LE MONDE diplomatique - edición española



Acción humanitaria participativa entre los afares

Cédric Gouverneur*
enviado especial

El dispensario de Médicos Sin Fronteras (MSF) de Galaha, Etiopía, se alza a orillas del río Mille, las cuales cubiertas de acacias y eucaliptos, constituyen una parada habitual en el camino de los afares y sus rebaños por el desierto de Danakil. Una veintena de expatriados europeos y afares djiboutíes atienden allí a centenares de nómadas, tuberculosos en su mayoría, algunos de los cuales han recorrido cientos de kilómetros a pie o en taxis colectivos, atraídos por la promesa de una atención médica confiable y gratuita. Un hospital singular, sin paredes interiores –el concepto de pared es completamente antinómico a la cultura nómada- pero con más de 200 daibotas –tiendas afares semiesféricas de ramas y esteras- construidas entre las dunas. Para el paciente y su acompañante –algún allegado encargado de ayudarlo en su vida cotidiana en el hospital-, ver el desierto y alojarse en una daibota compensa –un poco- el dolor de verse apartado de su clan y su rebaño durante los largos meses de tratamiento.

Abida, enferma de tuberculosis, se dirigió primero al hospital del poblado más cercano: «La atención médica y la comida eran caros, los médicos habachas (1), despreciativos, y su tratamiento ineficaz –sintetiza esta jovencita. Mi clan me aconsejó que fuera al hospital farenj (2) de Galaha». Todos los pacientes afares interrogados manifiestan la misma desconfianza respecto a los médicos de las altas mesetas, acusados de condescendencia, de cobrar precios abusivos a los habitantes del interior, e incluso de entregarles medicamentos cadaucados o inadecuados. ¿Simple diletantismo de un personal amargado por su traslado al desierto, o auténtica discriminación ? Cualquiera que sea la causa, el resultado es el mismo : los afares del interior prácticamente no acuden a los servicios educativos y sanitarios de los centros poblados.

La partera australiana Valerie Browning y su marido afar djiboutí Ismael Ali Garde dirigen desde hace unos diez años la Organización No Gubernamental (O.N.G.) Afar Pastoralism Development Association (APDA). La partera, auténtica apasionada de los afares, traza un paralelo con la situación de los gitanos : «¿Acaso en Europa se trata mejor a los nómadas? La noción de Estado, asociada a la idea de instituciones fijas, fronteras estables y obediencia ciudadana, es hostil a los nómadas». A esta dualidad nómada-sedentario se agrega la escasez de medios de Etiopía, 158º país entre 162 en la clasificación mundial del índice de desarrollo humano (IDH) (3). Los nómadas afares se encuentran pues enfrentados a múltiples dificultades. En primer lugar, los servicios estatales son fijos, están lejos del monte, y son por ende casi inaccesibles para los nómadas. Son pocos los afares que se vacunan, y según observadores de las ONG, su tasa de mortalidad infantil supera ampliamente la ya muy elevada tasa de los demás etíopes (4).

En segundo lugar, en las altas mesetas superpobladas ya no hay espacio para los sedentarios. Frente a la presión demográfica, y dentro de un proceso estatal de colonización de la periferia por parte del centro, los cultivadores amharas y tigrenses se asientan poco a poco en las zonas fértiles de las tierras bajas, al borde de los ríos, reduciendo las pasturas disponibles para los nómadas. Por último, las fronteras coloniales han escindido el triángulo afar entre Etiopía, Eritrea y Djibouti. Durante la guerra de trincheras entre Etiopía y Eritrea (5), gran cantidad de afares se negaron a enfrentar a sus semejantes. Addis-Abeba no se fía de la lealtad de los 1 300 000 ciudadanos afares.

Es cierto que en el seno de la República Federal de Etiopía existe un estado regional afar. Pero por su educación y modo de vida urbano, sus funcionarios, afiliados al poder tigrense, son sociológicamente muy distintos de los afares nómadas y ya casi no los comprenden. Browning observa : «Si bien hay algunos progresos, ellos desearían sedentarizar a los afares, lo mismo que el gobierno central.»

Frente a las dificultades que las instituciones etíopes encuentran en la gestión del nomadismo, las ONG parecen más idóneas para prodigar servicios adaptados a la cultura afar. Así, desde 1994 la APDA forma a los trabajadores sanitarios (healthworkers) en el mismo seno de las comunidades afares. «En la actualidad, 140 trabajadores de la salud asisten a los afares dentro de sus campamentos y hacen prevención contra el SIDA. Las ONG europeas nos proveen los medicamentos», explica su presidente Ismael Ali Garde. Siguiendo el mismo modelo, Acción contra el hambre (ACF), que excava pozos y brinda cursos de educación sanitaria en la región afar, instruye en las zonas más alejadas, desde 1999, a ayudantes de veterinaria, seleccionados y remunerados por los clanes. La APDA forma además maestros –145 hoy en día- que, provistos de su pizarrón, van recorriendo los distintos campamentos. Profesores nómadas para alumnos nómadas. «En otros tiempos los niños tenían que recorrer kilómetros para llegar a la escuela de la aldea, y por ende cambiar de profesor y de clase en cada desplazamiento». De este modo, se alfabetizó a treinta mil personas desde 1996.

La asociación no vacila a la hora de derribar ciertas tradiciones : «Nuestros trabajadores de la salud explican a las parturientas lo nefasto de la clitoridectomía y la infibulación, sistemáticas en las niñas. Y el mensaje llega.» Browning publica cuadernillos en lengua afar en los que compara la cultura nómada y la musulmana, con el fin de demostrar que el matrimonio arreglado es contrario al islam. Además, la APDA difunde en las zonas más alejadas un video donde se denuncia la explotación de la mujer afar. Así lo explica: «El analfabetismo implica obediencia a las estructuras familiares. En el caso de las mujeres, esto se traduce en la aceptación de la clitoridectomía y la esclavitud doméstica ». Según Browning, a diferencia de las ONG farenj o habachas, la especificidad de la APDA, asociación afar, musulmana y comprometida con la preservación del modo de vida pastoril, le permite suscitar debates de ese tipo. Si bien el matrimonio arreglado y la infibulación no han dejado ni dejarán de existir en lo inmediato, a partir de su confrontación con estas nuevas ideas algunos involucrados comienzan a cuestionar la pertinencia de ciertas prácticas que hasta el momento creían inmutables.

Dentro de esta misma perspectiva de adaptación de los servicios sanitarios y sociales al modo de vida de los nómadas surgió el centro asistencial de MSF en Galaha. En 1997, el equipo de MSF del hospital de Dubti mide la presencia de la tuberculosis en el pueblo afar : las daibotas confinadas, humeantes y sombrías constituyen un medio propicio para el bacilo de Koch. La ONG considera también que los hospitales etíopes no se adaptan a los nómadas. Los afares de los montes son perfectamente concientes de la devastación que esta enfermedad, a la que llaman labhadore («la que atrapa a los guerreros»), provoca en su pueblo. Los testimonios recogidos en Galaha prueban, además, que saben de la impotencia de la medicina tradicional del curandero (hara dagué) frente al labhadore. De ahí la demanda de servicios de salud eficientes.

El médico canadiense de MSF, Milton Tectonidis, fortalecido por el apoyo político del sultán Ali Mirah –alta autoridad moral de los afares-, el ministro de trabajo etíope –de origen afar- y la APDA, realiza grandes esfuerzos desde hace meses para abrir Galaha, hospital autónomo en pleno desierto, a los nómadas : una herejía para un ministerio de salud etíope más habituado a asimilar a los pueblos periféricos. Un allegado al sultán nos confía que «en noviembre de 2000, durante las negociaciones con los Issas y el gobierno, pusimos en la balanza el proyecto Galaha, dado que según nuestro punto de vista la tuberculosis era un asunto más crítico que el conflicto»: la estabilidad contra la salud.

Las 400 ONG que trabajan en Etiopía dependen de un ministerio de asuntos humanitarios y de un organismo de control, la Disaster Prevention and Preparedness Commission (DPPC), muy lenta en sus procedimientos, según una tradición burocrática heredada del Imperio y del Consejo Revolucionario (DERG) pro-soviético. Dejando a un lado la sangrienta invasión de Mussolini, Etiopía es uno de los pocos países que nunca fue colonizado por el imperialismo europeo, situación de la que extrae un legítimo orgullo acompañado de desconfianza respecto al exterior. De ello deriva un contexto burocrático que restringe el acceso de las ONG a las poblaciones. En forma paralela a su actividad, un médico antropólogo, Karim Rahem, realiza un importante trabajo de campo para identificar las necesidades y permitir a los expatriados la aprehensión de una de las sociedades más complejas. Finalmente, el programa se pone en marcha en enero de 2001. Galaha alberga hoy en día a más de 400 tuberculosos y acompañantes, afares o no, a los que cada día se agregan decenas de consultas por infecciones diversas, paludismo, malnutrición y, en ocasiones, partos. Los pacientes dejan Galaha al cabo de ocho semanas o un semestre, con la obligación de volver una vez por mes en busca de su tratamiento.

Pese a estas dificultades, el programa es un éxito con tan sólo el 1% de abandono : el clan ejerce fuerte presión sobre un paciente que, de interrumpir su tratamiento, amenazaría la integridad del grupo. En su calidad de pueblo marginado y en continua lucha por la supervivencia, los afares son concientes de la endeblez de su existencia colectiva. Los cursos de educación sanitaria e higiene obligatorios en Galaha constituyen otra prueba de ello : todos los pacientes interrogados expresan su voluntad de difundir esas enseñanzas al volver a casa, con el fin de mejorar la vida de la colectividad.

También se trata de un éxito en el ámbito institucional, donde empieza a producirse una lenta toma de conciencia de la especificidad del modo de vida pastoril: las autoridades regionales celebran hoy los méritos de Galaha y se preparan para trabajar junto a los profesores nómadas de APDA. Caer enfermo es un drama social para el nómada : al convertirse en una amenaza de contagio y una carga para su clan, debe entregar su rebaño. En Galaha, él y su acompañante se encuentran aislados, lejos de su comunidad. Las solidaridades sociales se desintegran entre los pacientes : son muy pocos los voluntarios para enterrar a los que mueren, por temor al contagio. Y poco importa que el islam ordene enterrar lo antes posible a los muertos, así como el deber de asistir a los que mueren lejos de casa.

Esta desintegración de las solidaridades se traduce generalmente en relaciones conflictivas con ciertos elementos de los igahs y abakrites, clanes sobre cuyos territorios se encuentra el hospital. Para que el dispensario beneficie concretamente a esas comunidades, MSF creó allí diez puestos de trabajo, poco calificados pero bien remunerados. Pero en estos clanes que conocen el salario a partir del establecimiento de plantaciones por Mengistu, este maná aviva la competencia social : en efecto, MSF recluta sobre la base de criterios objetivos de competencia a nueve igahs y... un solo abrakite. Desde entonces, abrakites allegados al jefe exigen trabajo, ostentando su kalachnikov, indiferentes al riesgo de que el MSF cierre el programa en caso de que no se puedan ofrecer garantías de seguridad. Este incidente muestra el impacto de toda misión humanitaria en la sociedad receptora, y la dificultad que tienen los expatriados para aprehender el conjunto de los intereses políticos locales : incluso dentro de una sociedad tradicional, los intereses particulares prevalecen en ciertos casos sobre el interés general.

«Este programa le demuestra, tanto a MSF como a las otras ONG, que los pueblos pueden ser dueños de su futuro y no limitarse a esperar una ayuda del exterior», estima Moussa Zidour, jefe de misión de MSF para Etiopía. Pero a pesar de los progresos en la vida cotidiana, los miembros de estas organizaciones son concientes de los límites de sus misiones, débiles barreras frente a los cataclismos globalizados de las desigualdades norte-sur (6). Zidour suspira, resignado: «En Galaha, no hacemos tests de HIV. ¿Por qué? Desgraciadamente, dada la ausencia de medios económicos, y teniendo en cuenta los costos prohibitivos de los tratamientos, no podríamos ofrecer ningún tratamiento médico a un seropositivo».

______________________

* Periodista.

NOTAS:

(1)Término afar que designa a los etíopes originarios de las altas mesetas (amharas, tigrenses, oromos)
(2) Término con que en Etiopía se designa a los blancos, y cuya etimología vendría de «francos», es decir, cruzados.
(3) Informe mundial sobre el desarrollo humano 2001, Pnud, Ediciones universidad De Boeck o http://www.undp.org. Los testimonios recogidos en zonas alejadas de los centros poblados en 1998 por Browning indican que, promedialmente, uno de cada tres hijos de cada mujer afar interrogada había fallecido antes del año.
(4) Informe mundial sobre el desarrollo humano 2001, op.cit.
(5) Véase Jean-Louis Péninou , «Ethiopie Erythrée, une paix en trompe l’oeil», Le Monde diplomatique, 4- 2002.
(6) Véase Joseph E. Stiglitz, «FMI, la preuve par l’Éthiopie», Le Monde diplomatique edición española, abril 2002

Volver a sumario Febrero 2003