LE MONDE diplomatique - edición española



Kosovo en un punto muerto

Jean-Arnault Dérens,
enviado especial

Alrededor de las 17:00 horas del 4 de enero de 2003, desconocidos interceptan un auto en una calle transitada de Pec, la gran ciudad del oeste de Kosovo, y abren fuego sobre sus ocupantes. Tahir Zemaj, su hijo y un primo caen muertos. Los tres hombres eran conocidos militantes de la Liga Democrática de Kosovo (LDK) del Presidente Ibrahim Rugova. Zemaj había sido comandante del Ejercito de Liberación de Kosovo (UCK), pero en realidad dependía de las Fuerzas Armadas de la República de Kosovo (FARK), el grupo paramilitar creado en el verano de 1998 por Bujar Bukoshi, en aquel entonces “Primer Ministro en el exilio de la República de Kosovo”. Las FARK agrupaban a los seguidores de Rugova, pero se vieron obligadas a unirse a las filas del UCK, dirigido por nacionalistas formados en la versión albanesa de la escuela del marxismo-leninismo, y muy hostiles a la LDK.

El asesinato de Zemaj es sólo el último de una larga serie. Fue por cierto una verdadera hecatombe la que azotó a los cuadros de la LDK, en especial en la región de Pec y en el oeste de Kosovo. En diciembre de 2002 Zemaj había declarado como testigo en el juicio contra el “grupo de Dukagjin”, cinco ex combatientes del UCK, que se habían pasado al Cuerpo de Protección de Kosovo, una fuerza paramilitar de imprecisas competencias, creada oficialmente por la Administración de las Naciones Unidas a fin de facilitar la reinserción social de los ex guerrilleros. Los cinco hombres fueron declarados culpables del asesinato de cuatro albaneses que pertenecían, al igual que Zemaj, al área de influencia de las FARK. El más famoso de los acusados era Daut Haradinaj, cuyo hermano, Ramush, dirige la Alianza por el Futuro de Kosovo (AAK), una pequeña agrupación nacionalista que obtuvo aproximadamente 8% de los sufragios en todas las elecciones organizadas en el territorio desde la instauración del protectorado.

Ramush, de 34 años, ex comandante del UCK en la región de Pec, Decani y Djakovica, tiene un extenso pasado delictivo en Francia y Suiza. Después de un breve paso por la Legión Extranjera, se sumó a las fuerzas del UCK donde se destacó por su participación en episodios de extrema violencia contra civiles serbios. Entre todos los ex comandantes del UCK, Ramush Haradinaj sería el que más riesgo corre de ser culpado por el Tribunal Penal Internacional de La Haya.

Sin embargo su partido ha logrado seducir a ex dirigentes comunistas albaneses de la provincia como Mahmut Bakalli, y a algunos intelectuales destacados. También la AAK se ha beneficiado abiertamente –por lo menos hasta el año 2001– con el apoyo de algunos círculos diplomáticos, en especial de los Estados Unidos. Esta “tercera fuerza” que nunca logró convencer al electorado, intentaba ubicarse en el escenario político dominado por el enfrentamiento entre la LDK de Rugova y el Partido Democrático de Kosovo (PDK) de Ashim Thaçi, que agrupa a los ex dirigentes más importantes del UCK. Es ésta la razón por la que recibe el apoyo de ciertos interventores internacionales, fastidiados tanto por el inmovilismo y el clientelismo de la LDK, como por el desvío mafioso del PDK. De todos modos, la operación habrá sido definitivamente en vano en caso de que Ramush Haradinaj sea atrapado por su pasado criminal.

Kosovo padeció una larga crisis política luego de las elecciones legislativas de noviembre de 2001. Sólo después de varios meses y tres escrutinios, la Asamblea territorial logró llevar a Rugova a la presidencia de Kosovo, una función esencialmente protocolar y sin competencias políticas. Las negociaciones llevaron a Bajram Rexhepi, dirigente del PDK, a asumir el cargo de Primer Ministro. Esta larga crisis puso en evidencia sobre todo la desconcertante mediocridad de la clase política, únicamente preocupada por estériles juegos de poder.

Dentro de la rivalidad entre el LDK, PDK y la AAK, la única alternativa que logra destacarse y atraer al electorado es la nacionalista. Pero a corto plazo, esta postura corre el riesgo de enfrentarse directamente con la administración internacional de la provincia. Por lo pronto, Rada Trajkovic, portavoz del bloque de diputados serbios en el Parlamento de Kosovo, anunció que en la primavera europea habrá un enfrentamiento entre la comunidad albanesa y los representantes internacionales (1).

Con respecto al callejón sin salida política en el que se encuentra la provincia, sería interesante recordar aquí cuáles fueron los propósitos de la comunidad internacional al intervenir militarmente en Yugoslavia. El objetivo manifiesto de poner fin a la represión y a los actos de violencia contra la población albanesa se amparaba en otra meta política y de mayor peso: precipitar la caída del régimen de Slobodan Milosevic. Sin embargo, los nacionalistas albaneses vieron en la intervención internacional un apoyo a su plan de independizarse de Kosovo.

El régimen de Milosevic ya pertenece al pasado. Y si ayer el nacionalismo albanés constituía una baza para los estrategas occidentales, hoy se lo percibe como un factor de desestabilización para todos los Balcanes. Entonces, la comunidad internacional concuerda en excluir cualquier perspectiva de independencia porque estima que un Kosovo independiente no tendría ninguna viabilidad económica y podría convertirse en pequeño paraíso mafioso al tiempo que en imán para el irredentismo albanés, sobre todo en Macedonia.

A medida que los nacionalismos “periféricos” de Kosovo y Montenegro fueron perdiendo su interés estratégico a los ojos de Occidente, ha ido creciendo el resentimiento anti-occidental en los dirigentes albaneses como así también en Montenegro, donde Milo Djukanovic y sus allegados sienten –no sin razones – que han sido usados y luego abandonados a su suerte.

Actualmente la estrategia europea en los Balcanes parece circunscribirse a un solo precepto: ganar tiempo. Las discusiones sobre el estatuto final de Kosovo se postergan sine die, y hace ya un año que la Unión Europea busca una solución provisoria original al litigio serbo-montenegrino. El Acuerdo de Belgrado –firmado el 14 de marzo de 2002 a instancias de Javier Solana, encargado de llevar adelante la política exterior europea– prevé el reemplazo de la actual Federación yugoslava por una nueva Unión entre Serbia y Montenegro. Las competencias comunes de esta futura entidad confederal se verán extremadamente limitadas, y a cambio Montenegro deberá aceptar una moratoria de tres años antes de convocar a un eventual referendum de autodeterminación (2).

A menos que la Unión Europea ejerza una nueva intervención conminatoria, parece dificultoso que prosperen las negociaciones constitucionales entre Serbia y Montenegro, estancadas ya desde hace un año. De hecho, el ministro yugoslavo de asuntos exteriores, Goran Svilanovic, en su balance definió al 2002 como “un año perdido”. En efecto, la hipoteca institucional ayudó a bloquear todas las políticas de reforma, tanto en Serbia como en Montenegro.

El objetivo de la nueva metamorfosis de Yugoslavia sería impedir la hipotética independencia de Kosovo, independencia que una ruptura del marco federal que une Serbia y Montenegro haría inevitable. Sin embargo, el acuerdo del 14 de marzo restituyó explícitamente a Serbia los derechos de Yugoslavia sobre el territorio meridional.

Las negociaciones sobre el futuro Estado – de las que quedaron fuera, y a las que por cierto desdeñaron– terminaron siendo un trago amargo para los dirigentes albaneses. De todos modos, la lógica de los diplomáticos occidentales es inexorable. Según la Resolución 1244 de las Naciones Unidas, Kosovo continúa siendo parte integrante de la Federación yugoslava, cuya heredera legal será la nueva Unión de Serbia y Montenegro. Pero como evidentemente Kosovo no pertenece a Montenegro, su pertenencia a Serbia debe ser confirmada. En caso de ruptura de la Unión, está explícitamente estipulado que Kosovo se encontrará bajo la soberanía de Serbia. En noviembre de 2002, Rexhepi, Primer Ministro del territorio, amenazó con declarar unilateralmente la independencia de Kosovo si las negociaciones constitucionales serbomontenegrinas llegaban a buen puerto.

El fantasmal “Estado Solana”, como ya ha sido bautizada la Unión de Serbia y Montenegro, corre entonces el riesgo de precipitar un enfrentamiento entre los albaneses de Kosovo y la comunidad internacional. La impericia y falta de previsión de las políticas internacionales son deplorables. Después de haber otorgado plenos poderes a las más extremas manifestaciones del nacionalismo albanés, ¿cabía creer que se podía dar marcha atrás sin provocar choque alguno?

La única solución de recambio viable al actual statu quo y a un nuevo enfrentamiento pasa por dos condiciones indispensables: avances concretos en el camino de la reconciliación entre las comunidades radicadas en Kosovo, y apertura de un diálogo directo entre Belgrado y los dirigentes albaneses.

Los 40.000 soldados desplegados por la OTAN en Kosovo no sólo han demostrado su incapacidad para poner coto a la violencia contra las comunidades no-albanesas de Kosovo (3). Tampoco la Misión de las Naciones Unidas en Kosovo (MINUK) comprometió seriamente su responsabilidad política a favor de la apertura del diálogo intercomunitario. En este sentido, por ejemplo, el Presidente del parlamento de Kosovo, Nexhat Daci, sin recibir ninguna amonestación internacional logró prohibir que los diputados serbios utilizaran la denominación “Kosovo y Metohija” durante las sesiones. Actitud tanto más sorprendente si se piensa en el intervencionismo a veces puntilloso del Alto Representante de la ONU en la vida política de Bosnia.

Los escasos comienzos de diálogo entre los dirigentes albaneses y Belgrado se han desarrollado siempre en un país neutral. La última vez fue en noviembre de 2002, durante un coloquio sobre la cuestión albanesa organizado en Lucerna, Suiza. A su regreso, Rexhepi tuvo que disculparse públicamente por haberle dado la mano a Nebojsa Covic, vice- primer ministro serbio a cargo del dossier Kosovo, a pesar de que éste último había presentado al dirigente albanés las disculpas de Serbia por los excesos cometidos en la provincia.

La escalada nacionalista que sirve de estrategia política a los dirigentes albaneses remite, en realidad, a un complejo de irresponsabilidad alimentado por la comunidad internacional. Puesto que el futuro de Kosovo lo deciden los diplomáticos occidentales, más vale entregarse a la demagogia en lugar de tratar de construir un diálogo con Belgrado, socio por cierto difícil, pero ineludible. De la misma manera, el parlamento de Kosovo puede votar las mociones más radicales ya que todas sus decisiones deben ser validadas por el Representante Especial del Secretario General de las Naciones Unidas, Michael Steiner, que tiene derecho de veto discrecional.

Así las cosas, la “autonomía sustancial” que promete la Resolución 1244 de las Naciones Unidas da como resultado una situación de tipo colonial, totalmente ingobernable a medio plazo. La justicia funciona a “golpes” (4), los servicios públicos están abandonados y la corrupción socava la Misión de la ONU (5), a pesar del valiente compromiso de algunos administradores. Un reconocido periodista de Kosovo sintetiza la situación de la siguiente manera: “En lugar de electricidad, nos entregan generadores. Pasa lo mismo con la justicia, que se ocupa nada más que de operaciones políticas puntuales”.

Durante los primeros años de la posguerra pudo engañar la reconstrucción que se llevó a cabo de modo más bien anárquico y en detrimento del patrimonio natural e histórico. Pero la economía de Kosovo ahora está totalmente exangüe, y el exilio hacia occidente parece ser la única salida para una juventud pletórica. En estas condiciones es comprensible que las sirenas del radicalismo puedan seducir a las poblaciones serbia y albanesa.

Al fin de cuentas Kosovo es en 2003 el mismo polvorín que era en 1999. La única diferencia es que la comunidad internacional ahora se encuentra directamente comprometida en la crisis, aunque quisiera satisfacerse con una simple apariencia de calma y poder olvidarse de Kosovo y los Balcanes. Al igual que en los años 2000 y 2001, una confrontación con la comunidad internacional podría tomar la forma de nuevos enfrentamientos armados en las regiones albanesas periféricas, en particular en el valle de Presevo, al sur de Serbia.

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* Periodista

NOTAS:

(1) Danas, 6 –1-2003.
(2) Ver el texto del Acuerdo de Belgrado en www.balkans.eu.org/article.php3?id_article=795.
(3) “Adios al Kosovo multirracial” Le Monde diplomatique edición española. marzo 2002.
(4) Patrice de Charette, “Les oiseaux noirs du Kosovo. Un juge a Pristina”, París, Michalon, 2002.
(5) “Kosovo: corruption à la Minuk”, en: Le Courrier des Balkans, www.balkans.eu.org/article.php3?id_article=2065.

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