LE MONDE diplomatique - edición española



Una Europa cada vez menos europea

BERNARD CASSEN

La construcción europea no ha sido nunca un asunto exclusivo de los europeos. Ciertamente, es de la posición de sus elites -pensadores y dirigentes funcionando en redes- de donde ha surgido como objeto utópico, como ideal político que alcanzar. Pero su concreción a partir de 1958, bajo la forma de una Comunidad Económica Europea (CEE), convertida en Unión Europea (UE) en 1993, ha sido modelada por diferentes equilibrios de fuerzas surgidos de la segunda guerra mundial. Más allá de la acción de los Padres fundadores (denominación que no debe ser sólo reservada para Monnet y consortes), la construcción europea debe más a la voluntad de los Estados Unidos, que a la de los pueblos de Europa comprometidos –por retomar la formulación de los tratados sucesivos –desde el de Roma (1957) hasta el de Niza (2000)– en una “unión cada vez mas estrecha”. Los pueblos han sido, en el mejor de los casos, meros espectadores, y, hasta estos últimos años (todavía...), nulos actores de su propia integración en un conjunto que, desde el Consejo europeo de Copenhague del 12 y 13 de diciembre 2002, contará con 25 países y más de 450 millones de habitantes.

La aspiración de esta “unión cada vez más estrecha” no nació evidentemente en los despachos del departamento de Estado en Washington en los años 40. Sin necesidad de remontarse más lejos en el tiempo, se puede encontrar ya un rastro escrito en el Renacimiento en un documento, el Tractatus, redactado en 1464 (once años después de la toma de Constantinopla por los turcos) por el rey de Bohemia Podiebrad. Se trataba entonces, frente a un Imperio otomano conquistador, de crear una especie de pacto de no agresión entre los pueblos de la cristiandad (de Oriente y de Occidente) con una jurisdicción competente y una especie de Parlamento de los Estados miembros cuyos representantes tendrían mandatos de 5 años. También se cita a menudo el Proyecto político del Duque de Sully ministro de Enrique IV, que las Memorias del duque, publicadas en 1788, presentan como una proposición del Bearnés, desde una correspondencia con la Reina de Inglaterra Isabel I.

En esta filiación, en 1693, el quakero William Penn escribe un ensayo titulado Presente y futura paz de Europa. En 1713 y 1717, el abad de Saint-Pierre, plenipotenciario francés en las conferencias que desembocaron en los tratados de Utrech (1713-1715) que pusieron fin a la guerra de Sucesión en España, propone un Proyecto para conseguir una paz perpetua en Europa y un Proyecto para conseguir la paz perpetua entre los soberanos cristianos.Jean Jacques Rousseau prosiguió la reflexión del abad de Saint-Pierre en su Juicio sobre la Paz perpetua (1782), que prevé una federación o confederación de príncipes, pero es Emmanuel Kant quien escribirá el texto decisivo sobre esta cuestión: Por la Paz perpetua (1795). Avanza la idea de que sólo los regímenes republicanos pueden garantizar la paz ya que “ en la República, el consentimiento de los ciudadanos es requerido para hacer la guerra”.

En el siglo siguiente, las reflexiones de Kant serán seguidas, entre otros, por Claude Henri de Saint-Simon en su texto, “De la reorganización de la sociedad europea”, destinado a los Parlamentos de Francia y de Inglaterra (1814) y que propone lo que hoy llamaríamos un “eje” franco británico, bajo la forma de una confederación llamada a ampliarse a otros regímenes parlamentarios con, un Parlamento europeo que sirviera de motor a una reunificación del Viejo Continente, para abarcar todo ello bajo su jurisdicción. Un proyecto que tuvo una efímera traducción el 16 de junio de 1940 en la propuesta de fusión de soberanías francesa y británica hecha, bajo la iniciativa especial de Jean Monnet, por Winston Churchill al gobierno francés de Paul Reynaud y aceptada, no sin dudas, por Charles de Gaulle, en aquel entonces todavía subsecretario de Estado de guerra destinado en Londres. La sustitución de Reynaud por el mariscal Petain en la presidencia del consejo, el mismo día, dejaría caduca esta iniciativa un poco surrealista, pero que tenía como principal objetivo recuperar la moral de los franceses (1). Sucedió dos días antes del 18 de junio...

Mas conocida que ésta de Saint- Simon es la propuesta hecha por Victor Hugo en agosto de 1849, en su discurso al Congreso de la paz reunido en París, donde utiliza, sin duda por primera vez desde el italiano Cattaneo, la expresión de “Estados Unidos de Europa”, sin mas precisiones. Preconiza especialmente la puesta en marcha de un “gran senado soberano que será a Europa lo que es el Parlamento a Inglaterra”. En el siglo XIX, habría que citar también a Giuseppe Mazzini quien fundó en 1834 la asociación Joven Europa y estableció, en 1857, una carta de la futura “Europa de las naciones”, y a la inversa, las tesis de un negro pesimismo del valón Jacob Burckhart y de su discípulo y colega Frederic Nietzsche, anunciando el declive de occidente que Oswald Spengler desarrollará en 1918 en su Declive de Occidente (2).

En los primeros años del siglo XX, la idea europea tendrá dos portavoces particularmente elocuentes: Richard Coudenhove-Kalergi y Aristide Briand. Richard Coudenhove- Kalergi es un personaje fuera de lo común: nacido en 1894 en Tokio, convertido finalmente en ciudadano franco-austríaco, doctor por la Universidad de Viena, es hijo del responsable de negocios en Austria- Hungría en el Archipiélago, casado con una japonesa. Tiene raíces familiares tanto en Flandes como en Creta, y tanto en París como en Praga, Viena o Nueva York se encuentra como en casa. Es un verdadero emisario de la idea europea que promueve en su Paneuropa (publicado en Viena en 1923), promoviendo la creación de la Unión paneuropea, y con el Manifiesto Paneuropeo (1924), así como en la revista Paneurope.

En 1926 tiene lugar en Viena el primer congreso de la Unión paneuropea, ante 2.000 delegados provenientes de 24 Estados, en el que se aprobará el Manifiesto y del que se desprenderán las grandes líneas de una “organización federativa de Europa”, en realidad más una confederación que una federación. Esto explica el interés que le prestará De Gaulle tras su vuelta a los asuntos en 1958, cuando se encuentra en el punto de mira de la violenta hostilidad de los federalistas del Movimiento europeo.

Aristide Briand será el primer jefe de gobierno en ejercicio en “llevar” activamente la idea de una unión europea: también presidente de honor de la Unión paneuropea desde 1927, propone ante la asamblea de la Sociedad de las Naciones (SDN), el 5 de septiembre en Ginebra, que se cree un “vínculo federal” entre los pueblos del Viejo Continente. Será su director de gabinete, también director de asuntos económicos y comerciales del Quai d’Orsay, Alexis Léger (más conocido por su nombre literario Saint John Perse), quien redactará el Memorandum sobre la organización de un régimen de unión federal europea publicado por el gobierno francés en mayo de 1930.

Los 26 gobiernos europeos miembros de la SDN respondieron a este documento de manera favorable. Cabe señalar que dos casos premonitorios fueron evocados en sus respuestas: los de dos Estados no miembros de la Sociedad, la URSS y Turquía. Italia estaba a favor de la incorporación. En cuento a Grecia, Bulgaria, Hungría, se contentaban con desear la invitación de Turquía...

La crisis económica y la subida de los regímenes autoritarios en Europa pondrán fin a toda perspectiva de concreción del proyecto Briand, que fue definitivamente enterrado en 1932. Es en algunos movimientos de resistencia de varios países del continente (y particularmente en los militantes alemanes anti-nazis) donde volverá a tomar consistencia, hasta el punto de desembocar, el 31 de marzo de 1944, con ocasión de una reunión celebrada en Ginebra, en una declaración común a favor de la Unión federal de los pueblos europeos previendo una desnazificación de Alemania para que ésta tuviera su lugar en la nueva construcción federal.

Ideas generosas, sostenidas por elites animadas por el sentimiento del “nunca jamás”, entre franceses y alemanes especialmente, pero que gozaban de poco arraigo popular. Será además el conjunto de las redes europeas desde la Edad Media (redes de órdenes monásticas y de abadías, de ciudades mercantes, de universidades, de intelectuales de la Ilustración, de internacionales políticas, etc,) el que ha tropezado continuamente en la cuestión de nación: “La lección que se saca de esta Historia contradictoria es que las redes no sólo no han podido sofocar la expresión de las realidades nacionales, sino que además han sido incapaces de movilizar suficientemente a los pueblos en torno a sus objetivos (3).”

Aun así, en los años de la posguerra, miembros de dichas redes, que calificaríamos hoy en día como europeístas, provenientes de la Resistencia, se encuentran en el poder o cerca de él en las capitales de Europa occidental. Reivindican tanto la democracia cristiana (Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi, Robert Schuman, Paul Van Zeeland) como la social-democracia (Paul-Henri Spaak, André Philip, Paul Ramadier). Sin hablar de Jean Monnet, que no se sitúa en ninguno de los dos campos, pero que, dotado de un don de gentes extraordinario, era el Inspirador –así es, con una I mayúscula, como lo nombra su biógrafo Eric Roussel– de la construcción comunitaria que conocemos.

En Francia, estos se enfrentan a dos corrientes importantes que disponen igualmente de la legitimidad de la Resistencia al ocupante nazi, siendo las dos hostiles a la idea misma de la federación: los comunistas y los “gaullistas”. En cuanto al Reino Unido, ni los laboristas ni los conservadores entrarán en esa lógica, Winston Churchill había formulado perfectamente, en los años 40, una postura británica que no ha perdido su sentido actual: “Estamos con vosotros, pero no somos de los vuestros”.

A finales de los años 40, dos encuentros importantes reunirán a todos los partidarios de la unidad de Europa, incluso aunque difieran en sus modalidades: en Montreux en 1947 y en la Haya en 1948. La discrepancia, que todavía sigue vigente, se perfila entre los dos conceptos de esta unidad: por un lado, la “unionista” que se basa en la cooperación entre los Estados soberanos, y que recoge las ideas-fuerza del periodo de entreguerras (las de Coudenhove- Kalergi y Briand); y por otro, la federalista, que implica instituciones supranacionales, y por lo tanto el abandono de la soberanía de los Estados. La CEE constituiría un compromiso entre las dos tesis.

El Congreso federalista de Montreux, organizado en agosto de 1947 y que reúne tanto a movimientos conservadores o demócratacristianos, como a socialistas, sería animado principalmente por el escritor suizo Denis de Rougemont y por el premio Nobel francés de economía Maurice Allais. Cabe destacar que, desde esta época, en el seno del Movimiento socialista para los Estados Unidos de Europa, se diseña una estrategia europeísta “de izquierdas”, todavía en marcha hasta hoy, y que consiste en crear primero Europa y, seguidamente, luchar para que sea socialista. La experiencia nos mostrará la vanidad de este proyecto.

Montreux es una fase de preparación del Congreso de la Haya de mayo de 1948, considerado generalmente como el acto inaugural no gubernamental de la construcción europea. Más de 1000 participantes de 19 países se expresaron a título personal, aunque ocuparan funciones gubernamentales, como era el caso de la mayoría de los asistentes, de los cuales 168 eran franceses (entre ellos François Miterrand y Raymond Aron).

Si bien el debate entre “unionistas” (incluidos todos los británicos, entre ellos Winston Churchill que volvía a ser jefe de la oposición en Londres) y los “federalistas” no seresolvió, el Congreso de la Haya está en el origen de la creación, a la vez, de una institución intergubernamental, el Consejo de Europa (mayo 1949) que agrupa actualmente 44 países, y de un movimiento de opinión federalista, el Movimiento Europeo, que reúne tanto a personalidades de la izquierda, como de la derecha. Así, en 1992, con ocasión de la campaña sobre el referéndum para la ratificación del tratado de Maastricht, se pueden ver en la misma tribuna dos de sus “militantes”: la ministra socialista Elisabeth Guigou y al actual presidente de la Convención para el futuro de Europa, D. Valéry Giscard d’Estaing...

La continuación es suficientemente conocida para que tengamos que recordarla en detalle: declaración de Schuman de 9 de mayo de 1950, inspirada por Jean Monnet, que propone la creación de lo que se convertiría, en 1952, en la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA); conferencia de Messine de junio de 1955, que llevará al tratado de Roma de 25 de marzo de 1957, a la creación de la CEE y la Comunidad Europea de la energía atómica (Euratom) entre seis países; los demás tratados (Acta única en 1986, Maastricht y la creación de la Unión en 1992, Amsterdam en 1997, Niza en 2000).

¿Pero cómo se inscriben en este fragmento de la historia la ampliación de la Unión a diez nuevos Estados (4), decidida los pasados días 12 y 13 de diciembre en el Consejo europeo de Copenhague – y que será realidad en el 2004 -, y la programada para el 2007, para Bulgaria y Rumania?.

Es evidente que la incorporación de los países de Europa central y oriental (PECO), así como la de los países bálticos, a la Unión europea, se sitúan en una filiación secular de la cual algunos elementos han sido mencionados más arriba. Hemos visto que, de Podiebrad a Coudenhove- Karlegi (y su protector el presidente checo Mazaryk), Viena y Praga han sido crisoles políticos de la Gran Europa. ¿Una Unión a 25 ? Pero si ya fueron 26 los Estados europeos que respondieron al Memorándum de Briand en 1930... Y, lo hemos visto, el caso de Turquía estaba ya en discusión, lo que demuestra que ya se había producido una disociación entre una concepción de Europa como frente cristiano, y otra más idealista, más laica, heredera de la lustración.

Mientras que las opiniones públicas del Oeste han sido muy indiferentes al reencuentro geográfico e histórico de Copenhague, es comprensible que hayan provocado, sin embargo, emoción en los entornos intelectuales y culturales del Este. Y aquí debemos volver a 1947-1948. La Europa actual ha sido construida realmente en el contexto de la guerra fría, del plan Marshall – propuesto por el secretario de Estado americano el 5 de junio de 1947 y rechazado por la URSS y sus satélites en la Conferencia de París en julio de 1947 -, y tras los “acontecimientos de Praga” (24 de febrero de 1948). El motor de esta construcción es la voluntad por parte de los Estados Unidos de “contener” el peligro soviético y la influencia de los Partidos comunistas francés e italiano, a la vez que garantizarse mercados no protegidos, en un momento en que la industria americana se ve amenazada por la sobreproducción.

John Foster Dulles, muy amigo de Monnet, futuro secretario de Estado y cruzado de la guerra fría, lo había mencionado en un discurso ante la comisión de relaciones exteriores en el Senado en noviembre de 1947, cuando definía lo que es “fundamentalmente malo”: “Lo fundamentalmente peligroso, es la división de Europa del Oeste en pequeñas unidades económicas(...) Europa ha sufrido siempre como una plaga la multiplicidad de sus Estados”; antes de concluir sin rechistar que “la imposición no está entre nuestras costumbres (5)”. Lo cual no impedirá a Washington exigir que los beneficiarios del plan Marshall se organicen para repartir los créditos de una Organización europea de cooperación económica (OECE), puesta en marcha el 16 de abril de 1948, y prefiguración de la CEE.

Se puede encontrar ahí la expresión del credo americano de la primacía del libre cambio (sobre todo para conquistar los mercados de los otros) sobre toda otra consideración, expresión que iba a inspirar ampliamente el contenido del tratado de Roma: la política comercial común es definida (artículo 110) como “ aquella que debe contribuir, conforme al interés común, al desarrollo armonioso del comercio mundial”. Sigue siendo todavía la obsesión de la Unión, encarnada por el comisario responsable de comercio exterior, M. Pascal Lamy.

Pero los Estados Unidos iban pronto a disponer de un instrumento poderoso para darle a la Europa en construcción la vuelta que le convenía: la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), creada en 1949 para conseguir una hegemonía no sólo militar, sino también política, y que tiene, muy lógicamente y desde 1966 su sede en Bruselas. No se ha subrayado suficientemente la concomitancia entre la ampliación de la Unión decidida en Copenague y la de la OTAN firmada tres semanas antes (le 21 de noviembre) en Praga, ciudad elegida por su alto valor simbólico (leer, pagina 13, el artículo de Gilbert Achcar).

De 19 miembros, la organización pasa a 29 con la entrada de 7 estados excomunistas (añadiéndose así a Hungría, Polonia y la República Checa admitidas en 1999): Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania, Eslovaquia, Eslovenia. Una ampliación totalmente incomprensible en términos de defensa contra un peligro que ya no existe – la URSS -, pero que se explica en términos del control político de Washington sobre el Viejo Continente llamado a servir de fuerza de apoyo para sus proyectos imperiales y de escudo de su propia seguridad (leer, página xx, el articulo de Jean de Maillard). Un importante empujón, igualmente, para el lobby de los industriales americanos de armamento, que se van a beneficiar así de los nuevos mercados, en nombre de la “interoperatividad” entre las fuerzas de los países miembros.

El 9 de diciembre de 2002, cuatro días antes de Copenhague, el International Herald Tribune no iba desencaminado al titular en 4 columnas (de las 5 de la primera página): “Washington es el gran ganador de la ampliación de la UE”, explicitado de la siguiente manera: “ Según un oficial alemán, la entrada en la UE de estos países, fundamentalmente proamericanos, de la Europa central y oriental significa el fin de toda tentativa de la Unión de definirse a sí misma, así como su política extranjera y de seguridad, como alineada contra los Estados Unidos”. Se podrá pronto verificar en el momento de la agresión americano- británica programada contra Irak. Esta ampliación es considerada todavía insuficiente ya que la diplomacia americana ha ejercido presiones más allá de lo conveniente con el objetivo de intentar acelerar la entrada de Turquía (base avanzada de la OTAN en Próximo Oriente) en la Unión.

Ironía de la historia: entrando en la Unión, los PECO desnaturalizan todavía mas el carácter europeo, que era sin embargo el sueño del que querían formar parte. De la misma forma que los gobernantes, convertidos al liberalismo mas desenfrenado,
acentúan la perspectiva de la reducción a una simple zona de libre cambio, en las antípodas de la noción de comunidad que ellos reivindican, sin embargo, con la distribución de los fondos estructurales y de la política agrícola común. A pesar de la retórica de circunstancias, la cumbre de Copenhague tiene el riesgo de pasar a la posteridad como el ejecutor testamentario de las aspiraciones de los visionarios de Europa de los siglos precedentes, entre ellos De Gaulle, quien afirmaba: “Yo quiero una Europa que sea europea, es decir que no sea americana (6)”.

NOTAS:

(1) Sobre los detalles de esta sorprendente iniciativa, leer Eric Roussel, Jean Monnet (Capítulo 8, “Una sola nación”), Fayard, Paris, 1996.
(2) Algunas de estas referencias han sido tomadas de la notable obra de Elisabeth du Réau, La idea de Europa en el siglo XX, Complejo, Bruselas. 1996. La autora remite frecuentemente a la obra clásica de Jean- Baptiste Duroselle, Europa, Historia de los pueblos, Perrin, París, 1993 (2º edición) y, para ciertos textos de difícil acceso, a Jean-Pierre Faye, Europa Unida. Los filósofos y Europa, Gallimard, Paris, 1992.
(3) Max Gallo, “Olvidar las naciones, ese espejismo peligroso”, Le Monde Diplomatique, marzo de 1989.
(4) Chipre, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Malta, Polonia, República Checa, Eslovenia, Eslovaquia.
(5) Citado por Eric Rousel, op.cit., pagina 489.
(6) Alain Peyrefitte, Era De Gaulle, Fayard, Paris, 1994, pag. 61.

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