LE MONDE diplomatique - edición española



Los «aliados» en primera línea para proteger el Imperio

JEAN DE MAILLARD*

La tesis del choque de civilizaciones tiene como fin hacer caer la responsabilidad de las dificultades de la mundialización sobre los “enemigos criminales” de América. Pues la dominación de los Estados Unidos tiene también su capacidad de producir discursos explicativos y movilizadores. Pero, para preservar sus intereses, Washington no tiene otra elección que extender su dominación, imponiendo sus normas administrativas, jurídicas y técnicas. Dóciles, sus aliados europeos asumen la mayor parte de cargas de un sistema como ese.

Parece muy lejana la época en que los pensadores de la mundialización expresaban sin reticencia su orgullo por haber puesto fin a la división bipolar del planeta. Claro está que desde el 11 de setiembre de 2001 la confianza en las virtudes de la globalización económica y financiera se debilitó seriamente, incluso entre los más optimistas. Muy pronto la esperanza de haber llegado al «fin de la Historia» entró en conflicto con el «choque de civilizaciones» en la bilbiografía estadounidense. Es un modo de decir que si el proyecto de una «mundialización feliz» deseado y sostenido por los occidentales fracasaba, la culpa era de sus enemigos, oscurantistas y obtusos.

Vale la pena retomar el diálogo entablado en los años 90 entre los partidarios de Francis Fukuyama y los de Samuel Huntington (1). Los europeos continentales no vieron en él más que un tema de disertación filosófica chapucero. No comprendieron que las dos tesis, lejos de contradecirse, se complementaban. Tampoco captaron a qué uso estaban destinadas. Es preciso recordar que el pensamiento estadounidense es ante todo utilitario, especialmente cuando tiene implicaciones ideológicas y estratégicas: la función de la teoría del fin de la Historia era acompañar el dogma estadounidense de la primera mundialización, la « mundialización feliz». Esta representación ideológica se estrelló rápidamente contra las realidades de una geopolítica que se negaba a sacrificarse sacrificarse en el altar de la globalización financiera. De Irán a Colombia, de Cuba a Irak, sin contar otras regiones sombrías como los Balcanes, Somalia o Afganistán, ni ciertos polvorines como el Medio Oriente, seguía habiendo fuerzas maléficas en intensa actividad. No sólo no se habían rendido a los beneficios de la mundialización, sino que por el contrario parecían revigorizadas por la liberación salvaje de los mercados. En ese punto entra en escena Huntington y su «choque de las civilizaciones» : si la mundialización no produjo los frutos esperados, es porque quienes la refrenan y vejan, enemigos criminales de Estados Unidos, quieren impedir que el resto del mundo progrese hacia las bondades civilizadoras del American Way of Life.

¿Pero cuáles eran entonces esas oscuras amenazas que venían a obstaculizar el acceso a la «aldea global » ? Los discursos ideológicos no tenían la función de decirlo, sino de justificar a quienes debían decirlo. Porque la fuerza de Estados Unidos no procede sólo de su poderío económico y financiero. También se sustenta en su capacidad de inscribir ese poderío potencial dentro de un marco y una doctrina de acción que al menos en el discurso lo hacen coherente y racional, y que, sobre todo, aumentan la interacción y sinergia de los elementos que lo componen. Así fue como surgió el tema, en un primer momento difuso, de las « nuevas amenazas », que llevó a algunos a creer ingenuamente que se limitaba a compensar la desaparición del enemigo soviético. En realidad, se trataba de algo muy distinto : de responder a los fracasados de la mundialización que cuestionaban las premisas y presupuestos presupuestos de esta última, en el preciso momento en que ella propulsaba a Estados Unidos y su más provechoso instrumento, la economía globalizada, hacia la cúspide de su poderío.

A principios de los años 90, las amenazas identificadas eran principalmente mafiosas o criminales, pero en el transcurso de esa misma década, el terrorismo fue ocupando cada vez más espacio dentro de la retórica estadounidense. Luego llegó el 11 de setiembre. Las amenazas «contra» la mundialización se convirtieron entonces rápidamente en amenazas «de» la undialización. Efectivamente, ¿acaso seguía siendo suficiente devolver el golpe en los países del sur, designados como los “semilleros” de la criminalidad y el terror, cuando también había quedado en evidencia que si esas amenazas habían podido asestar un golpe al corazón del sistema, se debía a que habían tomado prestadas las sendas de este último ? No sólo las de la tecnología occidental, que se vuelven en contra de Occidente gracias a unos simples cuchillos, sino también las sendas financieras, cuya ingeniería, tan opaca como sutil, fue inventada para eludir los rigores reglamentarios de los Estados. Las vulnerabilidades de la globalización aparecieron así como la verdadera amenaza del siglo XXI.

¿Pero cuáles son esas vulnerabilidades? ¿Las distorsiones introducidas por un modo de desarrollo que ahonda en las desigualdades, agrava la heterogeneidad y los desórdenes del mundo, devasta las áreas culturales no occidentales y da luz verde las actividades delictivas relacionadas con la economía y las finanzas? ¿O bien la fragilidad de las complejas estructuras de la globalización, cuya perfección high-tech no puede florecer sino dentro de un entorno perfectamente aséptico? Elegir la primera respuesta, es querer otra mundialización. La segunda, por el contrario, confirma la doctrina tranquilizadora de una globalización mesiánica, cuyo centro ocupa Estados Unidos, y que deberá defenderse ferozmente para que no la venzan las fuerzas del Mal. Así, en un año apenas, los estrategas estadounidenses elaboraron y comenzaron comenzaron a aplicar a un tiempo una doctrina, una estrategia y una táctica cuya implementación será la apuesta decisiva de la próxima década.

La doctrina consiste en garantizar una seguridad absoluta y prioritaria para el territorio y los intereses estadounidenses, y sólo para ellos. Bajo la apariencia de una defensa del sistema occidental (democracia y liberalización de los mercados), su única preocupación es hacer de su territorio e intereses nacionales un búnker. Pero esta bunkerización es todo menos un nuevo islacionismo, porque lo que hace la vulnerabilidad de Estados Unidos –apertura de las fronteras e integración en redes- es al mismo tiempo aquéllo sobre lo cual se construyó su poderío, y que debe perservar a toda costa. Y tampoco se trata para Estados Unidos de instaurar regulaciones que lo priven de las ventajas estratégicas que le confiere su posición hegemónica en los mercados económicos y financieros.

Para proteger su modelo, Estados Unidos no tiene otra opción que extenderlo cueste lo que cueste al resto del mundo. La estrategia elegida consiste en imponer autoritariamente sus propias normas, so pena de ver cerrarse los mercados estadounidenses. Este modo de obrar no es completamente nuevo, puesto que la administración Clinton ya había recurrido a él bajo el nombre de Shaping the world («configurar el mundo»). En contrapartida, lo radicalmente nuevo es que, limitada al principio a las tecnologías de la información y la comunicación para asegurar a Estados Unidos una information dominance (o superiority) en ese sector clave del poderío global, hoy se extiende a toda la órbita de la economía y las finanzas, excluida hasta entonces por definición del terreno de la reglamentación de los Estados.

No se trata de introducir una regulación de los mercados, sino solamente de preservar la preeminencia de Washington. Los paraísos bancarios, fiscales y judiciales no corren peligro porque son parte integrante de la economía de Estados Unidos, que los utiliza particularmente en su desleal competencia fiscal con los europeos (2). En la actualidad, los estadounidenses se han dotado de medios de control de todos los flujos financieros que involucran al dólar o pasan por su territorio, obligando a los bancos representantes de sus propios establecimientos financieros a proveer toda la información relativa a cada operación acordada (3). Este sistema de control, tan anodino en apariencia que ha escapado a los comentarios de la prensa europea, permitirá que las autoridades estadounidenses dominen la mayor parte de los flujos del sistema financiero formal (el que utiliza las normas administrativas y contables occidentales).

Ante la misma indiferencia de los europeos, Estados Unidos impone unilateralmente normas económicas que modifican las reglas de los intercambios y los circuitos comerciales. Así, las autoridades aduaneras estadounidenses fijaron unilateralmente una lista de veinte puertos de todo el mundo, los únicos autorizados a exportar mercaderías “containerizadas” hacia los puertos de Estados Unidos (4). Para figurar en esa lista, los países tuvieron que aceptar que las reglas administrativas y las normas de seguridad sean las determinadas por Estados Unidos, y esto bajo el control permanente de aduaneros estadounidenses enviados a los puertos certificados. Francia, que no figuraba en la lista inicial, debió plegarse a estas condiciones para que el puerto de El Havre, que efectúa cerca del 90% de las exportaciones francesas en containers hacia Estados Unidos, no se vea obligado a interrumpir sus actividades. El mismo procedimiento se aprecia en el proyecto de pasaportes americanizados, es decir, establecidos según las normas de seguridad (biométricas) requeridas por Estados Unidos, y que este país quiere imponer al resto del mundo.

Esta estrategia se resume en una « externalización » de las normas estadounidenses, impuesta por Estados Unidos pero aplicada por sus socios. Bajo el nombre de “fronteras inteligentes”, abarca desde la protección militar y policial del territorio y los intereses estadounidenses hasta las reglas jurídicas o administrativas del comercio de los bienes y servicos (incluidos los financieros). Según esta doctrina de seguridad, todos los socios y aliados de Estados Unidos constituyen puestos avanzados de sus líneas de protección. El conjunto de estos dispositivos estratégicos está encerrado en otra doctrina estratégica, denominada long arm juridiction (« jurisdicción de brazo largo »), introducida por el USA PATRIOT Act, que vuelve competentes a las jurisdicciones de Estados Unidos para juzgar los ataques a los intereses estadounidenses en cualquier punto del planeta en que sean cometidos.

¿Cuáles son los verdaderos objetivos de la política de guerra iniciada por Estados Unidos en nombre de la lucha contra las “nuevas amenazas” ? ¿No son éstas la « sorpresa divina » que le faltaba a Washington para justificar el pasaje a un desembozado dominio del mundo ? Fingiendo ofrecerse a los occidentales como su última defensa, ¿no está Estados Unidos inventando una nueva bipolarización económica armada, que opone el norte al sur, en la cual los europeos estarían en el frente, mientras las empresas estadounidenses, en la retaguardia, serían las únicas en extraer los beneficios de una recolonización imperial del planeta?

___________________

*Vicepresidente del Centro de Estudios sobre el lavado de dinero y la corrupción (CEBC) ; autor, entre otros, de Le Marché fait sa loi, Mille et une nuits, París, 2001.

NOTAS:

(1) Autor de El choque de civilizaciones, Paidós, Buenos Aires, 2001. Sobre este tema, véase Tariq Ali, «¿Choque de civilizaciones?”, en Le Monde diplomatique edición española, octubre 2001.
(2) En agosto de 2002, a raíz de una demanda de la Unión Europea, la Organización Mundial del Comercio (OMC) condenó a Estados Unidos por su legislación (Foreign sales corporations) que, a través de filiales de las grandes empresas en paraísos fiscales, permite el dumping fiscal de la exportación. Al día de hoy, la UE no exigió las reparaciones que se le deben.
(3) Esta obligación fue adoptada en el marco del USA PATRIOT Act del 26-10-2001. Obliga a los bancos extranjeros a informar a sus corresponsales estadounidenses sobre la composición de su capital y el contenido de las operaciones financieras acordadas a través de cualquier banco estadounidense (por ende sobre todas las transacciones en dólares). Llegado el caso, para obtener esa información un banco extranjero deberá pues recurrir a sus propios corresponsales locales, lo que introduce un autocontrol mundial desligado de toda coacción territorial. Un banco que se negara a dar la información exigida, en nombre, por ejemplo, del secreto bancario, se expondría a que se prohibiera su acceso al sistema financiero estadounidense.
(4) La Unión Europea emitió algunas protestas, pero en la actualidad simplemente negocia con Estados Unidos la ampliación del dispositivo a toda la comunidad para evitar que los puertos europeos entren en una sobrepuja competitiva unos con otros.

Volver a sumario Enero 2003