LE MONDE diplomatique - edición española



En Togo, el dinosaurio y el síndrome
de Costa de Marfil

Comi M. Toulabor*

En Togo la gran pregunta es si el general Gnassingbé Eyadéma, que está en el poder desde 1967, lo dejará efectivamente en 2003 como le prometió a su amigo Jacques Chirac en julio de 1999. Después de 35 años de una dictadura militar sangrienta y de abortar la transición democrática de los años 1990, la pregunta es legítima. El país, que además se enfrenta a una grave crisis económica, parece un verdadero polvorín que nadie sabe cuando explotará y que va evolucionando prácticamente de manera análoga a la crisis de Costa de Marfil.

La politización de las identidades étnicas es consustancial al régimen del general Eyadéma. En efecto, en Togo, como en otros países africanos, no es el hecho étnico en sí mismo lo que causa problemas sino su instrumentación por las elites. Éstas lo utilizan para conquistar y mantener el poder, sea o no competitivo el sistema político. A falta de haber favorecido la creación de organizaciones de movilización y de participación política modernas y serias (partidos, sindicatos, sociedad civil, etc.), el presidente Eyadéma se ha resignado a aceptar las identidades comunitarias, al mismo tiempo que oficialmente las condena al oprobio.

Llegado al poder gracias a dos golpes de Estado, el presidente es un clon del zaireño Mobutu Sese Seko, en quien se ha inspirado para construir un régimen basado en la sacralización y la adoración delirante del jefe, en la furia predadora de los escasos recursos del país y en la crueldad de la violencia extrema. El 13 de enero de 1963, derrocó al primer presidente de Togo independiente, Sylvanus Olympio, que fue asesinado. Convertido en jefe del estado mayor de las fuerzas armadas, en enero de 1967 depuso al presidente Nicolás Grunitzky, que trataba de implementar una constitución que garantizara el multipartidismo. El ex sargento primero se acercó entonces al marfileño Félix Houphouët-Boigny, su padrino en las relaciones francoafricanas después del congelamiento de las mismas que siguió al asesinato de Olympio. A la muerte del presidente de Costa de Marfil, Eyadéma recuperó la siniestra corona de “decano de los jefes de Estado africanos”, verdadero sindicato de dictadores sostenidos por París, del cual forman parte Paul Biya de Camerún, Omar Bongo de Gabón y Blaise Compaoré de Burkina Faso. En efecto, el presidente de Togo cultiva su capital de relaciones con los jefes de Estado extranjeros, sobre todo de Francia, donde cuenta con apoyos no despreciables tanto en la izquierda como en la derecha.

Dentro de su país el general Eyadéma implementó progresivamente, a partir de 1967, una “etnogeopolítica” similar a la de Houphouët-Boigny, centrada en su propia etnia, los kabyè. Siempre explicó el asesinato de su antecesor mediante la supuesta división del país entre Norte y Sur. A diferencia de sus homólogos de Costa de Marfil, los dirigentes y las elites de Togo, por pereza intelectual o por falta de genio creativo, no inventaron una “togolidad”, a semejanza de la marfilidad. Sin embargo, no por el hecho de no haberse creado el significante deja de existir el significado (1). Si bien la “togolidad” es intelectualmente endeble, no por eso deja de ser tan peligrosa y devastadora como la marfilidad, en lo referente a las prácticas políticas.

La “togolidad” consiste, básicamente, en retomar a su manera la narración mítica de la migración “vertical” del pueblo kabyè, la “etnia presidencial”. Según este relato fundador, los kabyè habrían emigrado del cielo para ocupar la parte septentrional del territorio de Togo, mientras las demás etnias habrían llegado a poblarlo en sucesivas migraciones “horizontales”. Este relato mítico, que apareció en el discurso político a partir de 1974, gracias –o a causa- de la política de autenticidad importada de Zaire, el país de Mobutu (2), en realidad insinúa la idea de que un grupo étnico tendría el título histórico de propiedad del país y estaría, finalmente, natural (y por lo tanto legítimamente) calificado para gobernarlo. Por supuesto que el nombre de ese grupo étnico se suministra junto con la canción. Una mitología oficial inepta se ha consagrado durante décadas a imponer la idea de que el general Eyadéma habría nacido para el poder.

Si en Costa de Marfil son los Akan y los Baoulé del Sur quienes encarnan idealmente un “nosotros” mítico e imaginario, en Togo son los kabyè del norte del país los que cumplen ese papel. Aparecieron así expresiones como “togoleses de pura cepa”, “togoleses auténticos”, “verdaderos togoleses” que se oponen a las de “falsos togoleses”, “apátridas”, “traidores”, etc. A veces estas expresiones adquieren mayor fuerza cuando aparecen crisis políticas graves, en las cuales sirven como consignas de unión e instrumentos de represión, ya que el poder invoca intentos de golpes de Estado, más imaginarios que reales, que le permiten depurar y sancionar con una violencia inaudita. Porque al lado del discurso oficial de unidad nacional existe otro, tan real y fácil de imponer como el primero, enunciado en las tribunas de los clubs y demás asociaciones de oriundos de la región, de cuadros o de intelectuales del norte del país, que son especialmente kabyè; tribunas enloquecidas con el general Eyadéma, que ha favorecido su creación. Acuden allí para “triturar” a la “gente del Sur” y elaborar estrategias de conservación del poder del Estado, que debe quedar en manos de la “gente del Norte”, aunque haya que poner al ejército al servicio de esta “noble” causa nacional.

El ejército, considerado como “la estructura que mejor funciona en Togo (...), disciplinado, bastante bien formado y bien encuadrado” según la defensa local que hace Jean-François Valette, embajador de Francia en Togo (3), es esencialmente monotribal, casi exclusivamente reservado a la “etnia presidencial” (4). Esto lo reconoce explícitamente Valette cuando recomienda a sus superiores “donar dos barcos patrulleros a la marina togolesa, que en ningún caso podrán ser utilizados con fines de represión interna, ya que van a contribuir a la seguridad del puerto de Lomé y serán tripulados por la etnia del Sur, actualmente minoritaria en el ejército” (5). Por otro lado, Togo sigue vinculado a Francia por acuerdos de defensa firmados el 10 de julio de 1963 y acuerdos de cooperación técnica y militar firmados el 29 de marzo de 1976.

A comienzos de los años 1990, enfrentado a las reivindicaciones democráticas expresadas por la conferencia nacional de julio de 1991, Eyadéma se apoyó especialmente en su ejército y denunció esas reivindicaciones como una estrategia de la gente del Sur tendiente a arrebatarle “su” poder. Se replegó entonces hacia un radicalismo étnico, “kabyèisando” los cargos directivos de la administración pública y parapública. Así, la casi totalidad de las direcciones de las sociedades del Estado, cuando no estaban privatizadas, entraron en manos de los kabyè, sobre todo los procedentes de Pya, el pueblo natal del jefe de Estado. La Oficina de los Fosfatos, el Puerto Autónomo de Lomé, la Sociedad del Aeropuerto, la Lotería Nacional, la Sociedad Togolesa del Algodón, la Zona Franca industrial, las grandes embajadas en el extranjero (Estados Unidos, Francia, Alemania, Canadá), etc. quedaron en manos de los kabyè de Pya. La misma división étnica del trabajo se observa en los abogados, ya que la mayoría proviene del sur del país, mientras que los magistrados y los jueces son originarios del norte, brindando un gran servicio al poder que los nombró.

Togo posee también su Alassane Ouattara en la persona de Gilchrist Olympio, hijo del primer presidente Sylvanus Olympio. Opositor histórico a la dictadura de Eyadéma, en el exilio desde 1963, Gilchrist Olympio encarna maravillosamente ese “ellos” opuesto al “nosotros”, con su nombre que no suena togolés. Ha sido objeto de varios atentados, como el del 5 de mayo de 1992 en Soudou, en el norte del país, y ha sido condenado a muerte. En este contexto, su candidatura a las diferentes elecciones presidenciales no podía sino fracasar: en agosto de 1993 fue invalidado y en junio de 1998 el poder interrumpió el proceso electoral porque presintió su derrota; ha habido brutalidades policiales en contra de su partido, la Unión de las Fuerzas de Cambio (UFC), y falsas acusaciones de intentos de desestabilización del país desde Ghana. Incluso el embajador de Francia, que no es muy favorable a la UFC, cuya oposición encuentra demasiado “dura”, se ha inquietado por estas derivaciones “togolitarias”: “He intervenido ante el presidente para que evite la tentación de una evolución ‘a la marfileña’ en las cuestiones de nacionalidad” (6). Con relación a esto resulta bastante sintomático que, para desacreditar a su primer ministro, Agbéyomé Kodjo, las autoridades no encontraron nada mejor que arrojar dudas sobre su nacionalidad. Kodjo renunció en junio de 2002 y es autor de una carta abierta incendiaria contra el régimen.

En los años 1970, en el marco de su “política agro-territorial”, el poder decretó que la tierra pertenecía a quien la explotaba productivamente, ¡como en Costa de Marfil! Veinte años más tarde, esta medida dio lugar a incidentes desgraciados y brutales. En efecto, al hacer de un día para otro propietarios a los colonos kabyè que habían venido a vender su fuerza de trabajo en las plantaciones de café y cacao del Sur, el general Eyadéma pensaba en favorecer a los “suyos” (7). Pero, durante la transición democrática de 1991 y 1992, gracias a la nuevamente conquistada libertad, los propietarios expoliados se rebelaron, expulsando a los usurpadores y aprovechando para liquidar otros litigios. El país padeció entonces escenas de pogrom en las regiones donde hay plantaciones de cultivos comerciales (Kpalimé y Atakpamé) que son, en realidad, de escasa dimensión. Por otra parte, especialmente en Lomé, fueron jóvenes militantes etno-radicales, comprometidos en milicias y bandas armadas, quienes buscaron pelea. Es lo que ocurrió especialmente en el Alto Consejo de las Asociaciones y MovimientosEstudiantiles (Hacame), compuesto esencialmente por jóvenes y militares oriundos del Norte, cuyo “poder disuasivo” era, por lejos, superior al de su rival de los Ekpemog, conformada por hombres del Sur (8).

El discurso sobre la togolidad también puede comprenderse en el marco de la crisis económica que sacude al país. Desde la adopción de los planes de ajuste estructural, aplicados con un celo de integrista religioso, sin resultados convincentes, Togo se ha “lumpenproletarizado” profundamente, tanto desde el punto de vista ecológico (Lomé, la capital, se ha vuelto una ciudad sucia y degradada) como desde el punto de vista sociológico. En efecto, la pequeña clase media de Lomé y de las ciudades del interior, esencialmente compuesta por funcionarios, comerciantes y algunos campesinos en buena posición ha desaparecido completamente, borrada por una gestión económica calamitosa y predadora, que hizo mucho más pesada la deuda interna y externa, e incapacitó al Estado para pagarle a sus agentes.

Además Togo, desde el simulacro electoral de 1993, está privada de las subvenciones (alrededor de 75 millones de euros anuales) de la Unión Europea, su principal prestamista de fondos multilaterales y de toda clase de ayudas bilaterales. En efecto, Bruselas decidió sancionar al poder togolés, a pesar de la oposición feroz de París que sigue prodigándole su apoyo complaciente. El país está exangüe, con tasas de crecimiento negativas (cerca de –2% en 2000, por ejemplo) mientras la inflación alcanzó oficialmente al 2,9% en 2001 y el Producto Interno Bruto (PIB) baja constantemente (9). Sin embargo, el poder no duda en imputar la responsabilidad de su mal gobierno a los partidos de oposición.

Mientras el presidente viaja por montes y valles a través de África haciendo de mediador, como en el conflicto de Costa de Marfil, se han reunido todos los ingredientes para que su propio país llegue a una deflagración al estilo de Costa de Marfil. Irónicamente, mientras el general Eyadéma intercede entre los marfileños, uno de los principales líderes de la oposición, Yaovi Agboyibor, ha ido a Dakar a solicitar la mediación del presidente senegalés Abdoulaye Wade. El país se mantiene artificialmente unido por una suerte de alquimia en la cual se mezclan el miedo, el fatalismo, el cansancio y una renovada cólera. Esta alquimia sirve momentáneamente como frágil escudo protector al régimen. De todas maneras, por cualquier eventualidad, el régimen hizo que la asamblea nacional sancionara, en diciembre pasado, una nueva constitución que ya no le impide al jefe de Estado saliente volver a presentarse indefinidamente (10) ...

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* Investigador del Centro de Estudios del África Negra – Instituto de Estudios Políticos (Centre d’étude d’Afrique noire –Institut d’Etudes politiques (CEAN-IEP)) de Bordeaux

NOTAS:

(1) Cf. Wen’Saa Ogma Yagla, L’Edification de la nation togolaise, París, L’Harmattan, 1978; Akrima Kogoé y A. Kadanga, Violences des milices de l’opposition sur les forces armées togolaises et les forces de sécurité publique, Kara, Imprenta Graphic-Express, s. f.; y Bassar Tcham, Les troubles socio-politiques au Togo depuis 1990, Kara, Imprenta Graphic-Express, s. f.
(2) Angulu M. Edi, Adieu Mobutu ‘génie’ de Gbadolite: de la dictature authentique à la ‘démocratie intégrale’, Ginebra, edición DS, 1991, 190 p.; y también B. Kabué, L’expérience zaïroise, ABC, París, 1976.
(3) “Le plan d’action de M. Jean-François Valette”, embajador de Francia en Togo, Ministerio de Relaciones Exteriores, Dirección de África y Océano Índico, Subdirección de África occidental, París, 15 –2-2000, p.8.
(4) “La ‘bataille finale’ du général Eyadéma au Togo”, Le Monde diplomatique, París, marzo 1993.
(5) “Le plan d’action de M. Jean-François Valette”, art. cit., p. 9.
(6) “ Le plan d’action de M. Jean-François Valette”, art. cit., p. 2.
(7) Anne-Marie Pillet-Schwartz, “Aménagement de l’espace et mouvements de populations au Togo: l’exemple du pays kabiyè”, Cahiers d’études africaines, 26 (103), París, 1986.
(8) Cf. Comi M. Toulabor, “ Jeunes, violence et démocratisation au Togo”, Afrique contemporaine, n° 180, oct-dic. 1996, pp. 116-123.
(9) Sobre esta gestión económica, véase el documento del ex primer ministro Agbéyomé Kodjo titulado “Es tiempo de esperar (Il est temps d’espérer)”, Lomé, 27-6-2002, difundido en los sitios www.diastode.org/ Nouvelles/nouvelle 946.html; o www.letogolais.com/ article.html?nid=85.
(10) En relación con la sucesión, véase por ejemplo Ebow Godwin, “Togo: After Eyadema, who ?”, New African, Londres, julio 2000; y también “A propos de la succession d’Eyadéma”enelsitiodeTogoforum, www. togoforum.com/SuccessionEyadema.htm

Volver a sumario Marzo 2003