Los orígenes del “fenómeno Putin”
Carine Clément*
enviada especial
El gobierno ruso tiene todo lo que necesita para alcanzar
el éxito. En las últimas encuestas, Vladimir Putin logra
un 83% de opiniones favorables (1). Sin embargo, exceptuando a los nuevos
ricos, las dificultades para vivir dignamente son patentes. ¿El
letargo de esa sociedad no acabará nunca? Claro que “en las
cocinas” -como se decía en épocas de la URSS- arde
la rabia. ¿Pero, cómo expresar el dolor de haberlo perdido
todo? Costumbre, cansancio, apatía... El rechazo de lo político
tiene sus orígenes en el pasado soviético, pero se vio reforzado
por las desilusiones consecutivas a la “terapia de shock”.
Las crisis y las guerras se sucedieron como telón de fondo de una
postración social en la que toma cuerpo el “fenómeno
Putin”.
El presidente supo tocar admirablemente la fibra patriótica,
herida por la dislocación de la “patria” soviética.
Hoy exhibe orgulloso los indicios de que el país vuelve a pesar
en la escena mundial (participación en la lucha contra el “terrorismo
internacional”, reembolso anticipado de la deuda, reuniones cumbres,
defensa de los intereses de las grandes empresas rusas...) pero no dice
nada de las condiciones exigidas: reformas ultra-liberales, reducción
de los gastos sociales, aceptación de una mayor influencia estadounidense
en torno a Rusia...
La personalidad de Putin influye en la opinión
política, y la relativiza. “¡Putin tiene carisma y
una personalidad fuerte. Es un verdadero hombre!”, declara una militante
sindical, por lo demás muy crítica. Y ella encarna una reacción
típica de los rusos: denuncian furiosos la política en vigor,
pero absuelven al hombre que tiene el poder: “Lo que ocurre es que
está mal informado, o mal aconsejado”, dicen.
En una sociedad traumatizada, dislocada, cansada, pauperizada y precarizada,
Putin supo aprovechar un reclamo popular: el restablecimiento de un Estado
que defienda el interés general, la seguridad social y el “imperio
de la ley” y que se imponga a la economía criminal o informal.
Primer acto: el control de los oligarcas, esos hombres de negocios que
fueron tan influyentes en la era Yeltsin. Dos de ellos, Boris Berezovski
y Vladimir Gussinski, fueron marginados y se refugiaron respectivamente
en Gran Bretaña y en España. Mijail Jivilo (metalurgia y
aluminio) se exilió en Francia. Otro magnate del aluminio, Alexandre
Bykov, está en la cárcel desde fines de octubre de 1999.
Los rusos están agradecidos a su presidente por haber contenido
los apetitos políticos de los oligarcas, brindando así una
mayor autonomía al gobierno respecto de quienes viven de los negocios.
Sin embargo, al privatizarse la compañía petrolera Slavneft,
a mediados de diciembre de 2002, las acciones fueron cedidas por una suma
que apenas superaba el precio de venta inicial...
Si Putin puso en su sitio al mundo de los negocios, fue
sobre todo para ubicar a sus fieles. El “equipo de San Petersburgo”
(ciudad natal del presidente) y los “representantes de los servicios
especiales” (a los que perteneció Putin), tomaron el control
de los mecanismos económicos a través de la superempresa
de gas Gazprom, y de las compañías nacionales de ferrocarriles
y de electricidad. Pero también gracias a la rama de las telecomunicaciones:
“Los hombres de San Petersburgo reemplazaron a todos los antiguos
dirigentes por personas ajenas a las empresas y completamente incapaces”,
confirma un ex ejecutivo de ese sector. El gobierno también exige
fidelidad a los dirigentes de los grandes grupos privados: los oligarcas
rebeldes fueron separados, no a causa de su responsabilidad en el saqueo
de la economía, sino del tono demasiado crítico con que
sus canales de televisión se referían al presidente. Actualmente,
los hombres de negocios no desperdician ninguna ocasión para afirmar
su apoyo a la política presidencial.
El Consejo Empresarial, creado en agosto de 2000 en el
seno del gobierno federal, incluye a los dirigentes de los principales
grupos económicos. Además, los jefes de las mayores empresas
fueron promovidos a la dirección de la nueva central patronal rusa:
la Unión de industriales y empresarios de Rusia. Las relaciones
entre los hombres de negocios y los altos responsables del Kremlin están
más institucionalizadas, pero conservan un aspecto clientelista.
El presidente dirige todo: “La época de los oligarcas se
acaba y comienza el periodo de los ‘recursos administrativos’
“ (2).
Para el economista Anton Oleynik, la fusión entre
poder político y económico nunca antes había sido
tan fuerte, y “se la puede ver hasta en los niveles más bajos
del sistema, tanto regional como municipal”. Los gobernadores perdieron
la inmunidad parlamentaria de que gozaban anteriormente en tanto que miembros
de derecho del Soviet de la Federación, y varios debieron renunciar,
presionados por el Kremlin. Resultado, se fortaleció el poder del
presidente y no la función de cohesión social del Estado.
Otro signo: los jefes de las siete nuevas regiones administrativas se
denominan ahora “representantes del presidente”. Ala vez,
la transferencia de recursos de las regiones hacia el poder central (3)
empobrece a las mismas, que además deben hacerse cargo de gastos
crecientes.
Las expectativas populares son incluso utilizadas para
justificar la nueva ola de reformas ultraliberales. Esas medidas son “necesarias”
-machacan los medios de comunicación- para salir del “caos”
de la era Yeltsin: “¡Ya no hay nada que funcione. Pero nada
de nada!”. Evidentemente, la falta de soluciones alternativas creíbles
se hace sentir: “¡Ni hablar de volver al sistema soviético!”
De todas maneras, la mayoría de la población se acostumbró
desde hace mucho a vivir al margen de la ley, tratando de “arreglárselas”
como sea.
En febrero de 2002 entró en vigor el nuevo Código
de Trabajo exigido por el Fondo Monetario Internacional (FMI), que refuerza
los derechos de los patrones en detrimento de los trabajadores y de los
sindicatos: relaciones laborales particulares estipuladas por contrato;
fomento de contratos de duración limitada; simplificación
de los procedimientos de despido; aumento del tiempo legal de trabajo;
cuestionamiento de los derechos de las mujeres; severas restricciones
a los derechos de los sindicatos, en particular de los sindicatos minoritarios,
que son los más activos. Sin embargo, a excepción de los
sindicatos alternativos, la población se muestra pasiva. Igor,
obrero de una fábrica de rodamientos de la región de Volgogrado
señala: “Todas esas leyes valen únicamente en el papel.
En la práctica, es siempre la dirección de la empresa la
que tiene la última palabra...”.
Otro regalo hecho a los empresarios: la instauración
de un impuesto uniforme sobre los ingresos, fijado en un 13% desde 2001,
es decir, un punto más que el porcentaje mínimo de impuesto
aplicado hasta entonces. ¡A la vez, el impuesto a las ganancias
de las empresas fue reducido en 2002 de 35% a 24%! Ya en la primavera
de 2000, los aportes sociales de las empresas habían disminuido
del 38,5% al 35% de los ingresos salariales. Los rusos lo aceptaron sin
chistar, a la espera de una reactivación de la economía.
El presidente, consciente de esas expectativas, hizo
del tema del crecimiento una prioridad. A mediados de diciembre de 2002,
respondiendo en directo a los ciudadanos, les prometió un aumento
del poder adquisitivo. De 1999 a 2001 hubo una mejora del crecimiento,
que fue de entre el 6% y el 8% anual, efecto paradójico de la crisis
del verano de 1998: la devaluación del rublo y el restablecimiento
de ciertos controles de cambio favorecieron la producción nacional,
al igual que el alza mundial del precio del petróleo. Pero el crecimiento
cayó a 4% en 2002, al punto que el producto bruto interno (PIB)
fue 30% inferior al de 1990. Y el fenómeno se ve acentuado, pues
el poder central no fomenta las inversiones en la economía nacional,
a la vez que la revaluación del rublo aumenta la dependencia de
las importaciones.
Los ingresos reales, en fuerte baja durante 1998-1999,
aumentaron luego gracias al crecimiento. Pero los ingresos del capital
aumentaron mucho más rápido que los salarios reales, que
seguían siendo inferiores a su nivel de antes del verano de 1998.
Esto generó un aumento de las desigualdades sociales: oficialmente,
el 20% de los rusos más pobres disponen del 6% de los ingresos
nacionales, y sus ingresos son quince veces más bajos que los del
20% más rico. Un 27% de la población vive por debajo del
nivel de pobreza (oficiosamente, el 40%). El gobierno se había
comprometido a subir el salario mínimo para que no fuera inferior
al nivel de pobreza, pero aún hoy en día equivale al 22%
del mismo. Putin se jacta de haber puesto fin al atraso en el pago de
los sueldos, pero la deuda salarial está creciendo nuevamente.
Además, la actual reforma del sistema remunerativo de los empleados
estatales prevé que en adelante sus salarios no sean abonados por
el gobierno central sino por las regiones, las que ya están en
ruptura de pagos.
Para afirmar que hay una mejoría en la situación
material de los rusos hace falta mucha imaginación, vivir en Moscú
y trabajar en las altas esferas de los principales grupos económicos.
El Estado social quedó enterrado bajo los escombros de la URSS.
El pago de la deuda externa y la bajada de impuestos se hacen en detrimento
de los salarios de los trabajadores estatales y de los gastos sociales.
Estos últimos, que no aumentan desde el 2000, representan el 2,7%
del PIB (lo mismo que el servicio de la deuda externa). El sistema de
seguridad social se desmorona vertiginosamente. Una jubilación
promedio representa apenas el 20% del mínimo vital, lo que en el
verano de 2001 permitió “legitimar” la introducción
del sistema de jubilaciones por capitalización. Los gastos del
Estado en el capítulo de sanidad representan nada más que
el 0,2% del PIB, mientras que los hospitales no tienen dinero para comprar
los medicamentos necesarios. Como el fondo para el empleo fue suprimido,
el presupuesto paga directamente las irrisorias sumas del seguro de desempleo.
Por su parte, las empresas estatales que aún escapan a las privatizaciones,
funcionan con la lógica del beneficio personal de sus dirigentes.
La concentración de riqueza iniciada en la era
Yeltsin continúa, pero de manera poco clara. La Unión de
industriales y empresarios de Rusia controla al parecer el 75% de las
riquezas del país y el 80% del PIB (5). Según el instituto
Brunswick UBS Warburg, las ocho empresas privatizadas más importantes
cuentan con ingresos equivalentes a la mitad del presupuesto oficial,
aproximadamente el mismo porcentaje que las principales empresas estatales
(6). En el sector industrial, dos tercios de la producción nacional
proviene de las ocho principales compañías (7).
Prueba de ello es el grupo Gazprom, que encabeza la lista
de las 200 empresas más importantes del país (8). Poseedor
del monopolio de la producción de gas, extendió sus actividades
a la química y al petróleo (por medio de la empresa Sibur),
a la actividad metalúrgica (Gazmetalla), a la banca (Gazprombank)
y a los medios de comunicación (fundamentalmente con el canal de
televisión NTV). Además, mantiene estrechas relaciones con
la compañía petrolera Rosneft y con la sociedad financiera
Mezhprombank (9). A pesar de su carácter parcialmente estatal,
el grupo obedece a una lógica de renta privada a corto plazo: aporta
poco dinero al Estado y casi no invierte. Sus instalaciones se vuelven
obsoletas, la población sufre el aumento del precio del gas, y
el Estado es engañado por medio de un sistema de exportaciones
que permite disimular importantes sumas (10).
La formación de esos mega-grupos corresponde a
una nueva etapa del reparto de la propiedad: el gran capital refuerza
su control de la industria por medio de accionariados cruzados, difíciles
de identificar pues se esconden tras sociedades- pantalla. Accionistas
externos adquieren las empresas, ya sea gracias a recursos administrativos
o haciendo quebrar sociedades cuyas deudas luego compran. Las principales
compañías petroleras rusas (Lukoil, Iukos, Sibneft y TNK)
se pusieron de acuerdo para adquirir la empresa estatal Slavneft y a fines
de noviembre de 2002 firmaron un acuerdo que preveía la construcción
en común de un oleoducto entre Siberia occidental y el puerto de
Murmansk.
Lo que en países como Francia se conoce como “servicio
público” no escapa a la nueva ola de privatizaciones. No
sólo las telecomunicaciones fueron ampliamente privatizadas, sino
que la principal empresa telefónica, Sviazinvest, propiedad del
Estado en un 75%, debió conceder una mayor autonomía a sus
sociedades regionales, preparando así su cesión al sector
privado. Asimismo, la Duma aprobó en el otoño de 2002 la
reestructuración del sector energético, transformando las
compañías locales en firmas autónomas abiertas a
la privatización, por lo que solo quedarán en poder del
Estado la red de cables. Lejos del modelo competitivo que se había
anunciado, la reforma puede traducirse en una suba de tarifas concertada.
La compañía Sistemas energéticos
unificados (RAO EES en ruso), dirigida enérgicamente por Anatoli
Chubais, controla la mayoría accionaria de casi todas las empresas
regionales de electricidad. Ese holding, más de la mitad de cuyas
acciones está en poder del Estado, posee filiales que muchas veces
pertenecen en un 49% a firmas registradas en paraísos fiscales.
Los cortes de energía son un método habitual para obligar
a los morosos a ponerse al día, lo que suele paralizar los transportes
públicos y dejar a oscuras y sin calefacción a barrios enteros.
La misma lógica de rentabilidad orienta la reforma
del transporte ferroviario: su gestión será entregada a
varias empresas privadas que deberían competir entre ellas, mientras
que el Estado sólo conservará un papel de control y la propiedad
de las principales infraestructuras. La privatización ya derivó
en la tercerización de ciertas operaciones, concedidas a empresas
pertenecientes a altos funcionarios. Además, generará un
aumento del precio de las tarifas (que ya habían aumentado más
del 50% desde enero de 2001) y un empeoramiento del servicio a causa de
la reducción de la mano de obra y de los gastos de equipamiento:
el 35% del personal será despedido.
La última etapa del plan es la reforma del sistema
de gestión de la vivienda, actualmente en discusión en la
Duma. Un holding estatal regula las empresas locales encargadas del mantenimiento
de las viviendas comunales y del suministro de agua, electricidad, gas
y calefacción. Sin duda, existe un gran descontento respecto de
esas empresas poco transparentes e ineficaces. Pero el “cambio”
previsto consiste en imponer el pago del 100% de los gastos -muy altos-
a los habitantes, anulando las rebajas de que gozaban los más pobres.
En la primavera de 2000, en Voronej, las tarifas comunales se multiplicaron
por cuatro, lo que hizo que 20.000 personas salieran a las calles, concretando
así una manifestación enorme para la “tranquila”
Rusia...
Es que palabras tales como “Estado”, “ley”,
“orden” -tan repetidas por el presidente Putin- corresponden
a una modificación del clima socio-psicológico. La toma
de rehenes de octubre de 2002 mostró cómo el poder sabe
explotar esa retórica. Después de que las fuerzas especiales
rusas tomaran por asalto el teatro, el jefe del Kremlin dijo que la “operación
había sido un éxito” y reiteró su decisión
de no tolerar ningún ataque a la autoridad del Estado. Y sin más
se dio vuelta a la página y se pasó al olvido la muerte
de al menos 130 personas inocentes, exterminadas por el gas secreto utilizado
durante la operación, al igual que el asesinato de los miembros
del comando checheno. Cuando está en juego el poder supremo, la
vida de los seres humanos no vale gran cosa. De un lado se percibe la
perplejidad y el malestar de la gente ante la crueldad de los hechos,
y de otro la imposibilidad de cuestionar el poder presidencial: “Putin
no podía obrar de otra manera. De ninguna manera podía aceptar
negociar con los terroristas”, dirán los moscovitas.
Pero la reticencia de la gente a expresar abiertamente
su descontento se explica también por el aumento de un sentimiento
algo olvidado en la época de Yeltsin: el miedo. Pues, si bien muchas
instituciones del Estado se dislocan, el aparato represivo se refuerza.
Para prever cualquier sobresalto social, la administración Putin
hizo votar una serie de leyes que tornan más difícil -y
hasta ilegal- la emergencia de una oposición. La nueva ley de partidos
políticos somete a esas organizaciones a condiciones legales muy
estrictas, al menos para los que no cuentan con la protección necesaria.
En la misma línea, con el pretexto de combatir a los skinheads,
la Duma adoptó en julio de 2002 una ley contra el “extremismo”
que refuerza aún más el amplio aparato represivo ya existente.
Por su parte, la ley sobre los extranjeros (de junio de 2002) transforma
la estadía legal en Rusia en una verdadera pesadilla, y pone al
margen de la ley a muchos trabajadores extranjeros.
Pero los principales terrenos donde el presidente Putin
puede afirmarse como un líder de férrea voluntad, son la
sangrienta guerra contra la población chechena y la retórica
“antiterrorista”: oponiéndose a toda veleidad independentista,
y también a toda forma de oposición. La devastada Chechenia
se convierte al mismo tiempo en una región ideal para las actividades
económicas fraudulentas. Los servicios de información rusos
(FSB) tienen actualmente a su cargo la dirección de las operaciones
“antiterroristas”, afirmando en ese terreno su supremacía
respecto del ejército y de la policía. En nombre de la “seguridad
del Estado” los soldados efectúan razzias contra miles de
civiles chechenos, a los que encierran en campos de “filtrado”.
Incluso en Moscú la policía extorsiona y hasta detiene a
los extranjeros (preferentemente a los que no son de tez blanca) o a los
rusos que se pasean sin “registro” (autorización para
residir en la ciudad).
Esa represión afecta también a la oposición
social o política. Son innumerables las intervenciones violentas
de las fuerzas del orden para “dispersar” alguna reunión,
mientras que las detenciones de rutina son algo casi habitual en la vida
de los militantes. En cambio, el aparato estatal casi no molesta a las
organizaciones de extrema derecha y a los terroristas “wahabitas”
chechenos, salvo excepciones. Algunas malas lenguas llegan incluso a insinuar
que estos últimos estarían siendo secretamente apoyados...
(11).
Por su parte, la justicia, que debería ser garante
de la aplicación de las leyes, sigue minada por la corrupción
y no es independiente, sobre todo en las regiones. La reforma de la primavera
de 2001, con la excusa de aumentar la competencia de los jueces, redujo
su independencia respecto de los órganos políticos. Los
escasos fallos a favor de un particular en juicio contra alguna “autoridad”,
nunca se aplican. En lo que hace al estado de derecho, el propio tribunal
constitucional evidenció en numerosas ocasiones su fidelidad al
poder político, fundamentalmente con su célebre resolución
según la cual la guerra en Chechenia no sería contraria
al “derecho del individuo a la vida”.
Por otra parte, todos los contrapoderes potenciales caen
unos tras otros bajo el poder del Kremlin. El poder legislativo está
totalmente subordinado al presidente. El Consejo de la Federación
sólo incluye representantes designados por los gobiernos regionales,
lo que le resta legitimidad e independencia. La Duma se convirtió
en una simple oficina donde registra los actos. La mayoría presidencial
(“Rusia unida”) alcanza para adoptar las leyes corrientes.
En caso de reforma constitucional, la administración presidencial
saca a relucir todas sus armas. Los métodos que utilizó
en octubre de 2002 para lograr que se prohibieran los referéndum
acerca de las elecciones presidenciales, disgustaron incluso a los diputados:
la Duma se había convertido en un gran circo, los emisarios del
presidente mantenían bajo presión a los diputados rebeldes
por medio de amenazas, sobornos y chantajes.
La oposición parlamentaria se reduce al Partido
Comunista de Guennadi Ziuganov, al que el Kremlin le deja cumplir el rol
de adversario de opereta, pero quitándole cualquier posibilidad
de acción realmente crítica. En abril de 2002 Ziuganov hizo
eliminar a los comunistas de la presidencia de diversas comisiones parlamentarias,
para acelerar así el análisis de los proyectos de ley liberales,
a la vez que ponía al PC en el papel de víctima. Y en octubre
hizo prohibir la campaña comunista a favor del referéndum,
por temor a que la misma afectara su popularidad, al tiempo que se forjaba
una oposición de conveniencia para las futuras elecciones.
Los medios, que en su mayoría habían quedado
en poder de los grandes grupos privados a finales de la era Yeltsin, ahora
están bajo control del Kremlin. En particular la televisión,
principal fuente de información de las clases populares rusas.
El entramado multimedia estatal creció enormemente, y actualmente
cuenta con el canal oficial RTR, el canal cultural Kultura, la agencia
de informaciones Novosti, varias estaciones de radio, los diarios oficiales
y 92 compañías regionales de televisión. Luego de
la separación de Brerzovski, el Estado volvió a tomar el
control del canal de televisión ORT, mientras que un pool de banqueros
cercano a la administración presidencial adquirió TVS (ex
TV6). Otros canales en poder de grupos privados o estatales están
de hecho situados en la esfera de influencia del Kremlin: Gazprom posee
NTV, mientras que el gigante de la electricidad RAO EES es dueño
de Ren-TV. Por su parte, el canal TVTs, controlado por el alcalde de Moscú,
Yuri Lujkov, puso fin a sus críticas, al mismo tiempo que su mentor.
El ministro a cargo de los medios de comunicación,
Mijail Lesin, maneja todo ese sector con mano de hierro, y en su propio
beneficio, pues sigue dirigiendo Video International, el proveedor exclusivo
de publicidad para la televisión estatal. En contrapartida de lo
que gana, vela por el respeto de la reputación y de las opiniones
del presidente. Los combatientes por la independencia chechena, los opositores,
y sobre todo los militantes del naciente movimiento altermundialista,
no tienen derecho a la palabra: la prensa los trata de “terroristas”,
cuando no de “espías” (12).
______________________
* Periodista, Moscú
NOTAS:
(1) Encuesta de VTsIOM, de fines de noviembre de 2002.
(2) Vedomosti, Moscú, 29-121-2000.
(3) La parte de los impuestos que reciben las regiones pasó del
50 % al 33 %.
(4) El nivel de inversiones equivale al 10% del registrado en 1990.
(5) Estimación de Literatournaïa Gazeta, Moscú, mayo
de 2002.
(6) Moskovskie Novosti, Moscú, 9-8-2002.
(7) Alexandre Dynkin, “¿Tiene Rusia alguna oportunidad en
la economía mundial? ”, in Pro i Contra, primavera de 2002,
pp. 42-67.
(8) Ver Expert, Moscú, 7-10-2002.
(9) Según datos de Politkom, Moscú, 15-5-2002.
(10) Ver Vesti, Moscú, 25-11-2001.
(11) Sobre las vinculaciones entre el FSB y los extremistas de derecha,
ver: Oleg Roldougin, “¿A quién teme el FSB ? ”,
in Sobesednik, Moscú, 4-6 2002 ; y la entrevista del sociólogo
Alexandre Tarasov en el sitio kom.ru, 10-7-2002 donde estima que los skinheads
responsables de un pogrom a fines de octubre de 2001, habrían sido
secundados por el FSB que buscaba un enfrentamiento con los “antiglobalización”.
Sobre las sospechas de vinculación del FSB en los atentados de
septiembre de 1999 que llevaron a la segunda guerra de Chechenia, ver
Novaia Gazeta, Moscú, 13-3-2000; Obchtchaia Gazeta, Moscú,
9, 2000 ; Alexandre Litvinenko (ex miembro del FSB) y Yuri Felshtinsky,
Le FSB fait sauter la Russie, en Internet, 2001
(12) Ver, entre otros, Versia et Novaïa Gazeta, Moscú, 25-11-2002.
Volver a sumario Febrero
2003
|