LE MONDE diplomatique - edición española



La televisión, en tiempos de guerra

Enrique Bustamante*

En las grandes manifestaciones sucesivas contra la guerra en Irak y en apoyo al “Nunca Mais”, los manifestantes entonaban espontánea y masivamente un grito complementario pero emblemático, exasperado cada vez que pasaban ante las cámaras de alguna cadena: “¡Televisión, Manipulación¡”. Se evidenciaba así la conciencia cívica ante un mecanismo de manipulación y censura creciente en España, que salta por encima de todas las teorías explicativas de la información televisiva internacional para enlazar la comercialización extrema con la tradición franquista, en un modelo híbrido alucinante. La información televisada, y la televisión entera, convertidas en un arma sistemática de guerra, nunca mejor dicho en los tiempos que corren, entronizada en la vida cotidiana.

Hace dos décadas, los investigadores en comunicación comparaban con sorpresa el formato de los telediarios en los Estados Unidos y Europa, para comprobar que los primeros apenas prestaban atención a la política institucional y, sólo en caso de interés directo a la política internacional, pero incluían en cambio una buena cantidad de noticias light, sucesos, anécdotas, historias “de interés humano”, todo ello bien aderezado con imágenes y articulado por presentadores famosos (anchorman) que les daban una apariencia unificada de visión del mundo; por el contrario, en Europa la tradición del servicio público imponía unos informativos televisados centrados en las noticias políticas y sociales, mucho más fragmentados en su perspectiva, y unificados por la presencia tranquilizadora del poder público. Mientras en los U.S.A. el modelo respondía al formato de un producto comercial avanzado, locomotora destinada a arrastrar a las audiencias, en Europa una larga y no siempre pacífica evolución había dotado a los telediarios de un cierto pluralismo y de un aura consolidada de espacio público, de mediación entre el poder político y los ciudadanos (Paolo Manzini). Aunque las teorías de la información televisada no dejaban en ambos casos de mostrar diferentes vías de re-construcción social de la realidad, en España presumíamos en los primeros tiempos que la transición democrática nos acercaría algo al menos al modelo europeo, especialmente en la televisión pública, aunque la competencia comercial pudiera contaminarnos del formato norteamericano.

Los hechos parecen haber superado todas esas previsiones, pero no precisamente en las direcciones lógicas previstas. De una parte, los informativos de las cadenas, públicas y privadas, se han convertido efectivamente en maquinarias comerciales, alargando sus formatos muchas veces hasta casi una hora en reconocimiento a su poder de convocatoria. Pero de otro lado, la hipoteca del franquismo, la televisión como arma vertical y sin contrapesos del poder político, ha ido ganando terreno en los sucesivos gobiernos, convirtiéndose finalmente, como en sus orígenes en España, en un aparato de invención pura de la realidad y de censura sistemática. Cadenas privadas y públicas confluyen así en un híbrido aberrante, que no tiene siquiera una explicación comercial sino sólo la sinergia permanente entre poder político y económico.

Un infoespectáculo permanente:

Nuestros telediarios se han convertido en efecto en auténticos “magazines”, programas contenedores en donde todo cabe, especialmente si es ajeno a la información relevante en el orden social y dispone de imágenes vistosas. El deporte acapara ya el segundo e incluso el primer puesto en tiempos en muchas ediciones y cadenas, pero sobre todo las noticias sociales y culturales de antaño han pasado a tener un significado muy diferente. En recientes informativos de este último otoño-invierno, podemos recordar así (publi?) reportajes sobre la alta cocina española (TVE-1, A 3 TV), noticias sobre la mala calidad del semen de los españoles, sobre profesiones de futuro como escaparatista o profesor de auto-escuela, sobre problemas ciudadanos como la soledad o la amistad, sobre la devoción a Jesús de Medinaceli (TVE-1) e incluso los nuevos hoteles de lujo para cerdos. Pero sobre todo, la acumulación de sucesos, muchas veces amalgamados en el tema inicial de portada, y la cada vez más frecuente aparición de las historias y los personajes del corazón, enlazan al Telediario con los géneros dominantes en la programación televisiva actual, en un punto de fusión entre la crónica negra, la rosa y los reality.

Finalmente, la cultura, -sanitariamente cercenada de la política y la economía por los deportes, el tiempo y unas amplias baterías de espots publicitarios, presuntamente ilegales según la Directiva de Televisión sin fronteras-, se centra cada vez más en desfiles de moda (de ropa interior, preferentemente), en algún estreno cinematográfico estadounidense o aventuras de actores (Michael Jackson y la magia negra), y hasta en promos de otros programas propios (como Operación Triunfo en TVE) o ajenos, como promociones de marketing de algún diario (TVE y A3 TV).

Hasta aquí, podríamos pensar en el fruto de una agresiva estrategia de competencia comercial que habría contaminado de paso a las cadenas públicas hasta hacerles perder la memoria de su propia función y legitimidad, en la pugna feroz por las cuotas de share de audiencia y por la inversión publicitaria. Aunque también nos lleva a leer, inevitablemente, toda una vía de influencia ideológica que, a través de las “otras noticias” (Jhon Langer), nos presenta una visión caótica y coincidental del mundo que busca imponerse como fatalismo al espectador. Todo ello envuelto en esa estructura ficcional de que habló hace años Ignacio Ramonet para la “información de los pobres”, en la que la cultura- o sus remedos- ejercía con frecuencia el papel del happy end.

Pero lo que chirría estrepitosamente en esa interpretación unívoca comercial es el papel y la representación de la política en esos informativos y, más en general, en las programaciones televisivas de las cadenas españolas. Porque en ellas, las técnicas de manipulación, siempre presentes bajo los mandatos centristas y socialistas en el reparto de tiempos y escandalosas en algunas memorables ocasiones como censura y partidismo puntuales, han alcanzado bajo los mandatos del Partido Popular un grado de sistematización y virtuosismo que las transforman en elementos intrínsecos del formato, operando sin duda contra la propia captación de audiencia, que ha castigado en los últimos meses tanto a los telediarios de TVE- 1 como a los de Antena 3.

Sin pretender hacer una historia pendiente de esas prácticas, puede rememorarse la cobertura mínima televisiva de las manifestaciones contra la LOU, respondidas generosamente en domingo por la Ministra del ramo desde su despacho, o la huelga general contra la reestructuración del seguro de desempleo, sistemáticamente minimizada desde el Gobierno y por las propias cadenas. Más habitualmente, locutores y presentadores olvidaban con frecuencia su papel de mediadores, para encarnarse en directo en las aseveraciones del Gobierno sobre sus presuntas hazañas. Y cada aparición de dichos o hechos de la oposición era laminada, antes y después, por declaraciones contrarias y condenatorias de miembros del ejecutivo. Quizás quepa una mención matizada a los informativos de Tele Cinco que ha seguido generalmente una línea más informativa y menos militante a favor del Gobierno, aunque a raíz de su giro en la propiedad y la gestión (tras la mayoría de acciones alcanzada por Berlusconi), ha comenzado a dar signos de domesticación, emblemáticamente simbolizada por su sospechosa eliminación “por razones comerciales” de “Caiga quien caiga”.

La TV, ventana tapiada

Pero cuando la mayoría de las cadenas públicas y privadas ha llevado a la exasperación el formato alucinante de que hablamos es justamente a raíz de la catástrofe del Prestige y en el contexto de los preparativos de guerra contra Irak. Porque ahí, en paralelo al nerviosismo creciente del partido en el Gobierno, la televisión se ha trocado ya en un arma sistemática de publicidad política y de propaganda, dos modos de expresión que, como se sabe, no requieren relación alguna con la realidad referencial sino tan sólo coherencia interna entre sus elementos. Y no solamente porque las declaraciones escasas de la oposición aparecen ya emparedadas en triple o cuádruple sandwich por el Gobierno o sus voceros.

Muchas imágenes televisivas sobre la marea negra provocada por el Prestige y sus consecuencias pasarán sin duda a la antología histórica de las manipulaciones icónicas, como cuando la Televisión Galicia mostraba playas esplendorosas en medio del desastre, o cuando el director de informativos de RTVE, Alfredo Urdaci, se refugiaba de las protestas de los ciudadanos trasladando el plató a un crucero de la Armada, sin advertir las consecuencias semióticas de tales tomas. En el contexto de los preparativos entusiastas del Gobierno español a favor de la guerra contra Bagdad podemos incluir la censura en directo de la cobertura por TVE de la gala de los Goya y su intento de ocultamiento de las protestas de actores y cineastas contra la guerra en sus resúmenes informativos; los esfuerzos de documentación audiovisual que complementaban las declaraciones de Powel en la ONU con dibujos animados que simulaban a soldados iraquíes escondiendo armamento (TVE-1), o las imágenes de videoteca de Felipe González en la anterior guerra del Golfo para ilustrar declaraciones de Aznar; los rótulos con declaraciones del mismo personaje sobre la pantalla que reflejaba el primer debate parlamentario sobre la guerra; el ocultamiento de las protestas pacifistas en otros acontecimientos como la pasarela Gaudí; la falta de cobertura en directo de la gigantesca manifestación contra la guerra o de la celebrada en apoyo de “Nunca Mais”, e incluso la asumción por los locutores del mensaje bélico que algunos espectadores han denunciado en la prensa (A3 TV: “noticia buena”: Turquía acepta el paso de las tropas estadounidenses; “noticia mala”: Rusia y China creen todavía que se puede parar la guerra).

Pero los informativos han sido tan sólo la punta de lanza de toda una estrategia de contraprogramación que abarca horarios muy diversos: desde el uso de la gala de OT (también marcada por las protestas anti-guerra) contra “Nunca Mais”, hasta la emisión de documentales sobre “los amigos de Sadam” o sobre el “Bioterror,” o el Ántrax, o la noche temática especial sobre el “Cerco a Sadam”, en lo que a veces podemos calificar de auténtica televisión terrorista (generación de terror). Una creación directa de realidad (no simple re-producción) que se ha extendido a otras problemáticas, como cuando, en los días precedentes a la manifestación “popular” en Valencia a favor del “agua para todos”, los telediarios de varias cadenas enfatizaban varias veces al día las crecidas e inundaciones del Ebro, pese a repetidas respuestas de los testigos aragoneses minimizando su alcance y sus efectos.

En positivo, las protestas de los trabajadores de RTVE y de TVG han mostrado su capacidad de defensa de un auténtico servicio público, y las críticas de tantos hombres y mujeres del cine español han evidenciado la dignidad de una cinematografía que rechaza cambiar subvenciones por silencio cómplice. Pero los próximos tiempos, de guerra y elecciones, al menos hasta los comicios generales, no harán seguramente más que empeorar este clima que Aitana Sánchez-Gijón describía crudamente en Berlín como un retorno a la censura y un retroceso en continuum de la libertad de expresión en España. Mientras tanto, sólo podremos protestar y votar, recordando con nostalgia el último informativo de televisión serio del país, CQC, y su último presentador inteligente, el Gran Wyoming.

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* Catedrático comunicación.Universidad Autónoma de Madrid.

 

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