LE MONDE diplomatique - edición española



La razón del más fuerte

JACQUES DERRIDA*

El abuso de poder es inherente a la soberanía misma. ¿Qué significa esto, respecto de los rogue States (Estados canallas? Pues bien, que Estados Unidos está en condiciones de denunciar las violaciones al derecho, su incumplimiento, las perversiones y los desvíos cometidos por cualquier rogue State. Estados Unidos, ese país que se considera garante del derecho internacional, impulsa la guerra, efectúa operaciones de policía o de mantenimiento de la paz porque posee la fuerza para hacerlo. Estados Unidos y los Estados aliados en estas acciones son ellos mismos, en cuanto soberanos, los primeros rogue States.

Aun antes de que se crearan los dossier (útiles y esclarecedores, por cierto) que fundamentan, por ejemplo, los alegatos de un Chomsky o de un Blum, y las obras tituladas Rogue States. No se trata de injuriar estas valientes obras, sino de lamentar en ellas la ausencia de un pensamiento político consecuente, especialmente respecto de la historia y de la estructura, de la “lógica” del concepto de soberanía. Esta “lógica” pondría en evidencia, a priori, que los mismos Estados que están en condiciones de hacer la guerra a los rogue States son, en su más legítima soberanía, rogues States que abusan de su poder. Desde el momento en que existe soberanía, existe abuso de poder y rogue State. El abuso es la ley del uso, tal es la ley misma, tal es la “lógica” de una soberanía que sólo puede imperar sin restricciones. Más precisamente, porque no se presenta sino de manera crítica, precaria, inestable, la soberanía sólo puede tender, por un tiempo limitado, a imperar sin restricciones. Sólo puede tender a la hegemonía imperial. Usar este tiempo ya es abusar, como lo hace aquí mismo el canalla que soy. Sólo existen entonces Estados canallas. En potencia o en acto. El Estado es canalla. Siempre hay más Estados canallas de lo que se piensa. ¿Más Estados canallas? ¿Cómo se entiende esto?

Aparentemente, al final de este largo recorrido, se caería así en la tentación de responder “sí” a la pregunta formulada en el título: “La razón del más fuerte (¿Hay Estados canallas?)”. Sí los hay, ¿verdad?, pero más de lo que se piensa y se dice, y siempre más. He aquí un primer giro. Pero éste es el último giro, el último de todos. El último giro de una vuelta, de una revolución o de una revolving door. ¿En qué consiste? Podría caerse primero en la tentación, pero yo resistiré a esta tentación tan fácil como legítima, de pensar que allí donde todos los Estados son Estados canallas, allí donde la canallacracia es la propia cracia de la soberanía estatal, allí donde sólo hay canallas, no hay más canallas. Más canallas. Allí donde siempre hay más canallas de lo que se dice o se quiere hacer creer, no hay más canallas. Pero, más allá de esta necesidad intrínseca, en cierto modo, de poner fuera de uso el sentido y el alcance de la palabra “canalla”, desde el momento en que cuantos más canallas hay, menos hay, y en que “más canallas”, “no hay más Estados canallas” significa dos cosas también contradictorias, existe otra necesidad de poner fin a esta denominación y circunscribir su época, delimitar el uso frecuente, recurrente, compulsivo que pudieron hacer de ella Estados Unidos y algunos de sus aliados.

Mi hipótesis es ésta: por un lado, esta época comenzó al final de la guerra fría, durante la cual dos superpotencias excesivamente armadas, miembros fundadores y permanentes del Consejo de Seguridad, creían que podían hacer imperar el orden en el mundo mediante un equilibrio del terror nuclear e interestatal; por otro lado, aunque esta locución se siga utilizando aquí y allá, su fin, más que anunciarse, teatralmente, mediática y teatralmente, se confirmó el 11 de septiembre (fecha indispensable para referirse económicamente a un acontecimiento al cual no corresponde ningún concepto, y con razón, un acontecimiento además constituido, de manera estructural, en acontecimiento público y político -más allá pues de todas las tragedias de las víctimas ante las cuales sólo cabe inclinarse con una compasión sin límites- por esta poderosa teatralización mediática calculada de ambos lados).

Con las dos torres del World Trade Center, se derrumbó visiblemente todo el dispositivo (lógico, semántico, retórico, jurídico, político) que tornaba útil y significativa la denuncia, al fin de cuentas tranquilizadora, de los Estados canallas. Muy poco tiempo después del derrumbamiento de la Unión Soviética (“derrumbamiento”, porque he aquí una de las premisas, una de las primeras torres del derrumbamiento de las dos torres), a partir de 1993, Clinton, al asumir el poder, inauguraba la política de represalias y de sanciones contra los Estados canallas, declarando con respecto a las Naciones Unidas que su país haría el uso que considerase más apropiado del artículo excepcional (el artículo 51) y que, textualmente, Estados Unidos actuará “multilaterally when possible, but unilaterally when necessary” (de modo multilateral dentro de lo posible, de modo unilateral si hace falta). Esta declaración fue utilizada y confirmada en más de una oportunidad, por Madeleine Albright, cuando era embajadora ante la ONU, o por William Cohen, Secretario de Defensa. Este último anunciaba que Estados Unidos estaba listo para intervenir militarmente contra los Estados canallas, en forma unilateral (por ende, sin el acuerdo previo de la ONU o del Consejo de Seguridad), cada vez que sus intereses vitales estuvieran en juego, intereses vitales a los que describía, textualmente, como“ensuring inhibited access to key marlets, energy supplies, and strategic resources” (garantizar acceso ilimitado a mercados clave, abastecimientos de energía, y recursos estratégicos) y todo aquello que fuera determinado como interés vital por una “domestic jurisdiction” (jurisdicción interna). Bastaría, pues, que en el interior de Estados Unidos y sin consultar a nadie, los estadounidenses consideraran que su “interés vital” lo requiere, para que Estados Unidos encontrara una razón, una buena razón, para atacar, desestabilizar o destruir cualquier Estado cuya política fuese contraria a dicho interés. Para justificar esta unilateralidad soberana, este no compartir soberanía, esta violación de la institución supuestamente democrática y normal de las Naciones Unidas, para dar una razón a esta razón del más fuerte, era necesario entonces decretar que ese Estado considerado agresor o una amenaza actuaba como Estado canalla. “A rogue State -como bien señalaba Robert S. Litwak- is whoever The United States says it is”(Un Estado canalla es cualquier Estado al que Estados Unidos califique así). Y esto sucedía en el mismo momento en que, anunciando que actuaría unilateralmente, Estados Unidos se constituía él mismo en Estado canalla. El 11 de septiembre, Estados Unidos fue oficialmente autorizado por la ONU para comportarse como Estado canalla, es decir, tomar todas las medidas que considere necesarias para protegerse, en todas partes del mundo, contra ese “terrorismo internacional”.

Pero, ¿qué ocurrió o, más exactamente, qué señaló, explicitó, confirmó el 11 de septiembre? Más allá de todo cuanto se pudo decir al respecto, con mayor o menor legitimidad, y sobre lo cual no volveré, ¿qué es lo que se observa con claridad ese día, un día que no fue tan imprevisible como se ha pretendido? Este hecho masivo y demasiado evidente: después de la guerra fría, la amenaza absoluta ya no tenía una forma estatal. Controlada por dos superpotencias estatales, en el equilibrio del terror, durante la guerra fría, la dispersión del potencial nuclear fuera de Estados Unidos y de sus aliados ya no era controlable por ningún Estado. Aunque se trate de contener sus efectos, muchos índicios podrían seguramente demostrar que, si el 11 de septiembre hubo, en Estados Unidos y en el mundo, un traumatismo, éste no consistía, como suele creerse a propósito del traumatismo en general, en un efecto hiriente producido por lo que había sucedido efectivamente, acababa de suceder, corría el riesgo de repetirse una vez más, sino en el temor innegable de una amenaza peor y futura. El trauma continúa siendo traumatizante e incurable, porque proviene del futuro. Lo virtual traumatiza también. El trauma tiene lugar allí donde se recibe una herida que aún no tuvo lugar, de manera efectiva y diferente a su señal de anuncio. Su temporalización proviene del futuro. Ahora bien, el futuro aquí no es solamente la caída virtual de otras torres y estructuras semejantes, o incluso la posibilidad de un ataque bacteriológico, químico o “informático”, etc. Aunque no cabe descartarlo. Lo peor del futuro es un ataque nuclear que amenaza con destruir el aparato estatal de Estados Unidos, es decir, de un Estado democrático cuya hegemonía es tan evidente como precaria, en crisis, de un Estado supuestamente garante, único y último guardián del orden mundial de los Estados normales y soberanos. Este virtual ataque nuclear no excluye los otros, puede venir acompañado de ofensivas químicas, bacteriológicas, informáticas.

Ahora bien, estas agresiones habían sido imaginadas mucho antes, desde la aparición del término rogue State. Pero entonces se las identificaba, en su origen, con Estados, y por ende con potencias organizadas, estables, identificables, localizables, territorializadas, y que, no siendo suicidas o supuestamente suicidas, podían ser sensibles a las armas de disuasión. En 1998, el House Speaker, Newt Gingrich señalaba muy bien que la URSS había resultado tranquilizadora desde el momento en que su poder, ejercido de manera burocrática y colectiva, por ende no suicida, era sensible a la disuasión. Y agregaba que, desgraciadamente, ya no era el caso de dos o tres regímenes en el mundo actual. Debería haber precisado que, justamente, ya no se trataba ni siquiera de Estados o de regímenes, de organizaciones estatales vinculadas a una Nación o a un territorio. Rápidamente, yo mismo lo observé en Nueva York, menos de un mes después del 11 de septiembre: miembros del Congreso precisaban ante las cámaras de televisión que se habían tomado las medidas técnicas adecuadas para que un ataque a la Casa Blanca no destruyera en pocos segundos el aparato de Estado y todo lo que representa el Estado de derecho. En ningún momento el presidente, el vicepresidente y la totalidad del Congreso se encontrarían juntos en el mismo lugar al mismo tiempo, como ocurre a veces, por ejemplo, el día del Mensaje presidencial sobre el Estado de la Unión. Esta amenaza absoluta estaba aún contenida en tiempos de la guerra fría por una teoría de los juegos estratégicos. Ya no puede ser contenida allí donde la amenaza no proviene más de un Estado constituido o incluso potencial que podría considerarse Estado canalla. Esto tornaba vanos o inútiles todos los esfuerzos de retórica (sin hablar de los esfuerzos militares), para justificar la consigna de guerra y la tesis según la cual la “guerra contra el terrorismo internacional” debía tener como objetivo Estados determinados que servían de apoyo financiero, base ideológica o refugio al terrorismo o que podían, como se dice allá, sponsor o harbour a los terroristas.

Todos estos esfuerzos para identificar Estados “terroristas” o Estados canallas son racionalizaciones” destinadas a negar, más que angustia absoluta, el pánico o el terror frente al hecho de que la amenaza absoluta ya no puede provenir o estar bajo el control de algún Estado, de alguna forma estatal. Había que disimular, mediante esta proyección identificatoria; que potencias nucleares o armas de destrucción masiva son virtualmente producidas y accesibles en lugares que ya no dependen de ningún Estado. Ni siquiera de un Estado canalla. Los mismos esfuerzos, las mismas gesticulaciones, las mismas “racionalizaciones”, las mismas negaciones se extenúan en vano, intentando desesperadamente identificar Estados canallas, en asegurar la supervivencia de conceptos tan moribundos como los de guerra (según el viejo derecho europeo) y terrorismo. De ahora en adelante, ya no se trata de una guerra internacional clásica, porque ningún Estado la ha declarado ni está dispuesto a hacerlo como tal contra Estados Unidos, ni, allí donde ningún Estado-Nación está presente como tal, de una guerra civil, ni siquiera de una “guerra de partisanos” (según este interesante concepto de Schmitt), puesto que ya no se trata de la resistencia a una ocupación territorial, de una guerra revolucionaria o de una guerra de independencia para liberar un Estado colonizado y fundar otro. Por estas mismas razones, se considerará inadecuado el concepto de terrorismo, que siempre ha sido justamente asociado a “guerras revolucionarias”, “guerras de independencia” o “guerras de partisanos” en las que el Estado ha sido siempre el objetivo, el horizonte y el territorio. No hay entonces más que Estados canallas y ya no hay Estado canalla. El concepto habrá alcanzado su límite y el fin, más aterrador que nunca, de su época. Este fin estuvo siempre cercano, desde el comienzo. A todos los signos, en cierto modo conceptuales, que acabo de señalar, es necesario agregar éste, que representa un síntoma de otro orden. Los mismos que bajo el gobierno de Clinton aceleraron e intensificaron más esta estrategia retórica, y abusaron de la expresión deminizante rogue State, son los que, finalmente, el 19 de junio de 2000, declararon públicamente que habían decidido abandonar al menos el término. Madeleine Albright hizo saber que el State Departement ya no la consideraba una denominación apropiada y que, en adelante, se diría de forma más neutra y moderada, States of concern.

¿Cómo traducir States of concern sin perder la seriedad? Digamos “Estados que preocupan”, Estados que nos generan muchas preocupaciones, pero también Estados de los que debemos preocuparnos seriamente, y ocuparnos, para tratar correctamente sus casos. Sus casos, en el sentido médico y en el sentido judicial. De hecho, como fue señalado, el abandono de este término indica una verdadera crisis en el sistema y en el presupuesto de la defensa misil antimisil. Tras lo cual, si bien Bush, aquí y allá, ha actualizado la expresión, ésta ha caído en desuso, sin duda para siempre. En todo caso, es mi hipótesis y aquella cuya razón última intenté justificar. Y el fondo sin fondo. La palabra “canalla” fue enviada, enviada por el fondo; su envío tiene una historia, y como la palabra rogue, no es eterna. Pero “canalla” y rogue sobrevivirán algún tiempo a los “Estados canallas” y a los rogue States a los que realmente precedieron.

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* Filósofo, escritor, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS). Este texto ha sido extraído de Voyous, Ediciones Galilée, París, 232 págs., 30 euros, a disposición en librerías a partir de enero de 2003.

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