Ola de concentraciones en los medios de comunicación estadounidensesErik Klinenberg*En 1983, Ben Bagdikian publicaba The Media Monopoly, donde advertía a sus lectores que a medida que un pequeño grupo de megaempresas se apoderaba del sector, la información estadounidense se alejaba de los principios de pluralismo que reivindicaba (1). Los lectores de Bagdikian se mantuvieron escépticos: Estados Unidos contaba entonces con unos 1.700 diarios, 11.000 revistas, 9.000 emisoras de radio, 1.000 canales de televisión y 2.500 editoriales. Y, sin embargo, Bagdikian ya demostraba que una cincuentena de multinacionales, todas “vinculadas por intereses financieros comunes a otras megaempresas y a algunos bancos internacionales de primera línea”, controlaban la parte más importante de este enorme mercado. A falta de controles, su dominación podía crear un paisaje mediático donde los temas consagrados al mundo de los negocios, el entretenimiento y los artículos superficiales reemplazarían a las investigaciones serias y las noticias internacionales (2). Bagdikian esperaba una reacción y acaso reformas. ¿Podían los gobernantes aceptar que un pequeño número de empresas monopolizaran el sector de la información? Esta pregunta parece actualmente muy ingenua. Desde los años 1980, se ha incrementado la concentración en la industria de los medios de comunicación; en 2003, diez grandes empresas dominan el sector (3). Los responsables políticos de Estados Unidos reconocen que la reglamentación de los medios de comunicación plantea un problema... pero no el que podría pensarse. Para la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC), que fija las reglas en la materia, las grandes empresas estarían demasiado limitadas por impedimentos legales. ¿La solución? Una desregulación del sector. El presidente de la FCC, Michael Powell (hijo del actual secretario de Estado), es un integrista del mercado; “mi religión”, tal como precisó. Las últimas defensas que garantizaban un mínimo de diversidad en materia de propiedad han sido amenazadas. Según Powell junior, “el hecho de que las reglamentaciones se decidan en nombre del interés del público no las hace inofensivas. Las normas que regulan los mercados pueden en definitiva afectar o diferir la satisfacción de los intereses de los consumidores. En un principio, numerosas desregulaciones decididas por la comisión generaron quejas. Pero, una vez implementadas, se tradujeron a menudo en un florecimiento de la innovación y de la competencia, que ha sido magníficamente aprovechado por los consumidores”. Ni Powell ni el Congreso son los verdaderos inspiradores de estos proyectos. Alrededor de 300 reconocidos lobbystas, especializados en medios de comunicación, trabajan en ello. Están muy ocupados. Entre 1993 y junio de 2000, la industria de los medios de comunicación destinó 75 millones de dólares al financiamiento de las campañas electorales de los candidatos de los dos principales partidos que aspiraban a cargos federales. Al designar los inquilinos de la Casa Blanca al presidente de la FCC, George W. Bush y Albert Gore se repartieron 1 millón de dólares. La industria cultivó además la amistad de los miembros y empleados de la FCC ofreciéndoles 1.400 viajes, con todos los gastos pagados, entre 1995 y 2000 (4). Un pequeño número de asociaciones de defensa del consumidor -como el Center for Digital Democracy y FAIR- luchan con escasos medios contra los oligopolios de la información. Pero, dado que estos últimos controlan la información y prefieren no hacer comentarios sobre su propia hegemonía, pocos estadounidenses son conscientes de que el interés público está en juego. La mayoría de las grandes emisoras de radio, canales de televisión, diarios y revistas ya están en manos de un puñado de empresas. La ofensiva en curso apunta a internet y a la eliminación de las reglas que prohíben a una misma empresa encontrarse en situación monopólica en un mercado local determinado. El control del acceso a internet de alta velocidad es un filón prometedor para las empresas, dado que los propietarios de los canales que permiten distribuir el “contenido” (informaciones, entretenimientos) decidirán qué se proveerá a la red y el costo de la conexión. Las grandes sociedades de redes de cable (AOL-Time Warner y Comcast, por ejemplo) han presionado pues a la FCC para que revise una ley de 1993 que les impedía poseer más del 30% del mercado nacional del cable y que reglamentaba las sinergias posibles entre productores de programas y propietarios de redes de cable. Tras considerar la Cámara Federal de Apelaciones que estas restricciones al derecho de propiedad eran inconstitucionales, en septiembre de 2001, la FCC comenzó a enmendar sus directivas. Decidió que las frecuencias del cable dejaran de estar sujetas a las reglas que protegen la competencia. Actualmente se teme que las empresas dominantes no sólo aumenten sus tarifas, sino que desaconsejen la adquisición de programas producidos por sus competidores, lo que limitaría la diversidad de los contenidos ofrecidos a los consumidores. Las grandes cadenas televisivas (CBS, NBC, Fox, ABC), por su parte, decidieron invertir en el espectro numérico para difundir la televisión interactiva de alta definición, la joya mediática del mañana. En 1996, luego de una campaña de lobby tan intensa como onerosa, el Congreso de mayoría republicana y el presidente William Clinton ofrecieron a las grandes cadenas frecuencias con un valor que ascendía a varias decenas de miles de millones de dólares, quedando a cargo de éstas velar por el cumplimiento de las exigencias de diversidad en materia de contenidos... Estas frecuencias ya han sido evaluadas en aproximadamente 300.000 millones de dólares, cuando su utilización apenas comienza. El otro gran proyecto en marcha de la FCC es la posesión simultánea de diferentes medios de comunicación en un mismo mercado. Las normas actuales, muy precisas, permiten evitar que un conglomerado se convierta en la única fuente de información en una ciudad o región determinadas. Una empresa no puede poseer al mismo tiempo un canal de televisión y un diario, o un canal de televisión por cable y uno de aire, o dos canales de televisión de gran audiencia (5). Estas restricciones están desapareciendo, al haber objetado algunas empresas como Viacom (propietaria de CBS) o News Corporation (Murdoch) que la reglamentación afecta la libertad de expresión garantizada por la primera enmienda de la Constitución (6). En algunas ciudades, una misma empresa posee ya, además del principal órgano de prensa (y de un diario para hispanohablantes), un canal de cable de información continua, un canal de televisión y una emisora de radio regionales, un sitio de entretenimientos en internet. Los oligopolios quieren todavía más. ¿ Con qué resultados? El precedente de la desregulación de la radio es ilustrativo. Luego de una campaña agresiva de lobby industrial, la Ley de Telecomunicaciones de 1996 eliminó las restricciones en materia de concentración de la propiedad de emisoras de radio. Y, “entre 1995 y 2001, el número de propietarios disminuyó un 25%. En 1996, el principal grupo radiofónico, Westinghouse, poseía 85 emisoras. En 2001, Clear Channel contaba con 1202 radios (7)”. ¿Por qué asombrarse entonces ante el parecido de las radios estadounidenses, los mismos programas, los mismos formatos? Mientras los estadounidenses no dejan de invocar el multiculturalismo, una monocultura de los contenidos se apodera de las ondas. Internet no está exenta: en 1999, 110 sociedades se repartían el 60% del tiempo de los usuarios. En 2001, 14 eran suficientes para lograr el mismo resultado. La concentración tiene otro efecto: no alienta a los periodistas que pertenecen a conglomerados a informar de manera crítica sobre sus propietarios. Son más inducidos a acompañar el lanzamiento de una película producida por una de las filiales de su empresa, que a investigar sobre los peligros nucleares cuando, por ejemplo, su casa matriz tiene intereses en este terreno (General Electric posee NBC News). Por lo demás, tratándose de diarios que cotizan en bolsa, sus patrones tienen buenas razones para pretender que deben favorecer a las “marcas” de la familia (8). La laxitud de las normas anticoncentración ha permitido además a las empresas reestructurar sus sistemas de producción de información. Las reducciones de personal, los cierres de agencias y el empleo de un reducido grupo de reporteros y de periodistas independientes que proveen de contenido a varios soportes mediáticos a la vez, han incrementado las ganancias de productividad (9). La mayoría de los medios de comunicación están dirigidos actualmente por empresarios formados en las business schools. Sus obligaciones respecto de los accionistas y el interés que tienen en la cotización bursátil de su empresa se imponen casi siempre sobre las protestas de los redactores y productores. Cuando la información se convierte en mercancía, la distinción entre las diferentes producciones periodísticas (información, entretenimientos, “infoentretenimientos”) pierde sentido, y con ella la especificidad del trabajo de investigación. Los conglomerados que agrupan activos diversificados en los dominios de internet y de la prensa practican frecuentemente el “copiar-pegar” de un diario, de un medio de comunicación a otro. Las empresas que poseen diferentes medios de comunicación (prensa, televisión, radio, internet) en una misma ciudad, buscan periodistas “para todo servicio” capaces de ofrecer un contenido que se adapte inmediatamente a los diferentes medios. Las nuevas tecnologías de convergencia numérica ofrecen extraordinarias posibilidades de innovación al respecto. La calidad periodística, la seriedad, la verificación de la información no siempre están presentes. Según John Pavlik, profesor de periodismo en la Universidad de Columbia, “la gente trabaja entre 16 y 20 horas diarias y se encuentra totalmente agotada”, a fuerza de cumplir varias funciones a la vez. Esta evolución se produce mientras los estadounidenses, cada vez más conscientes de las falacias de sus medios de comunicación, reconocen que la deontología periodística deja bastante que desear. Durante la última década, vieron florecer programas o artículos dedicados a los negocios y a la bolsa. Muchos esperaban encontrar allí buenos consejos en materia de inversiones. Actualmente, las famosas empresas consideradas “revolucionarias” o “pioneras” -como Enron- se derrumban como consecuencia de la codicia, la desinformación y la falsificación de sus cuentas; los empleados ven desaparecer sus fondos de retiro. Varias eminencias del periodismo, que mezclaron los géneros “informando” sobre empresas de las cuales eran asesores remunerados, han sido objeto de acusaciones (10). La misma falacia de la información estadounidense caracterizó el análisis de la política internacional. Antes del 11 de septiembre, los principales medios de comunicación no tenían casi ningún corresponsal en Pakistán o en Afganistán; dedicaban además menos del 2% de su superficie redaccional a las noticias del exterior... Después de los atentados, los periodistas estadounidenses reconocieron que deberían en adelante tomarse más en serio la ira y el sentimiento de injusticia provocados en el mundo por la política exterior de su país. Esta lucidez no tuvo casi ningún efecto duradero. Esto se observa con Irak. Informaciones cotidianas o noticias people siguen saturando las ondas (11). El auge de internet y la profusión de nuevas aplicaciones en el campo digital sugieren perspectivas alternativas en materia periodística: los defensores del ciberespacio esperan que nadie sea nunca lo suficientemente poderoso para frenar las potencialidades de una tecnología actualmente accesible a (casi) todos. Pero la actual ola de concentraciones, al mismo tiempo que empobrece la vida cultural de la nación, amenaza con cubrir la variedad de opiniones e ideas que se observa en la sociedad con la voz reaccionaria de los conglomerados (12). Y no ayuda a comprender los inminentes acontecimientos internacionales. ____________________ * Profesor de la Universidad de Nueva York. NOTAS: (1) Ben Bagdikian, The Media Monopoly, sexta edición,
Beacon Press, Boston, 2000. Volver a sumario Abril 2003 |