Impenetrable YourcenarMICHEL GOSLARpor Ramón Chao
Marguerite Yourcenar, primera mujer elegida miembro de la Academia francesa, en 1980, sería centenaria el año entrante, como Georges Simenon o Raymond Queneau. Se edita ahora en España la traducción de una biografía de la autora de Memorias de Adriano y de Opus nigrum, títulos entre otros muchos, que le dieron fama internacional. Antes de abrir el libro de Michel Goslar uno se pregunta si se puede evocar sin caer en un pleonasmo a un escritor cuya vida se confunde con su obra. Los amantes de Marguerite Yourcenar saben con qué incurable precaución prodigó los paratextos (prefacios, notas, carnés de notas, post-scriptum..) destinados a ilustrar a sus lectores sobre la génesis de sus obras, explicando las reediciones sucesivas que de ellas se hicieron –siempre frágiles, siempre indefensas- y procurándoles un apoyo sutil. El peligro consiste, o bien en que el relato oculte la máscara del creador, o bien domine la figura de éste y lleve a que su obra pase a ser considerada como un legado subalterno e ilustrativo. Amenos que el biógrafo se imponga un análisis paciente y que la descripción del itinerario del biografiado se convierta en una obra per se. Esto es lo que ha logrado Michel Goslar con este retrato singular de Marguerite Yourcenar, si bien es cierto que en este caso la reserva y discreción de la autora le ayudaron a desarrollar el análisis literario hasta un sano equilibrio entre su vida y su obra. Al presentar sobriamente las etapas decisivas de la juventud de Yourcenar, Michel Goslar descubre las fuentes de su ambición literaria : ausencia de la madre y “amistad” del padre, desaparición de seres queridos -la sirvienta, víctima de las convenciones sociales (por lo cual Marguerite las detestará siempre); el hombre, que suscita una pasión que él no puede compartir) son fuegos que ella es incapaz de apagar, pero cuyas consecuencias puede reducir con la literatura. Margueritte Yourcenar salió de la penumbra por medio del largo monólogo de Adriano, su doble imperial y cómplice, tanto de sus sufrimientos como de su ambición. En esta novela, Memorias de Adriano ( con traducción memorable al español por Julio Cortázar), pone en boca del emperador una frase en la que ella y él expresan sus pensamientos sobre sus orígenes. Habla ella, sin duda, cuando le hace decir al emperador: “Mi patria son los libros”. Nacida en Bruselas, nunca adquirió la nacionalidad belga, aunque su padre fuera flamenco y con él recorriera en su niñez toda la geografía de los Países Bajos. Se trasladó luego a Inglaterra ya de moza, en 1914, y tras ese preludio se instaló en Estados Unidos. Una circunstancia transformada en destino por la fuerza de la historia y de los sentimientos la anclaron allí, en uno de cuyos hospitales falleció el 17 de diciembre de 1987. Sin embargo, la crítica americana, que tardó hasta 1980 para reconocer a Yourcenar; siempre había vacilado entre una admiración ignorante y reproches de academicismo y de conformismo. Así que la futura escritora bien podía expresar su nacionalidad con esa frase que atribuye a Adriano y que pronunciara antes y con variantes Fernando Pessoa (Minha patria é a lingoa portuguesa). Cierto es que los Estados Unidos ocupan poco espacio en su obra, y que emitía juicios sobre aquella sociedad que podemos tomar como proféticos. Cerca estaba en Diagnóstico de Europa de 1929, de asimilar su tierra de residencia a la barbarie. En este texto ambicioso, tal vez influido por Paul Valéry, Yourcenar atribuye al Viejo continente “la función de un cerebro entre el corazón inmenso de África y la inagotable matriz africana”, sin que en su concepción del mundo quede lugar para la gente de América del Norte. Marguertie Yourcenar es enorme y su obra inconmensurable. El libro de Michel Goslar tiene el mérito de conciliarla con su vida. Volver a sumario Enero 2003 |