LE MONDE diplomatique - edición española



Lecciones de una historia colonial olvidada

CHARLES TRIPP*

En Bagdad, un régimen autoritario sustentado por las fuerzas armadas domina con rigor el país y representa una amenaza estratégica para la principal potencia occidental que opera en la región. Se lanzó una expedición militar y, al culminar una campaña más difícil y más costosa de lo previsto, fue tomada Bagdad y se instauró un nuevo orden político bajo el control militar y político de Occidente. Pero en el momento mismo en que parecía que el futuro de Irak se estaba escribiendo en el extranjero, estalló una revuelta entre los oficiales del ejército, en las calles de Bagdad y en todas las regiones chiítas del Centro y del Sur. Y toda la empresa pareció al borde del fracaso.

La sublevación fue finalmente aplastada, pero a un coste tal que tanto el ejército de ocupación como sus responsables en Londres revisaron radicalmente sus ideas. En lugar de la visión grandiosa de los comienzos de la ocupación, comienza a tomar forma un proyecto más modesto y menos costoso: por una parte, reconocer la jerarquía socio-política existente en Irak y por otro, devolver el Estado, bajo la vigilancia occidental, a las elites del antiguo régimen.

Este relato no es una anticipación de los próximos doce meses. Es la estricta narración de los acontecimientos que se desarrollaron hace más de ochenta años, cuando Gran Bretaña, habiendo conquistado las tres provincias otomanas de Basra, Bagdad y Mosul, hizo de ellas un nuevo estado: Irak. Si existen en esta narración ecos del presente y de un futuro posible, no es tanto la consecuencia de alguna esencia irreductible de la historia iraquí como de la lógica del poder imperial. En caso de que estalle la guerra, Estados Unidos podría tener que elegir entre las mismas opciones a que se enfrentaron los Británicos entre
1914 y 1921. Conviene reflexionar sobre estas opciones para deducir eventualmente una lógica común entre dos intentos de “reconstrucción del Estado” por dos potencias imperiales. Esto podrá ayudar a comprender lo que será un nuevo Irak bajo la ocupación estadounidense.

Cuando los Británicos invadieron la Mesopotamia en 1914, no tenían la intención de crear allí un Estado. Su preocupación inmediata era proteger sus posiciones en el Golfo. Sin embargo, el éxito de sus operaciones militares les inspiraba ambiciones mayores, de manera que a partir de 1918 su ocupación se extendió sobre los territorios que actualmente forman Irak. Se estableció en todas partes una administración que seguía el modelo de las Indias británicas donde muchos de estos oficiales y funcionarios hicieron carrera. Esto conformará una combinación de administración directa e indirecta.

Todo se gestiona desde los ministerios de Bagdad, cuyo personal es íntegramente británico, pero en el interior del país los oficiales políticos cuentan con los dirigentes locales para mantener el orden y recaudar los impuestos. Quedan excluidas
de este arreglo las elites administrativas y militares del antiguo régimen otomano, con mayoría de Árabes sunitas o Turcos “arabizados”. Comienza a emerger una forma característica de imperialismo británico, centrada en Bagdad pero que penetra paulatinamente en todos los estratos de la sociedad, dando la impresión de consolidar los intereses británicos.

Sin embargo, con el fin de la guerra en 1918, se elevan por todas partes en el aparato del Estado británico voces que cuestionan la definición misma de esos intereses. Mientras que unos se aferran a un imperialismo puro y duro, otros estiman que el recurso a “micro-tecnologías del poder”, destinadas a hacer entrar a una sociedad “atrasada” en el molde del nuevo orden administrativo, forma parte integrante de la misión imperial de Londres. Una visión que preconiza un compromiso menor, influida imultáneamente por dudas en cuanto a la moralidad de este proyecto imperial y consideraciones prácticas sobre recursos y obligaciones. Gran Bretaña, según este punto de vista, sólo tiene dos exigencias fundamentales respecto de un gobierno en la Mesopotamia, cualquiera sea: que sea competente y que respete las necesidades estratégicas británicas. Predomina este último punto de vista, y es el que lleva a la creación del Estado de Irak (1).

Son los acontecimientos en el mismo Irak, tanto como la evolución en Inglaterra y en el resto del mundo, los determinantes de esta conclusión. En 1920, el nuevo principio de autodeterminación de los pueblos da nacimiento a los “mandatos” acordados por la Sociedad de las naciones- territorios tomados a los Imperios centrales desmembrados y que debían ser conducidos
fluidamente a la independencia por uno u otro de los Aliados victoriosos. Es una fórmula que defienden miembros del gobierno británico preocupados por preservar la influencia de su país en el mundo pero al menor costo, militar y financiero. Esta solución parece ideal, dada la volatilidad de la opinión inglesa en 1919-1920 en cuanto concierne a la orientación de los gastos públicos, y también a las inquietudes gubernamentales sobre los costes del Imperio.

Entre los mismos iraquíes, muchos son hostiles al mandato, donde sólo ven una cobertura para el imperialismo británico. En cambio, buen número de empleados británicos del Imperio ven en ello una grave abdicación de responsabilidades (2). La confrontación entre estos dos puntos de vista conducirá a la Revuelta iraquí de 1920. Encendida en Bagdad por manifestaciones masivas, donde se mezclaban sunitas y chiítas, y por maniobras de antiguos oficiales otomanos disgustados, gana en poderío cuando se extiende al Medio y Bajo Eufrates, regiones mayoritariamente chiítas. Los guerreros bien armados de las tribus, enfurecidos por las injerencias del gobierno central y hostiles al reinado de los “infieles”, asumen el control de todo el sur del país. Los británicos necesitarán varios meses para sofocar la revuelta y restablecer la autoridad de Bagdad, lo cual les costará millares de muertos, lo mismo que a los indios y a los iraquíes (3).

Esta revuelta de 1920 tendrá dos consecuencias decisivas. En lo sucesivo, los Británicos se convencerán de que la pretensión de gobernar Irak directamente les costará demasiado caro, y de que la prioridad será poner en pie un gobierno local pleno y completo, con un ejército y todos los servicios administrativos. Ahora bien, es casi inevitable que al buscar dirigentes para el nuevo Estado, los Británicos los encuentren entre las elites administrativas y militares del Imperio otomano, apartadas en el transcurso de la guerra. En ellas hay hombres expertos en la gestión de un Estado moderno y dotados de un sentido de la realidad que les permite apreciar el justo valor del rol de Gran Bretaña en su acceso al poder, al igual que en la afirmación de la identidad iraquí en la región. Por el contrario, los líderes de la mayoría chiíta y de la importante minoría kurda son percibidos como rebeldes en potencia y demasiado supeditados a tradiciones tribales y religiosas como para poder dirigir un Estado moderno.

Estas consideraciones son las que van a guiar la política de Londres. El emir Faisal, hijo del príncipe Hussein de la Meca que condujo la revuelta árabe contra el imperio otomano durante la primera guerra mundial, ocupará el trono, apoyado principalmente por los antiguos funcionarios y oficiales otomanos, sunitas árabes en su gran mayoría. Éstos reemplazarán a los funcionarios británicos en la administración, y aquéllos formarán el núcleo del nuevo cuerpo de oficiales. Desde luego, la influencia británica se perpetúa gracias a consejeros en los ministerios, a dos importantes bases de la Real Fuerza Aérea y a otros múltiples vínculos que continuaron manteniendo “el imperio informal” de Su Majestad, aun después de la independencia otorgada a Irak en 1932.

Tratándose de salvaguardar los intereses estratégicos de Gran Bretaña, los defensores de una aproximación minimalista o indirecta a Irak parecían haber tenido razón. Pero habían asentado también las bases de una forma especial de Estado particular, que llevará el sello de la nueva clase dirigente, autoritaria e imbuida de prejuicios respecto de las diversas comunidades que componen la mayoría de la población (4).

Este retorno sobre la historia es importante, dado que el régimen del presidente Saddam Hussein es heredero directo de estas estructuras de gobierno. Y si Estados Unidos busca organizar el futuro de Irak, estará expuesto a la misma tentación que los Británicos en 1920. Después de la invasión y el derrocamiento militar del régimen, tendrá que tomar una decisión. Podrá intentar provocar cambios fundamentales en el modo de gobierno y dedicar el tiempo y los recursos necesarios para eso. O bien, podrá poner en funcionamiento una administración que satisfaga sus principales deseos en cuanto a los intereses estratégicos estadounidenses y al mantenimiento del orden y permitir así la retirada rápida de sus fuerzas. Esto acabaría por sancionar tanto las estructuras de poder existentes como la trayectoria histórica que dio nacimiento al régimen actual.

Es posible que, confrontada por la probable resistencia iraquí a un proyecto de “reconstrucción del Estado” y ante el temor por las vidas de sus soldados, la administración del presidente Georges W. Bushimpulsada por el electorado estadounidense- opte por desentenderse de los asuntos internos del país. Esta opción entraría en contradicción con declaraciones recientes, realizadas en Washington, que afirman que Estados Unidos tiene como misión transformar a Irak en “faro de la democracia” en el Medio Oriente. Esto provocaría también la desesperación entre los iraquíes que ven en Washington la principal oportunidad para un cambio político radical. Sin embargo, lo mismo que para Gran Bretaña hace 80 años, para Estados Unidos sin duda son los costes y las ventajas a corto plazo los que más pesarán en las decisiones, en detrimento de las ventajas más lejanas de una transformación fundamental de la sociedad iraquí..

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* School of Orient and African Studies, Universidad de Londres, autor de A History of Irak, Cambridge University Press, 2001.

NOTAS:

(1) Peter Sluglett, Britan in Iraq 1914-1932, Londres, Ithaca Press, 1976.
(2) Tawfiq al-Suwaidi, Mudhakkirati [Mis memorias]. Dar al-Hikma, Londres, 1999, págs 70-72; Sir Arnold Wilson, Mesopotamia 1917-1920 - a clash of loyalties, Oxford University Press, Londres, 1931.
(3) Sati al-Husri, Mudhakkirati fi al-Iraq 1921-1941 [Mes Memoires en Irak] Vol. 1 y 2, Beirut, Dar al-Tali’a 1967/1968.
(4) Ibidem

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