Año crucial para la izquierda latinoamericanaEmir SaderEl año 2003 promete ser tan importante como el -ya lejano, aparentemente- 1973 para la izquierda latinoamericana. Hace treinta años finalizaba un período signado por las derrotas de las guerrillas rurales y urbanas, por la muerte de Ernesto Che Guevara y por el golpe de Estado en Chile. Este año, en cambio, podría ser el comienzo de un nuevo período histórico, con los triunfos de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil y de Lucio Gutiérrez en Ecuador, así como con la resistencia de Hugo Chávez frente al intento de desestabilización de la oposición venezolana. Las elecciones presidenciales de abril y mayo próximos en Argentina, y de 2004 en Uruguay, serán fundamentales para los proyectos de integración sudamericana capaces de resistir la implantación de un Área de Libre Comercio de las Américas, instrumento de la hegemonía de Estados Unidos. Cuando el período de dictaduras latinoamericanas,
considerado una etapa superada, dio lugar progresivamente a los regímenes
democráticos, el presidente estadounidense George Bush expresó
su pensamiento en una conferencia del Consejo de las Américas,
el 2 de mayo de 1989: “El compromiso con la democracia es sólo
un elemento en la nueva asociación que concibo para las naciones
de las Américas. Ésta debe tener como objetivo garantizar
que la economía de mercado sobreviva, prospere y prevalezca”. Durante su primer mandato, William Clinton, por entonces presidente de Estados Unidos, ni siquiera cruzó el Río Grande, la frontera con su vecino mejicano. No visitó ningún país de América Latina. El sub-continente se “comportaba” muy bien, desde el punto de vista entonces predominante del Consenso de Washington (2). Poco a poco, se había impuesto la idea de que no existía política alternativa a los duros ajustes fiscales recomendados por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y por el Banco Mundial, a los que se sumaban las políticas de “libre intercambio” de la Organización Mundial del Comercio (OMC). En el Cono Sur, el retorno a los regímenes democráticos parecía constituir el punto de llegada de la generalización de los regímenes democrático- liberales florecientes -según los conceptos por entonces dominantes- en todo el continente, con la única excepción de una pequeña isla del Caribe, Cuba, considerada el modelo sobreviviente de regímenes no democráticos. Jorge Castañeda -quien se convertiría luego en uno de los mentores de la “tercera vía” latinoamericana, a través del documento conocido como el “Consenso de Buenos Aires” (3)- expresó ese momento de desconcierto de la izquierda en una obra que fue un éxito, La utopía desarmada (4). Marcando un giro radical a la derecha en la vida mundial, la desaparición de la Unión Soviética y el triunfo de Estados Unidos en la “guerra fría” coincidían en el continente con el fracaso de los sandinistas (1990), el abandono de la insurrección armada en El Salvador (1992) y, más tarde, en Guatemala (1996). A imagen de lo que sucedía en Francia con François Mitterrand y en España con Felipe González, la socialdemocracia se alineó con las políticas neoliberales, mientras que el partido comunista más poderoso de Occidente -el italiano- decretaba su propia desaparición. A su vez, el neoliberalismo encontró una bocanada de aire con la “tercera vía” de Anthony Blair y William Clinton. La crisis mexicana de 1994 marcó un alto en la exitosa etapa del neoliberalismo: la rápida intervención del gobierno de Clinton dio la sensación de que sólo podría tratarse de una crisis de adaptación pasajera a un modelo hegemónico nuevo. Brasil se sumó al consenso continental, con el triunfo de Fernando Enrique Cardoso, ese mismo año. Ya sea a través de su conversión al modelo dominante o por impotencia, la izquierda ofrecía el espectáculo de la derrota. El Partido de la Revolución Democrática (PRD) en México, el Frente Amplio en Uruguay, el Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil, el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN, ex oposición armada convertida en partido político) en El Salvador, por sólo mencionar algunos, aparecían como sobrevivientes incapaces de resistir a una ofensiva devastadora. Los sindicatos se encontraban a la defensiva frente al creciente desempleo, a las políticas de “flexibilización laboral”, al aumento de la precariedad de las relaciones de trabajo. Los “nuevos movimientos sociales”, tal como se los denominaba, habían mostrado sus limitaciones en sus propuestas de nuevos ejes de lucha. En realidad, el triunfo del neoliberalismo y de su nuevo proyecto hegemónico no puede disociarse del desmantelamiento de la izquierda efectuado por las dictaduras. Con su larga tradición de luchas por los derechos económicos y sociales, su historia de democracia política, Chile no habría servido de punta de lanza a este proyecto sin la violenta represión llevada a cabo por el general Pinochet, que destruyó toda la estructura que había hecho de este país una referencia latinoamericana e incluso mundial. De la misma manera, en Argentina no habría sido posible el gobierno de Carlos Menem, ni la desastrosa política de paridad entre el dólar y el peso que llevó al país a la ruina. Durante estos años de plomo, con el fracaso de
los últimos intentos de la izquierda por poner fin a las desigualdades
sociales, el giro a la derecha en la sub-región del Cono Sur se
consolidó. La militarización de Uruguay y el golpe de Estado
en Chile marcaban el triunfo de la propuesta “brasileña”
de dictaduras militares conforme a la doctrina de seguridad nacional surgida
en Estados Unidos. Pero otro giro significativo ejerció fuertemente
su influencia en el continente a partir de ese momento: el pasaje del
más importante y largo período de expansión del capitalismo
internacional a un largo período de recesión. ¡Ya basta! La crisis mexicana de 1994 coincidió con la primera gran protesta internacional contra el liberalismo, realizada por los zapatistas desde la selva de Chiapas. Desde entonces, la resistencia continental recobró sus fuerzas, a través de las movilizaciones de los Sin Tierra en Brasil, los movimientos indígenas y de campesinos en Ecuador y Bolivia, las luchas de resistencia a la privatización en numerosos países. Este resurgimiento tuvo en los Foros sociales mundiales de Porto Alegre sus más importantes momentos de reunión y de concertación. En este contexto, el 2003 promete ser el año más importante para el continente latinoamericano, desde 1973: • verá delinearse, en Brasil, la política
de Luiz Inácio Lula da Silva, que asume como objetivo la salida
del neoliberalismo; La diferencia esencial de este nuevo período con respecto al precedente no radica sólo en el debilitamiento de la hegemonía neoliberal, aun teniendo en cuenta todas las trampas tendidas a los gobiernos que quieren acabar con ella. En menos de una década, durante la cual la historia del continente pareció fijada dentro del estrecho marco económico-financiero, se ha iniciado otro período, donde los espacios alternativos representan, para el movimiento popular y sus movilizaciones, posibilidades inéditas de intervención. Se ha superado la etapa durante la cual la resistencia se limitaba al plano social, sin poder expresarse en el plano político nacional. Los gobiernos que surjan pueden convertirse en interlocutores de sus reivindicaciones. La llegada de Evo Morales, con el apoyo de los movimientos campesinos y de otras fuerzas populares, a la segunda vuelta de la elección presidencial boliviana, mostró cómo este potencial encontraba un espacio en el plano institucional. La victoria de Gutiérrez en Ecuador representa un desenlace electoral para un bloque de fuerzas sociales que habían participado en la resistencia a los gobiernos neoliberales y que se convirtieron en una fuerza política electoral. Cuba no ha sucumbido. Aunque haya tenido que realizar ajustes en su política económica, la isla se mantuvo al margen del Consenso de Washington. Venezuela no pudo terminar la implementación de políticas neoliberales. Tras el fracaso de los gobiernos de Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera, el país eligió finalmente al primer presidente latinoamericano que se declaró opuesto al neoliberalismo, Hugo Chávez, conducido por un movimiento de masas innovador, aunque sólo tuviese poca experiencia en materia política y de organización. La crisis venezolana es reveladora de la grieta existente entre el ritmo de agotamiento de los proyectos neoliberales y el ritmo de construcción de nuevas alternativas. La victoria de Chávez -con el tono “bonapartista” asumido por su gobiernollena provisoriamente este vacío, mientras que comienza a perfilarse un movimiento popular, fortalecido por la política social del gobierno. Se desarrolla una carrera entre el proyecto gubernamental y el crecimiento del movimiento popular, por un lado, y la articulación de propuestas de la oposición (inexistentes hasta el momento). Por otro del resultado de esta carrera de velocidad y del éxito o no del intento de desestabilización iniciado abiertamente con el golpe de Estado del 11 de abril de 2002, y que continuó después, depende el rumbo que tomará el país. Otro caso hipotético es Argentina, donde parece aún más profundo el desfase entre el agotamiento del modelo hegemónico que prevaleció durante dos décadas, la efímera “tercera vía” impulsada por Fernando de la Rúa, y el ritmo de construcción de alternativas que se tornaron indispensables por la profundidad de la crisis social y de las elites tradicionales. En situaciones diferentes, Venezuela y Argentina representan un paradigma de los trastornos y sufrimientos del parto que ve nacer a una nueva izquierda cuya fisonomía en el primer caso es embrionaria y, en el segundo, aún no se perfila. Brasil y Ecuador han combinado hasta el momento, aunque sea por vías distintas, elementos objetivos de la crisis con factores subjetivos. Brasil se había convertido en el eslabón más débil de la cadena de dominación impuesta al continente, reconstruyendo, al mismo tiempo que se construía el modelo neoliberal, una izquierda social y política. Ésta resistió y, en medio de fuertes tensiones y riesgos, llega al poder con un proyecto político de transición gradual hacia el post-neoliberalismo. Sólo el funcionamiento concreto de esta izquierda permitirá definir su verdadero perfil. “El mercado debe comprender que los brasileños necesitan comer tres veces por día y que mucha gente tiene hambre”, declaró Lula inmediatamente después de ser electo. Su programa apuesta por una alianza con el capital productivo -incluido el gran capital- contra el capital especulativo, jugando la carta de la baja de las tasas de interés para reactivar la economía. Con una mejor repartición de la renta nacional, el desarrollo del mercado interno, la reforma agraria, se dará prioridad a las políticas sociales. Al igual que a la reestructuración, a la expansión y al desarrollo del Mercosur. ¿Cómo evitar las trampas tendidas por el neoliberalismo? Porque el Brasil de Cardoso tenía un “secreto”: las tasas de interés más altas del mundo. Si bien éstas permitieron atraer el capital financiero y generar de esta manera la estabilidad monetaria, provocaron como contrapartida una dependencia respecto de este vector especulativo, que terminó por conducir al país a la quiebra en tres oportunidades desde 1999, dos de ellas en 2002. Estos momentos difíciles fueron sobrellevados gracias a nuevos paquetes de medidas del FMI. La estabilidad monetaria fue vivida por la opinión pública como una conquista, reconocida por el propio Lula cuando era candidato. Pero, para cubrir los déficit de la balanza de pagos (5), el mantenimiento de dicha estabilidad implica la captación de capitales por medio de... altas tasas de interés. La reactivación económica –clave del proyecto de Lula y de su alianza con el capital productivo- necesita pues una salida del impasse financiero, en condiciones muy desfavorables. La devaluación de la moneda -alrededor del 25% en 2002- provocó un rebrote de la inflación -25% en un año- con las reivindicaciones salariales y la necesidad de un control aun más severo del gasto público que ello implica. El gobierno brasileño enfrenta pues una fuerte tensión entre los sectores que privilegian el mercado financiero y sus exigencias de estabilidad monetaria -requiriendo el mantenimiento de tasas de interés altas- y las prioridades sociales, la reactivación económica, la redistribución de la renta nacional, que implican, a su vez, una baja significativa de dichas tasas de interés. Al formar un primer gobierno “plural”, Lula buscó asegurarse la confianza de los mercados financieros, confirmando la idea de que, en un primer momento, será necesaria una estrategia de transición, de salida prudente del modelo vigente, compatible con la movilización de recursos para las prioridades sociales. Esta estrategia permite anticipar un primer año muy difícil. ¿No será porque el gobierno trabaja con el presupuesto más ajustado de la última década, heredado del gobierno de Cardoso? Luiz Inácio da Silva puede contar con un a priori muy positivo y un mandato electoral que le permitirán administrar durante cierto tiempo sin tensiones. Resta saber si este plazo será suficiente para desenmarañar el embrollo financiero e instaurar el círculo virtuoso de la reactivación económica prevista por su programa, asegurando la transición hacia un modelo post-neoliberal. El aspecto más innovador y audaz del gobierno de Lula será indudablemente su política internacional. Ésta tendrá repercusiones en todo el continente. Deberá enfrentar la voluntad de hegemonía mundial de Estados Unidos, particularmente sensible en este continente, con todas las consecuencias que esto acarrea (6). El enfrentamiento en torno al ALCA y al proyecto político de reestructuración del Mercosur constituirá la primera gran apuesta de Brasilia. Posponer los plazos de la puesta en marcha del vasto espacio de dominación del mercado, teniendo en cuenta los intereses de Estados Unidos, podría permitir el desarrollo de la estrategia brasileña para América del Sur. Pero Estados Unidos ya lo advirtió a través de Robert Zoellick, su Secretario de Comercio: “De no adherir a la futura zona de libre comercio, Brasil deberá comenzar ¡con la Antártida!”. En Ecuador, Lucio Gutiérrez triunfó de manera aún más sorprendente que Lula, tanto por el carácter inédito de su candidatura como por el conjunto social y étnico (el poderoso movimiento indígena) que lo apoyó. El rápido aumento de votos a su favor en la etapa final de la campaña lo condujo a un triunfo por amplia mayoría. Su gobierno enfrenta una dificultad mayor: no dispone de fuerzas suficientes para salir solo de la dolarización. Sin embargo, ésta fue señalada durante la campaña como la raíz de los males que sufre el país. Para Gutiérrez, será imposible imponer nuevamente el sucre (la ex moneda nacional) o crear una nueva moneda, con una economía debilitada. Su destino depende en cierta forma del destino de la región, particularmente de la confrontación entre el Mercosur y el ALCA. La composición de su gobierno refleja igualmente una combinación heterogénea de fuerzas destinada a conquistar la confianza de las elites tradicionales y, al mismo tiempo, satisfacer a la base social que lo eligió. Gutiérrez se enfrenta a más dificultades que Lula porque el carácter inédito de su victoria no le permitió construir una base parlamentaria suficiente; tendrá pues frente a él, desde el comienzo, un Congreso hostil encabezado por opositores a su gobierno. Puede preverse que en muy poco tiempo se producirán conflictos directos entre el movimiento social y los bloqueos que el Parlamento no dejará de interponer al proyecto del gobierno. Puede decirse, de alguna manera, que la clave del futuro inmediato de América del Sur reside en la elección presidencial de este año en Argentina (28 de abril, la primera vuelta; 18 de mayo, la segunda). Esta elección puede llevar a la presidencia a un socio de Luiz Inacio da Silva en la reestructuración, el desarrollo y la expansión del Mercosur, que incluye un Parlamento supranacional y la creación de una moneda común. Los demás países de la región encontrarían aquí un contexto más favorable para afrontar sus crisis, comenzando por Ecuador, que podría salir de la dolarización con una moneda regional. En Uruguay, donde las elecciones generales tendrán lugar en 2004, el Frente Amplio es el favorito, y esta vez no sólo para triunfar en la primera vuelta sino también en la segunda, eligiendo un presidente que se identificaría con el proyecto de fortalecimiento de la identidad regional. Puede esperarse que se produzcan igualmente repercusiones positivas en Venezuela, con un fortalecimiento del gobierno de Chávez; en Paraguay, con una nueva elección presidencial; y en otros países en plena crisis como Perú y Bolivia. La elección argentina puede llevar a este presidente al poder, si Carlos Menem, gran artífice de la debacle, no gana. La candidata de centroizquierda Elisa Carrió, que se identifica más con la propuesta brasileña, ocupa el espacio de la izquierda, ya que el otro candidato favorecido por las encuestas -Luis Zamora- se niega a presentar su candidatura porque considera que debería haber elecciones generales y no sólo presidenciales. Esta posición puede contribuir a la victoria de Menem o provocar una polarización en su contra. Podría aparecer entonces otro de los candidatos propuestos por el peronismo, que podría aliarse a da Silva o representar una forma intermedia de acceso a la dolarización. En una Argentina en pleno desconcierto, desengañada y que rechaza a su clase política, resuena el grito “¡Que se vayan todos!”. El abstencionismo, el voto nulo y otras formas de protesta que comprometerían la concentración de votos en los candidatos de las fuerzas de izquierda, es decir, de las fuerzas anti- neoliberales, pueden hacer perder la oportunidad que se presenta para la región de efectuar un giro y tener en sus manos las riendas de su destino, contribuyendo al mismo tiempo a la democratización de las relaciones internacionales a través de la pluralidad y mediante el fortalecimiento del Mercosur. _______________________ * Profesor de la Universidad Estatal de Río de Janeiro. NOTAS: (1) “Panorama social de América Latina 2002-
2002”, Comisión Económica para América Latina
(CEPAL), Santiago (Chile), 2002. Volver a sumario Febrero 2003 |