La normalización de YemenFrancois BurgatAnte la proximidad de las elecciones legislativas de 27 de abril de 2003, el régimen, debilitado por la austeridad económica y por las concesiones que se ha visto obligado a hacer a su socio americano en la “lucha contra el terrorismo”, hace uso de un autoritarismo creciente para desafiar con éxito a una oposición islamista que ha sido su aliada durante mucho tiempo Ante la cercanía de las elecciones legislativas del 27 de abril de 2003, se nota en Yemen una disminución del pluralismo, y una especie de “estandarización” del modelo político, que se alinea tras el resto del mundo árabe. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 aceleraron esa tendencia. El régimen, fragilizado por las concesiones que está obligado a hacer a su “socio”, Estados Unidos, en la “lucha contra el terrorismo”, y por la creciente austeridad económica, se muestra cada vez más autoritario en los modos de contrarrestar la oposición islamista, que durante mucho tiempo fue su aliada. Para entender lo que está en juego en las próximas elecciones legislativas hay que tener presente la lógica de los comicios precedentes. En 1993, la primera elección luego de la reunificación del Norte y del Sur (en mayo de 1990) había mostrado, con el telón de fondo de una multitud de pequeñas formaciones, el enfrentamiento de tres fuerzas políticas: los dos ex-partidos únicos (el Congreso general del pueblo del Norte y el Partido socialista del Sur), a los que se sumó, en apoyo del norte, la Unión Yemenita para la Reforma (Islah, partido islamista) (1). En recompensa por su apoyo al régimen, el Islah fue “autorizado” a conquistar 62 escaños (más que los 56 de los socialistas) y recibió seis carteras en el gobierno. Yemen pasó entonces, durante un tiempo, por una especie de prefiguración árabe de la transición democrática. Pero se trataba de un pluralismo “en armas”. Como cada partido conservaba el control de sus propias tropas, la fórmula apuntaba más que nada a facilitar una frágil cohabitación. Hasta mayo de 1994, la coexistencia entre tres millones de sudistas y 12 millones de nordistas se basó tanto en el equilibrio de las tropas respectivas como en la modernidad de las instituciones. En las legislativas de abril de 1997, tres años después de la guerra civil de 1994 que había concluido con la derrota de los “secesionistas” socialistas del sur (y en su ausencia), el centro de la disputa había cambiado radicalmente. Al no necesitar aliado para combatir a los socialistas, la formación del presidente Ali Abdallah Saleh volvió a sus costumbres de partido único, arrogándose la mayoría absoluta de los escaños al igual que la totalidad (menos uno) de los ministerios. Dos años después, el 23 de diciembre de 1999, la quinta reelección de Saleh (por más del 96,3% de los votos), en el poder desde hacía 21 años, acabó “perfeccionando” esa reducción del campo político. El “primer presidente elegido por sufragio universal” de la “única república de la península árabe”, prefirió prudentemente elegir su único adversario en su propio campo. El pluralismo de la elección se redujo al único partido en el poder, enmarcando a Yemen en las normas que -de diversa manera- prevalecen en gran parte del mundo árabe, de Egipto a Irak, pasando por la república hereditaria de Hafez Al-Assad. Y las presiones estadounidenses contribuyeron a acelerar esa tendencia, inscribiendo al país en una dinámica de profunda renovación de las alianzas que durante mucho tiempo permitieron edificar su equilibrio. En efecto, más que reprimir a los islamistas, el régimen se había aliado a ellos desde hacía décadas. Ya en 1948, el argelino Fudhayl Wartilani, enviado del fundador de los Hermanos musulmanes, Hassan al Banna, había cumplido un papel decisivo en la primera tentativa “moderna” de desestabilización del régimen ultraconservador del imam zaidita Yahya Hamid al Din. Quince años más tarde, durante la guerra civil que estalló tras el derrocamiento de la monarquía (1962-1970), fueron militantes muy cercanos a la corriente de los Hermanos musulmanes (entre ellos Mohamed Mahmoud Al Zubeiri) quienes patrocinaron el pacto de unión entre las tribus -brazo armado del imanato- y los republicanos (2). Desde su llegada al gobierno en 1978, para protegerse de sus adversarios sucesivos (zaiditas ex monárquicos, naseristas pro-egipcios, socialistas del Sur, socialistas “internos”) Saleh recurrió regularmente a las diversas fracciones de la corriente islamista, incluidas las extremistas. La personalidad del sheik Abdallah al-Ahmar, presidente del Islah, ilustra perfectamente la inédita alquimia que durante mucho tiempo sustentó el equilibrio político del régimen: a cambio de ser regularmente elegido al frente del parlamento con los votos del partido en el poder, el segundo personaje del Estado brinda al régimen el apoyo de la principal confederación tribal (Hashid) y del primer partido de “oposición” islamista, formaciones ambas que él preside. Apesar de haber quedado fuera del gobierno en 1997, los miembros del Islah, instalados en una oposición “bien templada”, prefirieron apoyar la candidatura de Saleh en las elecciones presidenciales de 1999. Sin embargo, desde el día siguiente de su elección por sufragio universal, el jefe del Estado dio la impresión de querer apoyarse sobre su nueva legitimidad para aumentar la presión sobre la oposición. El deterioro de la cooperación entre Saleh y el presidente del parlamento se manifiesta regularmente en enfrentamientos personales. Por lo tanto, la sucesión de ese personaje histórico, bisagra de la alianza entre el régimen, las tribus y los islamistas, rasgo singular y en cierta forma garantía de estabilidad del país durante mucho tiempo, será uno de los momentos políticos más importantes que se anuncian en el horizonte. El proceso de concentración de poder continúa desarrollándose con mayor facilidad aún, gracias a una coyuntura internacional y regional favorable. El fin del contencioso con Arabia Saudita privó al bando islamista y a sus seguidores en las tribus del norte de una parte, al menos, del tradicional apoyo financiero saudita. Paralelamente, las exigencias de seguridad de Estados Unidos (más “ley y orden”) y su apoyo técnico a las fuerzas especiales controladas por el propio hijo (Ahmed) del jefe de Estado refuerzan la tendencia autoritaria del sistema, y estimulan sus veleidades de cortarle las alas al sector islamista del presidente del parlamento Abadallah Hussein Al Ahmar. Una tímida ley de descentralización, adoptada en febrero de 2000, había permitido la tumultuosa elección de Consejos comunales y regionales pluralistas. Pero para asegurar su supremacía en las mismas, principalmente respecto del Islah, el gobierno no dudó en cometer serias irregularidades. La tercera reforma de la Constitución (aprobada en febrero de 2001 por referéndum) confirmó esa línea: creación de una cámara alta (que transforma el Consejo consultivo en Majliss al chura) y extensión de 5 a 7 años del mandato presidencial. Esto último permitiría a Ahmed Saleh, uno de los hijos del jefe de Estado, alcanzar la edad mínima (40 años) para ser candidato a la sucesión de su padre, cuyo mandato va hasta 2004 con posibilidad de reelección. A partir de 2000 se le retiró al Islah el control de las instituciones de enseñanza (“instituciones científicas”) que tenía a su cargo, y luego del 11 de septiembre de 2001 se suprimieron las becas de la universidad Al-Iman para los estudiantes extranjeros, a los que además no se les renovaron las visas, por lo que varios centenares debieron dejar el país. La ofensiva no afecta solamente a la rama extremista del partido, identificada con el sheik Abdelmajid Al Zandani: el 24 de octubre de 2002 un incidente degeneró en un enfrentamiento armado entre la policía y la guardia del presidente del parlamento, cuyo hijo resultó gravemente herido. En la misma línea se inscribe el cuestionamiento de las elecciones de consejos universitarios, las permanentes presiones judiciales sobre la prensa opositora y una legislación muy restrictiva sobre el funcionamiento de asociaciones. El 28 de diciembre de 2002, el asesinato en circunstancias aún poco claras del número dos de la oposición socialista, Jarallah Omar, durante la sesión inaugural del tercer congreso del Islah, endureció violentamente el ambiente político. El gobierno se apresuró a presentar al agresor como un miembro importante del Islah, a pesar de que Omar acababa de pronunciar un vibrante discurso llamando a la unión entre socialistas e islamistas contra la “corrupción” del régimen y sus repetidos ataques a las libertades. Sea cual sea la lectura que acabe imponiéndose sobre ese acto, el mismo muestra que la unión entre el partido del presidente y el Islah, sellada en ocasión del triunfo militar del Norte contra los socialistas del Sur en 1994, ya no tiene vigencia. En la lucha contra sus ex aliados islamistas -cuyo componente modernista identificado con Mohamed Qahtane (director del departamento político) y con Mohamed Al Yadumi, secretario general, causa cada vez menos temor al entorno occidental- el régimen se apoyará no sólo en sus tradicionales adversarios (socialistas) cuyos líderes, en una época en el exilio, fueron autorizados a regresar al país, sino que -él también- buscará adeptos en el campo religioso. A cambio de algunas concesiones, los herederos salafistas del muy riguroso sheik Muqbil Al Wadi’il, a pesar de rechazar el juego electoral le servirán para privar al Islah de una buena parte de su electorado. Los zaiditas, que parecen dar por terminado su largo enojo con el régimen, seguramente le darán sus votos, al igual que los sufíes de las grandes cofradías del Sur y de la Tihama. En todos los casos y por todos los medios, es evidente que el gobierno no dejará que su adversario islamista exhiba para nada su real fuerza en las bancas del próximo parlamento. En política exterior, Yemen logró dar vuelta la página negra de su “equivocación” de 1990 (cuando apoyó a Saddam Hussein), normalizar relaciones con Kuwait (en mayo de 1999), y fijar la frontera con el sultanato de Omán. La prolongada tensión fronteriza con Arabia Saudita (3) concluyó espectacularmente con el acuerdo firmado el 12 de junio de 2000 en Jeddah. A cambio de una franja de territorio, que seguramente encierra petróleo, Sanaa abandonó toda reivindicación sobre las dos provincias concedidas en 1934 por el imam Yahya en el tratado de Taef. La diplomacia yemenita, que no carece de realismo ni de eficacia (como lo muestra su recurso ante la Corte Internacional de La Haya en octubre de 1998 para solucionar sus diferencias con Eritrea sobre las islas Hanisch, o su eficaz mediación en el conflicto somalí en diciembre de 2000) lanzó al jefe de Estado a una amplia gira que hasta incluyó el Vaticano, con el cual el país reanudó relaciones diplomáticas en 1998. Las relaciones con Francia siguen siendo confiadas -a pesar del doloroso episodio del petrolero Limburg, atacado frente a las costas de Mukallah el 6 de octubre de 2002- sobre todo desde que Yemen pasó a formar parte de la “zona de solidaridad prioritaria”, lo que seguramente producirá un importante aumento de la cooperación bilateral. Los puntos sobresalientes de esa campaña de apertura y de normalización fueron una reunión con el presidente William Clinton (el 4 de abril de 2000), que certificó la reintegración de Yemen al grupo de Estados “tratables”, y el ingreso del país -por más que sea progresivo y a título de observador- en el círculo hasta entonces cerrado del Consejo de Cooperación del Golfo (enero de 2002). La firmeza de tono de Sanaa desde la segunda Intifada palestina, a partir de septiembre de 2000; ciertas tergiversaciones en la cooperación en temas de seguridad; la liquidación en suelo yemenita el 3 de noviembre (por un misil lanzado desde un drone (4) estadounidense) de seis activistas sospechosos de pertenecer a Al-Qaeda; y el asesinato de tres misioneros estadounidenses el 31 de diciembre de 2002, tensaron en varias ocasiones el clima de cooperación con Estados Unidos. Pero Washington parece dispuesto a seguir jugando la carta del apoyo al régimen. ¿Una sociedad civil en armas?El ambiente político no es totalmente reductible a la austeridad de ese “gobierno de funcionarios” que denunciaba desde hacía mucho tiempo el gran poeta Al-Baraduni, fallecido el 21 de agosto de 1998. La persistencia de la solidaridad tribal, aunque se manifiesta más a menudo en nombre de una concepción altiva del honor que en virtud de los grandes principios cívicos, continúa en ciertos aspectos limitando las ambiciones absolutistas de los gobernantes. En efecto, las tribus tienen dos rostros: el innegable, de un cierto número de depredadores que obligan al Estado a prevenirse, a un coste elevado, frente a su peligrosidad; y el de la permanencia benéfica de solidaridades sociales infraestatales (incluida una justicia consuetudinaria, en general más cercana del ciudadano que la del Estado) que ayudan al individuo a resistir a los desbordes de esta modernización-urbanización a veces deshumanizante. La barrera que constituye esta especie de “sociedad civil en armas” consigue limitar los acomodos judiciales o las desigualdades de desarrollo regional demasiado evidentes. Otra “excepción”: el periodo de “pluralismo armado” de comienzos de la década de 1990 logró fijar un cierto número de prácticas civiles. El debate intelectual tiene derecho de ciudad -con una libertad de tono aún inigualada en muchos otros países de la región- en los cientos de maqyal diarios en que los yemenitas se reúnen para mascar qat y arreglar el mundo; pero también en la prensa, cuya autonomía, maltratada, sigue vigente, y hasta en la poesía y en la literatura femenina, en pleno desarrollo. Por otra parte, existen decenas de ONG extranjeras -aunque a menudo más convincentes por su capacidad para captar el dinero de los grandes donantes internacionales que por su talento para obtener un desarrollo efectivo- y una profusión de asociaciones caritativas o culturales locales, que también sirven de antídoto a la fragilidad de las instituciones políticas formales.. ________________________ * Centro francés de arqueología y de ciencias sociales, Sanaa. Autor de L’Islamisme en face, La Découverte, París, 2002. NOTAS: (1) Le Yémen contemporain, bajo la dirección
de Rémy Leveau, Franck Mermier y Udo Steinbach, Karthala, París,
1999. Volver a sumario Febrero 2003 |