Yuri Andropov, precursor de
Mijail Gorbachov
La historia de la
Unión Soviética según Moshe Lewin*
En “Le Siècle soviétique”,
que acaban de coeditar Le Monde Diplomatique y Fayard, Moshe Lewin* propone,
basándose en documentos inéditos, una visión de
conjunto de la historia de la Unión Soviética. El fragmento
que sigue está relacionado con el primer gran intento de reforma
radical del sistema, llevada a cabo por Yuri Andropov, quien sucede a
Leonid Breznev, fallecido en noviembre de 1982. Pero su muerte, en febrero
de 1984, interrumpirá por un tiempo esa empresa, que Mijaíl
Gorbachov, luego del triste intermedio Chernenko, retomará a su
llegada a la Secretaría General del Partido Comunista en marzo
de 1985. Muy tarde, demasiado tarde...
Yuri Andropov, quien conocía personalmente a
algunos de los disidentes (entre ellos a Roy Medvedev), había
estudiado su personalidad. Había leído sus obras y con
frecuencia las había valorado. Pero su misión de jefe de
seguridad política iba mucho más allá. Calculaba
que 8,5 millones de personas eran capaces de pasar a la acción
en cuanto se les presentara la oportunidad. Ese potencial ofrecía
a algunos disidentes eminentes la posibilidad de desempeñar un
papel de catalizadores y de agrupadores.
Según Andropov, era indispensable recurrir a métodos policiales
frente a tales focos, con mayor razón porque un número
nada despreciable de disidentes se declaraba abiertamente del “otro
campo”. Sin embargo, estaba convencido, en el fondo, de que el
elemento decisivo residía en la capacidad del sistema para mostrarse
eficaz. Ahora bien, la brecha entre necesidades crecientes y medios en
constante disminución (incluidos los recursos intelectuales –muy
limitados- de los dirigentes) no hacía más que agrandarse,
y ello era válido no sólo para la economía, sino
también para los fundamentos políticos del sistema.
En 1982-1983, para tener una probabilidad de éxito, los dirigentes
debían reconocer, paradójicamente, no sólo que el
sistema estaba enfermo –algo que Yuri Andropov y Alexis Kossyguin
(muerto en 1980) sabían ya desde hacía algún tiempo-,
sino que varios de sus órganos vitales ya estaban muertos.
Ya en 1965, el economista Vasily S. Nemcinov había previsto que
las cosas terminarían mal, cuando atacaba “un sistema mecánico
calcificado en el que todos los parámetros esenciales están
determinados de antemano, de manera que el sistema está paralizado
de arriba abajo”. Cuando un individuo es declarado muerto, nadie
cree en una posible resurrección. Pero cuando se trata de una
forma de gobierno, la posibilidad de romperla y de reconstruirla sigue
siendo accesible.
Es evidente que Kossyguin o Andropov conocían la situación
mejor que cualquier historiador occidental, especialmente gracias a la
lectura de informes a los cuales sólo tuvimos acceso unos veinticinco
años después. Entre ellos, un trabajo sólido, no
publicado, encargado por Kossyguin, entonces Primer Ministro, a la sección
económica de la Academia de las Ciencias. Tres años después
de las advertencias de Nemcinov, los académicos realizan una comparación
sistemática entre Estados Unidos y la URSS, desde el punto de
vista de las estructuras económicas, el nivel de vida, los avances
tecnológicos, los estímulos materiales, la administración
y la orientación de las inversiones. El veredicto es el siguiente:
la URSS es superada en todas esas áreas, excepto en el sector
del carbón-acero, orgullo del régimen, pero que da cuenta
del retraso del país: constituía un sector de referencia
ya en el siglo pasado. El mensaje es claro, a imagen de la vieja inscripción
en arameo en los muros del palacio de Baltasar en Babilonia. Sólo
que ya no dice: mneh mneh thel ufarsin (literalmente: Ha meditado, meditado.
Ha decidido, ha roto el silencio), sino mneh rhnch... USA (Ha meditado,
meditado... y es Estados Unidos lo que salió). Por lo tanto, la
amenaza ya no viene de Dios, sino del potente Estados Unidos. Hay que
transformar radicalmente el sistema sin perder un solo minuto.
En los orígenes del estancamiento –pero también era
su principal síntoma-, había un Politburo literalmente
muerto, reunido en torno a un Breznev de cerebro apagado, un callejón
sin salida humillante exhibido frente a todo el planeta. No era posible
suplantar a Breznev porque, a diferencia de lo que había ocurrido
con Jruschov, nunca se formaba la mayoría necesaria para la elección
de un nuevo jefe. Otro aspecto del cuadro: una corrupción tentacular.
Algunos miembros de la familia Breznev participaban de ella casi ostentosamente.
La proliferación de redes mafiosas, a las que muchos altos responsables
del Partido estaban asociados, era otro fenómeno del que el país
había tomado conciencia, pero no así sus dirigentes. Nunca
había alcanzado semejante amplitud.
En el momento preciso en que el país comprende que la KGB se dispone
a combatir vigorosamente ese flagelo, y mientras el círculo se
cierra alrededor de la familia Breznev y otros pesos pesados del régimen,
un disparo retumba de pronto en el firmamento político: el 19
de enero de 1982, el primer asistente de Andropov, Semen Cvigun, la sombra
de Breznev sobre Andropov, se suicida. A éste sucederían
otros disparos de ese tipo. Unos días después, el segundo
personaje del Politburo, un conservador de pura sangre, Mijaíl
Souslov, muere de muerte natural. Esta desaparición es la clave
del cambio en la relación de fuerzas dentro del Politburo, en
detrimento de una “mayoría automática”.
Cuando estos dos hombres murieron, Andropov echó mano a los expedientes
de la corrupción y comenzó a ahondar más en el tema,
lo que debilitó mucho la capacidad de la mayoría automática
para preservar en su favor el equilibrio dentro del Politburo y el Comité Central.
Y así fue como el atípico jefe de la KGB, Andropov, pudo
convertirse en secretario general, casi por accidente. Sólo permaneció quince
meses en el poder (lo que también es accidental), pero ese breve
período suscitó interesantes problemas.
Esa parálisis del sistema, mientras nadie empuñaba realmente
el timón, no impidió que surgiera en un momento dado un
verdadero piloto capaz de imponer un cambio de rumbo, empezando por revolucionar
la esfera más alta. Indudablemente, al principio intervino el
azar.
Pero hay que destacar la velocidad a la cual la mayoría automática
podía ser absorbida entonces por una purga enérgica de
sus pilares dentro del aparato del Partido. Nuevas iniciativas se volvían
posibles, gracias a la llegada de nuevos mandos dirigentes. Y eso es
lo que sucedió con Andropov.
Uno de sus colaboradores cercanos en la KGB, Vjaceslav
Kevorkov, que ocupó un alto puesto en el contraespionaje, nos revela algunos
otros rasgos del personaje. Según sus dichos, Andropov pensaba
en la posibilidad de llegar a un acuerdo con los intelectuales para que
lo ayudaran a reformar el sistema. Su modelo era visiblemente Anatoli
Lunacharsky, quien, bajo el régimen de Lenín, había
sabido comunicarse y cooperar con ese grupo social. Andropov había
entendido perfectamente que el principal fallo del Partido era la debilidad
intelectual de sus cuadros y de los altos dirigentes.
Todo lo que algunos han podido escribir sobre su adhesión al “breznevismo” respira
mala fe. Una cosa es segura: su puesto estaba a merced de una decisión
de Breznev. Kevorkov cita la opinión de su jefe: “Casi ninguno
de los dirigentes actuales del Partido o del Estado pertenece a la clase
de los políticos talentosos, capaces de enfrentar las dificultades
por las que atraviesa el país”. Para él, en todo
caso, Andropov pertenece a esa clase, y remata su libro con esta frase: “Andropov
fue sin ninguna duda el último hombre de Estado que creía
en la vitalidad del sistema soviético, pero no de aquél
que había heredado al acceder al poder: sólo creía
en la vitalidad del sistema que se proponía crear mediante reformas
radicales.”
É
ste y otros testimonios parecen demostrar que un político inteligente
como Andropov comprendía que el sistema debía ser reconstruido,
porque sus cimientos económicos y políticos ya estaban
en un estado lastimoso. Reconstruirlo podía significar solamente
reemplazarlo por otra cosa, con fases de transición. ¿Pensaba
realmente en estos términos? Independientemente del hecho de que
sus archivos personales siguen siendo inaccesibles, las decisiones que
tomó o se proponía tomar permiten responder que sí.
Toma el poder rápida y discretamente. Empieza actuando con mucha
prudencia, pero pronto el país comprende que en el Kremlin se
preparan cosas serias. Los primeros pasos son los que todo el mundo veía
venir: Andropov quiere restaurar la disciplina en los lugares de trabajo.
Además de los trabajadores, también se trata de reeducar
a las elites, que no se destacan por su ética en el trabajo. Andropov
critica burlonamente la afición que éstas tienen por las
lujosas datchas y otros placeres de la vida (él personalmente
es conocido por vivir austeramente). Apenas ello se sabe, crece su popularidad.
El país tiene un dueño y se nota.
Una reforma requiere preparación y tiempo: se constituyen grupos
de reflexión y comisiones. Algunas medidas son provisorias, otras
van más lejos: incluso son irreversibles. Es el caso de la purga
llevada a cabo a bombo y platillo contra todo un estrato de responsables
del aparato, entre los más retrógrados, pilares del equipo
anterior.
Otra gran satisfacción de los intelectuales es la destitución
de Serguei Trapeznikov, también protegido por Breznev, quien se
consideraba el ideólogo en jefe del Partido. Gran inquisidor del
régimen, estalinista empedernido, perseguía vengativamente
a los escritores y universitarios cuyas declaraciones no eran de su agrado.
Bajo el régimen de Andropov, el papel de Gorbachov no deja de
crecer. Nuevos hombres acceden a puestos claves en el aparato del Partido.
Andropov propone a Vadim Medvedev que encabece el departamento “investigación
y universidades”. Ahora bien, Medvedev había sido criticado
violentamente por “insubordinación” cuando había
tratado de hacer de la Academia de Ciencias Sociales del Partido, a la
que dirigía, un verdadero instituto de investigación. Andropov
le informa de que son indispensables nuevos enfoques para acelerar el
progreso técnico y científico y mejorar la situación
de las ciencias sociales, particularmente maltratadas por Trapeznikov:
la Academia de Ciencias Sociales debe dedicarse a trabajos de verdad,
en lugar de producir textos ideológicos totalmente huecos.
Vladimir I. Vorotnikov, vice Primer Ministro de la
República Federativa
de Rusia, es nombrado Primer Ministro de ese país y miembro del
Politburo en 1983. En su diario íntimo, dice haber quedado muy
impresionado por la inteligencia manifestada por Andropov en el transcurso
de las conversaciones que tuvieron juntos. Sus notas, tomadas durante
las reuniones del Politburo, muestran un Andropov enérgico e incisivo,
que no teme abordar problemas cada vez más complejos: disciplina
en los lugares de trabajo, pero también funcionamiento de la economía
y búsqueda de un nuevo modelo. Su manera de abordar el cambio
es muy pragmática; desea proceder por extensión progresiva
del campo de las reformas.
El primer paso importante en el terreno económico consiste en
dejar que las fábricas trabajen “sobre la base de un completo
autofinanciamiento” (polnyj hozrascet), tomando en cuenta los costos
y los beneficios. Pero Vorotnikov, recién llegado, poco informado
todavía de la elaboración del Politburo, no dice nada de
las comisiones que reunían a personajes de altos puestos para
preparar esos cambios. Tampoco estaba al tanto de los proyectos de Andropov
que apuntaban a reformar el Partido.
Este último toma sus primeras iniciativas, prepara otras, y las
expone: “Debemos cambiar los mecanismos económicos y el
sistema de planificación”. Empieza a trabajar un grupo de
reflexión ad hoc, que tal vez ya existiera bajo alguna otra forma
antes de su llegada al poder. Entretanto, la parcela privada, que Nikita
Jruschov había reducido o prohibido, es “rehabilitada”.
Y la administración recibe una severa advertencia: los ministerios
no han sabido dar el ejemplo de una buena organización, y no han
conseguido crear las condiciones necesarias para un “ambiente de
trabajo altamente productivo”.
Los cambios operados son importantes y otros, previsibles,
parecen estar en gestación. Fragmentos de los informes de las sesiones del Politburo
(ahora disponibles) echan luz de manera aún más sorprendente
sobre la estrategia en proceso de elaboración. Cuando la campaña
para la reelección de los grandes órganos del partido se
acerca, acompañada por los habituales informes, Andropov declara
de pronto en una resolución oficial, en agosto de 1983: “Las
asambleas electorales del Partido obedecen a un libreto establecido de
antemano, sin debate serio ni franco. Las profesiones de fe de los candidatos
ya están listas para su publicación; toda iniciativa o
crítica ha sido sofocada. De ahora en más, nada de eso
habrá de tolerarse”.
Es una verdadera bomba. Criticar a los dueños del partido obnubilados
por sus intereses y dar a entender que podrán ser suplantados,
en el mismo momento en que se abre la campaña para las elecciones,
crea una situación totalmente nueva para el conjunto de la clase
dirigente. Hasta entonces, la mayoría de ellos eran reelectos
automáticamente, cualquiera fuere su escalafón.
El cambio que se preparaba era, pues, de envergadura.
Si “elección” ya
no significaba “designación”, el ambiente de la campaña
corría el riesgo de ser muy diferente. Andropov declaraba públicamente
que quería elecciones verdaderas, lo que significaba que sabía
que el supuesto “Partido” era un cadáver, que era
inútil esperar revivirlo y que lo único que quedaba por
hacer era destruirlo. Y eso es lo que comprendieron los entonces dirigentes.
La famosa “estabilidad de los mandos” (la seguridad de conservar
el puesto no importa lo que se hiciere) estaba a punto de desaparecer,
y, con ella, la impunidad de los “viejos buenos tiempos”.
El poder cómodo y parásito de la clase de los jefes del
partido-Estado llegaba a su fin. Verdaderas elecciones dentro del Partido
significaban la reaparición de diversas corrientes y la emergencia
de nuevos jefes; de allí podría renacer un partido, cualquiera
fuere su nombre. Un partido así en el poder, que programara reformas,
podría haber servido como piloto para el país en la difícil
transición hacia un nuevo modelo.
Todo eso, por supuesto, es historia con “si...”. Andropov,
que sufría de una enfermedad incurable en los riñones,
desapareció rápidamente, en 1984. Fue reemplazado por Constantin
Chernenko, un “aparachik” sin rostro, también gravemente
enfermo, cuyo reinado no duró más que trece meses. Después
de lo cual el supuesto “Partido” conoce una novedad: en 1985
aparece un joven secretario general, Mijail Gorbachov, heredero de Andropov,
de ideas a menudo acertadas, llamado a conocer una caída tan lamentable
como espectacular sería su ascensión.
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* Nacido en 1921. De 1978 a 2000 profesor de Historia
en la Universidad de Pennsilvania Estados Unidos.
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