kurdos, armenios y judíos cooperarán juntos bajo la tutela benévola de los británicos.

Sykes utiliza en este sentido al movimiento sionista, lo que conducirá a la Declaración Balfour del 2 de noviembre de 1917 (4) que anuncia el establecimiento “en Palestina” de un hogar nacional judío. La estrategia británica se basará en la ocupación del terreno con la incitación a la revuelta árabe para extenderse a Siria (pero no a Palestina) y en una sucesión de declaraciones oficiales que van en el sentido de la autodeterminación. Para Londres, el derecho de los pueblos significa el derecho de elegir la tutela británica. Cuando nacionalistas árabes radicales rechazan esta dominación, son rebajados al estatuto infamante de “levantinos”, que comparten con los elementos pro franceses (en general, cristianos).

En 1918, la cuestión del petróleo se torna primordial. Según el acuerdo, Francia debería controlar la región de Mosul, donde se encuentran importantes reservas potenciales, pero los británicos, por su parte, tienen los derechos de concesión. Georges Clemenceau quiere satisfacer al grupo de presión colonial, limitándose a una “Siria útil” que no incluye Tierra Santa, pero permitiendo un acceso a los recursos petroleros. Una extensión territorial tan grande implicaría enormes gastos de administración que no se corresponden con las rentas que podrían obtenerse de ella. Es el abandono de la reivindicación de la “Siria integral” (actualmente se diría “Gran Siria”). Luego del armisticio, Clemenceau negocia directamente y sin testigos con Lloyd George el reparto de Medio Oriente.

El 11 de diciembre de 1920, Maurice Hankey, secretario del gobierno británico, escribirá en su diario: “Clemenceau y Foch han cruzado [el mar] luego del armisticio y se les brindó una gran recepción militar y pública. Lloyd George y Clemenceau fueron conducidos a la embajada de Francia... Cuando estuvieron solos... Clemenceau dijo: “Bien. ¿De qué tenemos que hablar?”. “De la Mesopotamia y de Palestina”, respondió Lloyd George. “¿Qué es lo que quiere?”, preguntó Clemenceau. “Quiero Mosul”, dijo Lloyd George. “La tendrá”, dijo Clemenceau. “¿Nada más?” “Sí, también quiero Jerusalén”, continuó Lloyd George. “La tendrá”, dijo Clemenceau, “pero Pichon (5) pondrá obstáculos para Mosul”. No existe absolutamente ninguna huella escrita o memorándum redactado en ese momento [...]. Sin embargo, a pesar de las grandes presiones por parte de sus colegas y de toda clase de partes involucradas, Clemenceau, que siempre ha sido inflexible, nunca se echó atrás, y soy el más indicado para decir que Lloyd George nunca le dio esa oportunidad. Es así como se hace la historia (6)”.

Al haber supeditado los franceses cualquier acuerdo territorial a un reparto del acceso al petróleo, las dos negociaciones se llevarán a cabo paralelamente. Desde el comienzo de la Conferencia de la Paz, el presidente Wilson rechaza la anexión de las antiguas colonias alemanas de África y del Pacífico a los imperios francés y británico: quiere confiarlas a la futura Sociedad de las Naciones (SDN). Lloyd George maniobra hábilmente proponiendo la creación de “mandatos” de la SDN, que serían confiados en forma temporaria a una potencia “civilizada” encargada de conducirlos a la independencia. Incluye discretamente en ellos a las provincias árabes del Imperio Otomano (Mandatos denominados A). Wilson acepta (enero de 1919).

Los principales interesados no son informados al respecto y serán llamados a comparecer ante el Consejo Supremo aliado (el denominado Consejo de los diez). Nacionalistas árabes, pro franceses (siristas) y sionistas (los ingleses interceptaron a una delegación libanesa para prohibirle su ingreso a Francia) hablarán así, en febrero de 1919, sin conocer realmente las reglas del juego. Lloyd George deja a sus representantes iniciar una pugna de intereses con los franceses. La cuestión es saber si habría un mandato único sobre el conjunto del Medio Oriente (y, en ese caso, confiado seguramente a los británicos) o si habría dos mandatos: uno francés, otro británico. Los franceses resisten.

Wilson, irritado, impulsa entonces la creación de una comisión encargada de consultar a las poblaciones sobre la elección de la potencia mandataria. Repentinamente, los británicos se dan cuenta de que los árabes de Palestina y de Irak podrían no solicitar su tutela. Por su parte, los franceses temen que los sirios les sean hostiles y se vean obligados a aceptar la reivindicación de un Estado libanés con mayoría cristiana. Las dos potencias europeas se retiran de la comisión, que será dirigida exclusivamente por estadounidenses.

Estos últimos, luego de haber escuchado a los árabes palestinos rechazar el sionismo, a los libaneses cristianos aceptar a Francia y a los árabes sirios exigir la independencia, concluye con la elección de un mandatario... ¡estadounidense! (28 de agosto de 1919). Es demasiado tarde: el Senado estadounidense rechaza el tratado de Versalles, y los estadounidenses se retiran de todas las conferencias interaliadas.

Franceses y británicos se encuentran así frente a frente. La relación de fuerzas sobre el terreno se inclinó a favor de los primeros, que disponen de mayores medios militares mientras que Londres se desmoviliza. La división en mandatos se confirma. Desde la conferencia de Deauville (septiembre de 1919) hasta la de San Remo (abril de 1920), se contentan con ajustar la línea Sykes-Picot. La frontera palestina se desplaza unos kilómetros hacia el Norte. Transjordania unirá Palestina con Irak, lo que permitirá crear un corredor que asegure en lo inmediato el paso de líneas aéreas hacia India y, a mediano plazo, de un oleoducto que transporte el petróleo de Irak al Mediterráneo (la idea del ferrocarril pertenece al pasado). Los franceses contarán con un 25% de las participaciones (posteriormente, el 23,75%) en el seno del consorcio encargado de explotar dicho petróleo.

Resta imponer el régimen de los mandatos mediante una última pugna de intereses. En Palestina, Siria e Irak, franceses y británicos llevarán a cabo operaciones que desembocan en una guerra para someter a las poblaciones indígenas.

La división de Medio Oriente en varios Estados no era en sí condenable: los hachemitas habían considerado tal posibilidad desde el comienzo, en favor de los hijos mayores de Hussein. Pero ésta se llevó a cabo contra la voluntad de las poblaciones y utilizando una retórica liberal que el uso de la fuerza tornaba carente de sentido. Con respecto a la evolución política del último decenio otomano -donde la cooptación de notables y el establecimiento de un sistema electoral, sin duda muy imperfecto, habían trazado el camino a una verdadera representación política- el autoritarismo franco-inglés constituye una regresión duradera.

Como división territorial, el reparto duró, esencialmente porque las nuevas capitales y sus clases dirigentes supieron imponer su autoridad en el nuevo país. Pero los acontecimientos de 1919-1920 se vivieron como una traición a los compromisos asumidos (en primer lugar, al derecho de autodeterminación de los pueblos). Privaron a las elites locales de su destino. Cuando el nacionalismo árabe recobre fuerzas, no reconocerá la legitimidad de esta división y llamará a la constitución de un Estado unitario, panacea para todos los males de la región. Los Estados reales serán así golpeados por la ilegitimidad y permanentemente debilitados. La constitución del hogar nacional judío llevará la región a un ciclo de conflictos que parece estar lejos de terminar.

Periódicamente, resurge el fantasma de un nuevo “Sykes-Picot” o reparto del Medio Oriente impuesto desde el exterior. La pretensión occidental de una superioridad moral basada en la aplicación de la democracia y del liberalismo aparece entonces como una siniestra mistificación. Tal vez sea la consecuencia más nefasta de las elecciones del período 1916-1920, renovadas regularmente desde entonces.

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* Profesor del Instituto Nacional de Lenguas y Civilizaciones Orientales (INALCO), París. Autor, entre otras obras, de La Question de Palestine, tomos I y II, Fayard, París, 2001 y 2002.

NOTAS:

(1) Los ingleses de India no pensaban en una Arabia romántica; querían explotar lo que se consideraba entonces los inmensos potenciales agrícolas de la Mesopotamia, con el fin de “alimentar al mundo”. Véase Charles Tripp, «Lecciones de una historia colonial olvidada», Le Monde diplomatique, edición española, enero 2003.
(2) En 1919, para restarle valor, los británicos denominarán al acuerdo: Acuerdo Sykes-Picot.
(3) En la Conferencia de la Paz, los estadounidenses rechazarán enérgicamente la reivindicación japonesa de la igualdad de las razas.
(4) Además de poner en tela de juicio el acuerdo francobritánico, Londres quiere también poner de su lado el supuesto poder oculto de los judíos sobre el destino de Rusia y de Estados Unidos. Finalmente, la impregnación bíblica de la cultura religiosa británica facilitará la aceptación de las tesis sionistas.
(5) Ministro francés de Relaciones Exteriores. Le Monde diplomatique acaba de instalarse en la calle que lleva su nombre.
(6) Stephen Roskill, Hankey, Man of Secrets, Londres, Collins, Vol. II, 1972, págs. 28-29

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